Una respuesta rápida sería no, pero un análisis detallado del asunto nos muestra que el tema es mucho más complejo, y sí requiere una visión amplia de sus implicaciones y posibles consecuencias.

Nos han dicho que la inflación es un aumento generalizado de los precios de los bienes y servicios en una economía. Sin embargo, no existe un medidor absoluto de dicho aumento generalizado, y mucho menos en períodos cortos de tiempo, y/o en varias regiones de un país. Y la razón la encontramos en la forma de medir la inflación, así como en los determinantes de los diversos niveles de precios para cada producto o gama de productos y servicios.

Hasta hoy, la inflación se mide a través de la evaluación del nivel de precios de una canasta básica, o grupo determinado de productos, en una región o país, y en un período de 15 o 30 días (que para el caso de México lo realiza el INEGI). Luego, este resultado se puede agregar (bajo ciertas consideraciones estadísticas) a nivel trimestral, semestral y anual. Dentro de esta canasta básica, o grupo de productos y servicios, existen algunos comportamientos diferenciados en los sus precios que dependen de la estacionalidad, eventos fortuitos, la competencia, las preferencias del consumidor, y de la innovación; que son los factores verdaderamente determinan los precios de mercado. Esto sin olvidar la “mano”, no tan invisible, de las políticas gubernamentales. Lo cual, hace la ponderación de los aumentos relativos de precios una tarea compleja y de cambios constantes. No por nada, cuando razonamos el publicitado aumento de la inflación contra nuestra cuenta del super ¡las cifras nomás no checan!

Tomemos un caso como ejemplo; en la determinación del precio del durazno, intervienen factores como la estación de cosecha, las condiciones climáticas previas a dicha cosecha, el control de plagas y su costo, el nivel de la tecnología empleada en su cultivo, economías de escala en los enclaves productivos, y por lo menos media docena de otros factores, sin olvidar las políticas gubernamentales de “apoyo” al campo y cómo se aplican. Por otra parte, también interviene la predilección de los consumidores por el consumo del durazno y lo bien estructurado que esté la logística de distribución, para que llegue el producto en buen estado a los centros de consumo. Cualquier variación en alguno de estos factores, puede alterar el precio del producto en el anaquel. Más aún, si estamos en un país abierto a las importaciones y exportaciones, una buena cantidad de factores externos también afectarán el precio final del producto en el mercado local.

En este punto, valdría la pena introducir el concepto de categorías de productos y servicios. Por ejemplo, no es lo mismo un durazno, que, si bien sería una buena alternativa alimenticia (comer fruta es muy saludable), el aceite vegetal, por otra parte, es fundamental y básico. Esto significa que, si bien pudiéramos prescindir del durazno, sería más complicado prescindir del aceite. Uno es, digamos, un consumo opcional, y el otro es básico para preparar una gran cantidad de alimentos. Entonces, podemos clasificar los productos en aquellos de consumo básico, de los de consumo alternativo; los perecederos de los no perecederos; bienes de consumo inmediato de aquellos denominados duraderos; y así también los servicios básicos de los de esparcimientos, y sucesivamente con otros bienes y servicios dependiendo de sus características y consumos.

Existen algunos bienes y servicios que, por su naturaleza, tienen un impacto muy fuerte en una multitud de cadenas de valor como lo son el petróleo, el gas, los cereales y oleaginosas, así como los servicios de salud, logística y finanzas, que son fundamentales en un correcto funcionamiento de nuestras economías modernas. Cualquier alteración en los precios de estos, ya sea por el lado de su oferta, o demanda, impactan de forma importante al resto de los bienes y servicios. Los cereales, por ejemplo, que incluyen el maíz, sorgo, mijo, trigo, arroz, cebada, y avena; así como las oleaginosas están en la base de casi todas nuestras cadenas alimenticias.

Estos productos son aquellos que se sacan de la canasta básica para el análisis de la inflación denominada “subyacente”. Y es esta última la que en verdad nos interesa, pues en la no subyacente, los precios si pueden bajar y subir dependiendo de los muchos factores mencionados, pero en la subyacente, si los precios suben, lo más seguro es que los precios no bajen y permanezcan así. Esto significa que, si los precios de los productos de la parte subyacente no bajan, será el ingreso de las personas el que tenga que aumentar para alcanzar dicho aumento con el tiempo.

En este sector (subyacente) están muchos productos importantes para el consumo de las familias mexicanas, pero son de mucha variedad o no homogéneos, como la ropa, calzado, muebles, utensilios de cocina, educación, esparcimiento, loncherías, etc. Que normalmente tienen una tendencia a que sus precios suben, pero raramente bajan, como sí sucede con los genéricos mencionados antes (petróleo, cereales, etc.). De tal manera de que la única forma que percibamos la baja en su precio será en relación con el aumento de nuestro ingreso, y no precisamente por una baja de su precio en sí. Me explico, una vez que el taquero decidió aumentar el precio del taco de $10 a $12 pesos, por el aumento en sus costos, como la carne, tortilla, aceite, etcétera, este ya no lo bajará. Pues su percepción es que sus costos no bajarán.

Esta última parte es quizás la que más desvela a los directivos de los bancos centrales, pues una vez desatada la carrera precios-salarios, es sumamente difícil contenerla. Y la historia nos muestra que, en la contención de dicha carrera, el control de precios por parte del gobierno siempre, y en todo caso, ha sido un fracaso.

Resumiendo, podríamos ver en nos meses, llamémosle una normalización de los precios, de muchos productos básicos genéricos (también llamados “commodities”) como el petróleo y los cereales, sólo considere que, al momento de escribir estas líneas, el precio del petróleo ya está en USD$88 por barril, cuando hace 2 meses llego a USD$120. Pero difícilmente veremos una baja en los productos de la canasta básica denominada subyacente. Vaya, hasta en el caso de una recesión, o disminución del crecimiento económico, estos precios (subyacentes) son los últimos que quizás bajen. Entonces, lo único que tendríamos por hacer para resarcir el poder adquisitivo de la gente sería el aumentar el ingreso de las personas, pero esto a su vez puede incentivar de nuevo el aumento en los precios, iniciando así la carrera precios-salarios. ¿Ahora pueden ver ustedes la difícil maniobra a la que se enfrentan los bancos centrales, verdad?

Entonces, y en el mejor de los casos, esperemos que el aumento de precios disminuya con el tiempo, de tal manera que la inflación vuelva a los valores esperados por el Banco de México (alrededor de 2% a 3%), pero no esperen ver que los precios de muchos de los productos que adquieren vuelvan a su nivel previo, lo cual resulta casi obvio, sin embargo, mucha gente no lo razona así. Pues, de momento, sí registran las noticias de que tal o cual “commodity” bajó su precio, y ellos esperarían que todos los productos se comportaran de la misma manera, pero no es así. Entonces, estamos en la carrera de incrementar nuestro ingreso para que la pérdida de valor de la moneda, productos de la inflación, nos compense o resarza nuestro nivel de vida, cosa que para un 60% a 70% de la población de México se ve muy difícil.

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El autor es Consultor en Comercio Internacional e Inversión Extranjera, con más de 40 años de trayectoria en los sectores privado y público.
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