Aguirre y Vegas se unen a la lista negra del fin de semana

Gerardo Velázquez de Léon

El entrenador del Monterrey, en vez de mostrar liderazgo ante sus jugadores, calmarlos y evitar problemas, se convirtió en un barra brava enfurecido

Estampas indignantes que se dieron en la penúltima jornada de la Liga MX. Violencia, acoso, líderes en el campo explotando... En fin, a revisarse por las autoridades. En Puebla, fue insultante que un tipo agreda a una mujer en la tribuna del estadio Cuauhtémoc, inmueble que llevaba 413 días sin poder abrir. A ese aficionado identificado ya debe prohibírsele la entrada de por vida a los estadios en México. Es la única forma de mandar un mensaje contundente y claro de lo que no se debe hacer; sin embargo, para eso se debe invertir mucho dinero en detectores en las entradas, algo que les vale tres reverendos pepinos a los directivos.

Es un tema a observar y reglamentar, pero sobre todo para proteger a los medios de comunicación. Ese afán de prohibir, por parte de los tenedores de derechos de transmisión, obliga a otros medios a transmitir en explanadas públicas, sin la menor protección y con alto riesgo. Ya en varias ocasiones hemos vivido incidentes serios, agresiones; incluso, recibiendo golpes a la distancia al aventar botellas, agua, orines y vasos a los reporteros. Lo que le sucedió a la periodista Montserrat Gómez, del Canal 13 de Puebla, quien fue acosada por un señor que vestía la camiseta de Pumas, dándole un beso en su transmisión, es un acto deplorable, asqueroso, de alto impacto social.

Otra vez hubo violencia en el Atlas vs. Chivas en el estadio Jalisco. Broncas incontrolables para la policía local y la seguridad privada, que se ven rebasadas en todos sus protocolos, dando la impresión de que no intervienen para controlar y dispersar, por miedo a agresiones. Pero, volvemos a lo mismo, si se identificaran a estos señores y se les prohíbe la entrada de por vida, estarían haciendo un extraordinario bien al futbol.

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La Liga MX debe actuar, ofrecer soluciones y entrar de lleno al tema. Vuelve la violencia así de rápido, por el regreso de los aficionados. Se durmieron, parece que no tomaron en consideración que sucedería. En la cancha del Universitario, dos estampas en las que sí pueden intervenir enérgicamente desde las oficinas de la Liga para aplicar castigos duros. Sebastián Vegas, defensor central del Monterrey, agredió al árbitro Marco Antonio Ortiz. Lo vio todo el estadio, menos el propio silbante, quien —en vez de sancionarlo como se debe— sólo le sacó una tarjeta amarilla, como si darle un empellón al juez no fuera una actitud repobrable y castigada con un año.

En la banca, Javier Aguirre agredió a Rafael Carioca, cuando el partido vivía el momento de mayor calentura, derivada de las fuertes entradas de Vegas y golpes constantes en el campo. El entrenador del Monterrey, en vez de mostrar liderazgo ante sus jugadores, calmarlos y evitar problemas, se convirtió en un barra brava enfurecido, lo que —por fortuna— no pasó a algo más grave, seguramente porque los Tigres ganaron el partido, porque cuando un entrenador hace esto, hace enfurecer a todos los que están en la tribuna, a los del campo y puede convertirse en una batalla campal.

Si no lo entienden así sus directivos, entonces que la Liga actúe de oficio y ponga un alto. No se puede estar jugando con tan poca categoría y mostrando agresiones sólo por convivir, por enseñar que en el banquillo de Monterrey no solamente hay un entrenador, sino un guarura de sus futbolistas. 

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