Agradezco a Claudia Zamorano Villareal del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS-CDMX) por hacerme pensar en el tema.
La pandemia del coronavirus abre una nueva clase de miedo global. No es que antes no hubiera angustias, pánicos y temores globales. Pero, como la globalización es un proceso histórico que se vuelve cada vez más agudo, es de esperar que el último temor global sea más intenso y complejo que los demás. ¿A qué llamo miedo global? Ofrezco una definición de trabajo: es todo el miedo totalizador que sienten todos los habitantes de un colectivo con la expectativa de una enorme cantidad de muertes que potencialmente o de hecho afectarán a todos y terminarán con el mundo tal como se conocía hasta un determinado momento.
Los miedos globales suponen la operación eficiente de la compresión espacio-tiempo, la noción inventada por el geógrafo inglés David Harvey en 1989. Estamos hablando del achicamiento del mundo causado por el desarrollo de las industrias de comunicación y transporte en los últimos 250 años. Es posible que el primer miedo global fue producido por la gripe española, una pandemia ocurrida en 1918, que infectó a 500 millones de personas, más o menos una cuarta parte de la población mundial de aquél entonces, matando a unos 50 millones o más. Debido a la intensificación de la compresión del espacio-tiempo (es suficiente con recordar el esfuerzo actual para controlar aviones y aeropuertos), el período del siglo XX en adelante ha sido rico en miedos globales causados por epidemias. Con la gripe española, el SIDA y el ébola, por nombrar algunos, los virus están indicando nuestra fragilidad como especie.
Pero no todos los temores mundiales se deben a enfermedades que se propagan con gran velocidad y de manera incontrolable. Las primeras bombas atómicas lanzadas, en 1945, en Hiroshima y Nagasaki causaron un nuevo tipo de miedo global que terminó convirtiéndose en el miedo a la capacidad humana de destruir el planeta a través de la guerra. El miedo generado por los arsenales nucleares durante la Guerra Fría desencadenó escenarios distópicos de invierno nuclear con la consiguiente desaparición de la humanidad. Curiosamente, en la actual era de posguerra fría, vivimos otro escenario distópico, con temperaturas invertidas: la del calentamiento global y la del antropoceno que también causan temores globales sobre el destino de la humanidad. Esta vez, lo que está en juego es la sociedad capitalista industrial y consumista con su forma de vida que impacta la sostenibilidad a escala planetaria.
Para qué sirven los miedos globales?
No quiero recurrir a una explicación totalmente foucaultiana apelando a una especie de biopolítica global. En cualquier caso, la guerra híbrida que el coronavirus está causando entre los Estados Unidos, el poder imperialista en declive, y China, el poder imperialista en ascenso, llama la atención. También son interesantes las diferentes indigenizaciones hechas por los gobiernos a la derecha o a la izquierda. Los casos de Brasil y Estados Unidos ilustran a los primeros y Argentina, con la respuesta ejemplar del nuevo gobierno, ilustra a los segundos. En cualquier caso, está claro el poder que se transfiere a los Estados y sus élites para intervenir masivamente en todas las áreas de la vida, incluido el derecho a vivir, como se ve en Italia con los dilemas que enfrentan los médicos sobre a quién salvar. Se aprovecha la oportunidad para establecer un aparato militar para el control y la vigilancia de las poblaciones, los toques de queda, los controles de circulación y del derecho de reunión. Sin el derecho a manifestaciones masivas, Chile, por ejemplo, sufrió una gran inflexión del movimiento político desatado por su población contra el neoliberalismo. En Brasil, el gobierno de ultraderecha aprovecha para aprobar decretos que son aún más perjudiciales para los más vulnerables, al tiempo que beneficia al gran capital financiero.
La pandemia del coronavirus es la primera que vivimos en el tiempo online. El internet multiplica la capacidad de comunicación capilar y al mismo tiempo proporciona una conciencia glocal. También crea una espera y una paranoia con la expectativa de que la gran cantidad de enfermos y muertos no lleguen con la misma intensidad a los lugares donde vivimos. Nos enfrentamos a otra potencialización de lo que llamé el espacio público-virtual. Estamos comprobando que el aislamiento (el peor castigo, sin contar la tortura y la muerte, que puede infligirse a una persona) nos lleva a comprender la necesidad de contactos sociales, aunque virtuales, sin los cuales no podemos vivir. De todas maneras, es necesario ver estadísticas sobre la cantidad de usuarios de Whatsapp y Skype en los diferentes períodos de cuarentena..
El coronavirus debería servir para enseñarnos lecciones que, es probable, las élites políticas y económicas, con algunas posibles excepciones, irán a olvidar rápidamente después del evento crítico actual. Primera lección: la interdependencia de la vida social humana, más evidente en las ciudades, exige concepciones políticas que van mucho más allá del individualismo y de las políticas neoliberales que destruyen los servicios públicos. Exige, en particular, el fortalecimiento de la salud y la educación públicas como partes estratégicas de la red de seguridad necesaria para todos y no solo para los menos privilegiados, como se suele pensar. Segunda lección: en un momento en que hay grupos políticamente activos, algunos con poder, que alaban la ignorancia anti-científica y anti-intelectualista, la expectativa de devastación mortal en todo el planeta reafirma la importancia y la autoridad de la ciencia como un medio de comprensión, producción de conocimiento e intervención, a pesar de la persistencia de algunos núcleos oscurantistas que resisten a cualquier evidencia. La tercera lección se refiere a la existencia de un vínculo claro entre pandemias y destrucción ambiental. Los virus están migrando de animales no-humanos a humanos. Son animales que han sido hospederos de patógenos para los cuales no tenemos la inmunidad adecuada. Con la intrusión humana y la destrucción de sus hábitats originales, terminan entrando en contacto más cercano con las personas e incluso se convierten en alimento humano.
Desafortunadamente, la reversión de la destrucción ambiental a escala planetaria parece estar lejos de convertirse en una realidad. Así parece que los miedos globales causados por las pandemias continuarán existiendo. La presencia de élites políticas y económicas irresponsables en cuanto a la suerte del planeta también nos lleva a la misma conclusión.
Profesor titular en el Departamento de Estudios Culturales de la Universidad Autónoma Metropolitana - Unidad Lerma (México) e Investigador Nacional Nivel III del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT - México).
Los miedos globales suponen la operación eficiente de la compresión espacio-tiempo, la noción inventada por el geógrafo inglés David Harvey en 1989. Estamos hablando del achicamiento del mundo causado por el desarrollo de las industrias de comunicación y transporte en los últimos 250 años. Es posible que el primer miedo global fue producido por la gripe española, una pandemia ocurrida en 1918, que infectó a 500 millones de personas, más o menos una cuarta parte de la población mundial de aquél entonces, matando a unos 50 millones o más. Debido a la intensificación de la compresión del espacio-tiempo (es suficiente con recordar el esfuerzo actual para controlar aviones y aeropuertos), el período del siglo XX en adelante ha sido rico en miedos globales causados por epidemias. Con la gripe española, el SIDA y el ébola, por nombrar algunos, los virus están indicando nuestra fragilidad como especie.
Pero no todos los temores mundiales se deben a enfermedades que se propagan con gran velocidad y de manera incontrolable. Las primeras bombas atómicas lanzadas, en 1945, en Hiroshima y Nagasaki causaron un nuevo tipo de miedo global que terminó convirtiéndose en el miedo a la capacidad humana de destruir el planeta a través de la guerra. El miedo generado por los arsenales nucleares durante la Guerra Fría desencadenó escenarios distópicos de invierno nuclear con la consiguiente desaparición de la humanidad. Curiosamente, en la actual era de posguerra fría, vivimos otro escenario distópico, con temperaturas invertidas: la del calentamiento global y la del antropoceno que también causan temores globales sobre el destino de la humanidad. Esta vez, lo que está en juego es la sociedad capitalista industrial y consumista con su forma de vida que impacta la sostenibilidad a escala planetaria.
Para qué sirven los miedos globales?
No quiero recurrir a una explicación totalmente foucaultiana apelando a una especie de biopolítica global. En cualquier caso, la guerra híbrida que el coronavirus está causando entre los Estados Unidos, el poder imperialista en declive, y China, el poder imperialista en ascenso, llama la atención. También son interesantes las diferentes indigenizaciones hechas por los gobiernos a la derecha o a la izquierda. Los casos de Brasil y Estados Unidos ilustran a los primeros y Argentina, con la respuesta ejemplar del nuevo gobierno, ilustra a los segundos. En cualquier caso, está claro el poder que se transfiere a los Estados y sus élites para intervenir masivamente en todas las áreas de la vida, incluido el derecho a vivir, como se ve en Italia con los dilemas que enfrentan los médicos sobre a quién salvar. Se aprovecha la oportunidad para establecer un aparato militar para el control y la vigilancia de las poblaciones, los toques de queda, los controles de circulación y del derecho de reunión. Sin el derecho a manifestaciones masivas, Chile, por ejemplo, sufrió una gran inflexión del movimiento político desatado por su población contra el neoliberalismo. En Brasil, el gobierno de ultraderecha aprovecha para aprobar decretos que son aún más perjudiciales para los más vulnerables, al tiempo que beneficia al gran capital financiero.
La pandemia del coronavirus es la primera que vivimos en el tiempo online. El internet multiplica la capacidad de comunicación capilar y al mismo tiempo proporciona una conciencia glocal. También crea una espera y una paranoia con la expectativa de que la gran cantidad de enfermos y muertos no lleguen con la misma intensidad a los lugares donde vivimos. Nos enfrentamos a otra potencialización de lo que llamé el espacio público-virtual. Estamos comprobando que el aislamiento (el peor castigo, sin contar la tortura y la muerte, que puede infligirse a una persona) nos lleva a comprender la necesidad de contactos sociales, aunque virtuales, sin los cuales no podemos vivir. De todas maneras, es necesario ver estadísticas sobre la cantidad de usuarios de Whatsapp y Skype en los diferentes períodos de cuarentena..
El coronavirus debería servir para enseñarnos lecciones que, es probable, las élites políticas y económicas, con algunas posibles excepciones, irán a olvidar rápidamente después del evento crítico actual. Primera lección: la interdependencia de la vida social humana, más evidente en las ciudades, exige concepciones políticas que van mucho más allá del individualismo y de las políticas neoliberales que destruyen los servicios públicos. Exige, en particular, el fortalecimiento de la salud y la educación públicas como partes estratégicas de la red de seguridad necesaria para todos y no solo para los menos privilegiados, como se suele pensar. Segunda lección: en un momento en que hay grupos políticamente activos, algunos con poder, que alaban la ignorancia anti-científica y anti-intelectualista, la expectativa de devastación mortal en todo el planeta reafirma la importancia y la autoridad de la ciencia como un medio de comprensión, producción de conocimiento e intervención, a pesar de la persistencia de algunos núcleos oscurantistas que resisten a cualquier evidencia. La tercera lección se refiere a la existencia de un vínculo claro entre pandemias y destrucción ambiental. Los virus están migrando de animales no-humanos a humanos. Son animales que han sido hospederos de patógenos para los cuales no tenemos la inmunidad adecuada. Con la intrusión humana y la destrucción de sus hábitats originales, terminan entrando en contacto más cercano con las personas e incluso se convierten en alimento humano.
Desafortunadamente, la reversión de la destrucción ambiental a escala planetaria parece estar lejos de convertirse en una realidad. Así parece que los miedos globales causados por las pandemias continuarán existiendo. La presencia de élites políticas y económicas irresponsables en cuanto a la suerte del planeta también nos lleva a la misma conclusión.
Profesor titular en el Departamento de Estudios Culturales de la Universidad Autónoma Metropolitana - Unidad Lerma (México) e Investigador Nacional Nivel III del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT - México).





