Perdón, lector amable: seguiré aburriéndolo con temas de la academia. La semana pasada narré el predicamento de haber sido elegido para una Comisión Dictaminadora en el Sistema Nacional de Investigadores (SNI) de la SECITHI (antes CONACYT). Argumentaba carecer de la capacidad académica para evaluar adecuadamente a los aspirantes a ingresar en el área de las “Ciencias de la Conducta y la Educación”, pues mi especialidad se limita a la historia y la literatura nacionales, tan alejadas de la ciencia. ¡Ah, con qué gusto evaluaría jóvenes que estudian a nuestros grandes escritores!
En fin. Una de las muy eficientes personas a cargo de resolver las tribulaciones de los comisionados, la Srita. Aridahi Bautista, rápida me respondió con algunas alternativas. Le agradezco mucho. Resulta que haber sido asignado al área equivocada obedeció a que yo mismo me declaré capaz de entenderla en mi “Perfil único de Rizoma”, una plataforma de la SECITHI que reúne la información curricular de los investigadores. Pido perdón. Suelo perderme en esas pantallas luminosas llenas de cuadritos ansiosos de que uno les aseste un clic resolutorio. Deberé ahora solicitar que se me cambie de área y declinar la comisión con un oficio “firmado en tinta azul”. Me conmueve: esa tinta azul es un remanso de humanidad en la opresiva selva digitalizada.
Lamento haberles quitado tiempo que les falta: el SNI (que es como el programa de bienestar de los académicos) ha crecido de 2 mil a casi 50 mil miembros desde 1982 y acoge a unos 2 mil nuevos cada año (incluyendo al fiscal Gertz, tan obsesionado por ingresar que lo consiguió no con méritos sino con demandas, amparos y la bendición de la entonces directora del CONACYT. Una vergüenza).
Cuando el año pasado evalué pedagogos lo hice de la mano de colegas más calificados: el que aprendió fui yo. Es un procedimiento largo y complejo. Supone estudiar los artículos que los candidatos reportan haber publicado en revistas científicas. Como su carrera dependerá de publicar esos artículos, se ha creado toda una millonaria “industria académica” mundial que cobra por publicar en las llamadas “revistas predadoras”. ¿Necesita usted puntaje para ascender en la escala académica? Le venimos ofreciendo lo que es la publicación de su artículo en nuestra famosa revista internacional especializada de mentiritas con falsos dictámenes “doble ciego” incluidos. Precios competitivos. Bara bara. Se aceptan plagiarios.
“Los demasiados papers” se titula un artículo no académico de Agustín Ávila Casanueva en el nuevo número de Letras Libres (no académica). Es impresionante. Hay científicos que publican artículos cada tercer día. Y eso que, apenas saliendo del infierno del copy paste, ya estamos entrados a la pesadilla de la INTELFART (la Inteligencia Artificial), nueva matrona de la producción científica y académica.
Según Ávila Casanueva, ante ese muro gigante la academia continúa minando uno de sus pilares políticos y sociales: la confianza y certidumbre de la sociedad. “Las personas que se dedican a la investigación se enfrentan a la pregunta de cómo sortear la burocratización de las universidades para seguir construyendo conocimiento entre la nube de ruido que las rodea.” No va a ser fácil. Las revistas predadoras ya cobran por publicar artículos científicos sobre las revistas predadoras, y hay dictaminadores “doble ciego” que se dictaminan a sí mismos o subastan su ceguera. Defenderse de los clics ya es inútil.
Por lo pronto, los aspirantes al SNI del área 4 sabrán que no va a haber un inepto evaluándolos, sino pares competentes. Qué bueno. Y ahora, ¿alguien sabe dónde venderán papel y tinta azul?
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