En su análisis sobre el juicio de Adolf Eichmann, la filósofa Hannah Arendt acuñó el concepto de la "banalidad del mal". Arendt observó que las mayores atrocidades de la historia no siempre son cometidas por monstruos psicópatas, sino por burócratas diligentes que se limitan a cumplir con su deber y a seguir normas establecidas.
Para el burócrata, la realidad se fragmenta en expedientes y el sujeto, ya sea humano o animal, desaparece para convertirse en un número. Cuando la gestión pública se nubla bajo el velo de la estadística, se pierde la capacidad de juicio moral. Los nazis utilizaron la burocracia para despojar de humanidad a sus víctimas. Hoy, esa misma frialdad administrativa parece replicarse cuando una autoridad justifica el sacrificio masivo de seres sintientes bajo el amparo de una "norma".
En Tecámac, la cifra de más de 12,000 perros sacrificados durante la gestión de la hoy senadora, Mariela Gutiérrez, no es sólo un dato administrativo: es el testimonio de una visión que, al igual que los sujetos de estudio de Arendt, se volvió incapaz de distinguir entre un procedimiento técnico y una crueldad sistémica.
La falta de visión y sentido común se manifiesta cuando la respuesta ante la crítica no es la autocrítica, el aprendizaje o el remordimiento, sino la hostilidad. La postura de la actual senadora, quien incluso ha llegado a proferir amenazas sugiriendo que ahora "irían contra los animalistas", revela un preocupante alejamiento de los valores democráticos y de compasión mínimos.
Un tema del que hemos hablado ampliamente en este espacio con casos tan aberrantes como los bomberos de Coahuila que asesinaron a perros a golpes y que siguen impunes; el psicópata llamado Gerardo Humberto N, quien fue grabado al acuchillar en 2018 a un perrito por diversión durante una borrachera y que fue detenido hasta 2025 (seguimos y seguiremos insistiendo en que su cómplice, el que grabó con celular en 2018 y se rió, debe ser también juzgado con la misma gravedad). Más recientemente, la mataperros de Coyoacán, Flor N, quien se calcula que a lo largo de las décadas torturó y envenenó a más de 500 perros. Todos casos dignos de un museo de los horrores.
Pero la actitud de la senadora, quien se refugia en las “normas” y hasta amenaza a los animalistas, no sólo ignora la creciente sensibilidad social hacia la protección animal, sino que pretende criminalizar la empatía. Al ver a los perros callejeros simplemente como un desecho urbano que debe ser eliminado para cumplir con metas de limpieza o salud pública, se ignora que el perro es, por definición científica, un ser sintiente.
Estudios recientes de etología y neurociencia han demostrado que los perros poseen estructuras cerebrales similares a las humanas para procesar emociones. No sólo experimentan dolor físico, sino miedo, ansiedad y tristeza. Un sacrificio masivo de esta magnitud implica una cadena de sufrimiento incalculable que ninguna cifra presupuestaria puede justificar. Ay senadora ¡Dios la perdone a usted y a su fuero!
Pero resulta alarmante también la respuesta institucional desde la máxima tribuna del país. La presidenta Claudia Sheinbaum, en un ejercicio de pragmatismo gélido, señaló durante su conferencia matutina que "no se rompió la ley" porque la norma técnica existe, sugiriendo que, en todo caso, lo que debe hacerse es cambiar dicha norma.
Aquí reside una ironía histórica y política: la llamada "norma" que permite estos sacrificios como método de control poblacional ha persistido durante décadas, incluso desde los tiempos en que la hoy presidenta fungía como Secretaria de Medio Ambiente en la Ciudad de México. El argumento de que "es legal" es el refugio clásico de la burocracia descrita por Arendt. La legalidad no siempre camina de la mano con la moralidad. Mantener una normativa obsoleta y luego usarla como excusa para justificar una matanza es, en esencia, una abdicación de la ética política.
Los tiempos han cambiado drásticamente. Las visiones "agropecuarias" y utilitaristas que ven al animal como un objeto, tan presentes en la tauromaquia o en el sacrificio como primera opción, están en franco declive. También como diversión u objeto de estudio y curiosidad sin empatía, como en circos, zoológicos y laboratorios.
La sociedad actual demanda, Mariela y Claudia, una transición hacia el bienestar animal como un pilar de la salud pública y la ética civil. Frente a la barbarie del sacrificio masivo, existen alternativas probadas en otros países que demuestran que el problema de la situación de calle tiene solución sin necesidad de derramamiento de sangre.
Estas medidas incluyen la esterilización masiva y gratuita como único método efectivo a largo plazo, la implementación de programas de atrapar-esterilizar-soltar para poblaciones ferales, la creación de albergues de "sacrificio cero" donde el estado colabore con la sociedad civil para la adopción responsable, y la promoción de una educación en tenencia responsable que castigue el abandono y fomente el respeto desde la infancia.
El caso de Tecámac es, sin duda, estimados lectores, un recordatorio de que la política, cuando se divorcia de la compasión, se convierte en una maquinaria de horror. No basta con cambiar las leyes, es necesario cambiar la mentalidad de quienes nos gobiernan. Mientras los líderes sigan viendo números donde hay seres que sufren, aún cuando no estén dentro de una jerarquía antropomorfa… y normas donde debería haber justicia, México seguirá arrastrando una deuda moral con aquellos que no tienen voz. La historia juzgará no sólo a quien dio la orden del sacrificio, sino a quienes, con su silencio o su defensa técnica, validaron esa banalidad del mal… y repetimos: banalidad del mal.
homerobazanuniversal@gmail.com
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