Pululó la semana pasada en las redes un lamento pertinente: que a diferencia del actual jefe de la SEP, Mario Delgado, los previos secretarios como Vasconcelos, Narciso Bassols o Jaime Torres Bodet, sí sabían pensar. (Bassols no merece el palmarés: no era inteligente, como lo probó su ocurrencia de someter a México a la “educación socialista” que en 1931 ya profetizaba la militancia pedagógica de los sindicatos actuales, el activismo de las normales rurales y las graciosas ocurrencias del resistente niño Marx.)
Evoqué al Torres Bodet que dos veces fue titular de la SEP, donde hizo méritos suficientes para que Julian Huxley lo invitara a presidir la UNESCO. Es decir: entendía la teoría y la práctica de la educación que, en manos de maestros “intrépidos y constantes”, es la única forma inteligente de “salvar a los débiles y los desheredados de la historia”.
Saqué del librero sus Discursos y me topé con el eterno retorno del caos que es la educación a la mexicana. En 1943 se dirigió a los maestros del recién estrenado SNTE diciendo que “México valdrá lo que los hombres y mujeres que en él habitan, cuyo valor está en función de su integridad y su aptitud para el bien. En suma: de la espontánea subordinación de sus intereses particulares a los intereses de la comunidad.”
Agregaba que “los talleres en que se forja el alma de un pueblo son los hogares y las escuelas”, pero que cuando esos talleres están “a merced de las tempestades políticas el equilibrio se altera y los apetitos parciales se sacian a costa de la nación”. No se trata de apartar los sindicatos de la política, lo que implicaría “un contraste absurdo entre el maestro y el ciudadano”, sino de las “apetencias mezquinas.”
Para Torres Bodet, si queremos hacer de la educación “un baluarte inexpugnable del espíritu de México”, habría que eliminar de sus recintos la “agitación malsana” del activismo político. Los derechos que ha logrado el magisterio “son garantías que ninguna autoridad comprensiva intentará desarticular jamas”, siempre y cuando “esas garantías no se conviertan ni en un escudo para la inercia, ni en una excusa para el ocio, ni en trampolines de asalto de eventuales demoledores”.
Y celebró que los maestros de México se uniesen “para defender a la democracia en lo que tiene de más genuino”, pero “sin la pretensión de los dictadores que se apoderan del educando como pieza anónima y obediente del sistema despótico que gobiernan”.
Estaba orgulloso de que, “incorporado a la vida internacional por el descubrimiento de América”, México se vinculara “a la expansión de la sabiduría de Occidente; a la aparición de ese nuevo modo de comprender la existencia política del que fueron testimonios la Revolución Francesa y la Declaración de los Derechos del Hombre”. Y celebró que en 1943 México se uniera a “los pueblos libres para derrotar a las fuerzas de la barbarie”. Frente al fascismo, “nuestra conciencia histórica y la unidad de nuestro lenguaje, nuestras leyes y nuestra responsabilidad internacional hacen de la cultura de nuestra Patria una prolongación matizada pero inequívoca de la cultura espléndida de Occidente”.
Por decir eso, a Torres Bodet lo habría hervido hoy en aceite el ultranacionalismo del MoReNa y del señor Delgado, su heredero y comisario del hodierno desastre educacional que ordena reducir los días de clases porque hace calor y porque se juega futbol. La mitad de los educandos no entiende de matemáticas y apenas logra leer, pero la prueba de que no importa es que el señor Delgado ha conseguido como el otro tonto, Bassols, ser un mexicano poderoso.
Y al practicar la tontería pocos pueden ganarle: tiene demasiada experiencia.

