Javier Aguirre entró a la última etapa de su plan maestro para llevar a México a la mejor actuación de su historia en las Copas del Mundo: Un mes de concentración, control total, grupo cerrado y —por inercia— la Selección llegará con una fuerza nunca antes vista al Mundial 2026. Suena demasiado bien, porque —en el fondo— lo que supuestamente está construyendo el Vasco es una apuesta de alto riesgo, disfrazada de certeza.
Reunir a la mitad del equipo un mes antes de la competencia es una declaración de intenciones, de ejercer poder absoluto, en donde “aquí mando yo, aquí se entrena como yo digo y aquí no hay distracciones”. El Vasco pretende cohesionar y aleccionar definitivamente al grupo.
México —hoy— apuesta más por la comodidad de 12 jugadores confirmados para el Mundial que por la real exigencia del tramo final del torneo, que es la Liguilla.
Mientras —por el mundo— los jugadores siguen en su Liga, en el tramo final de una alta exigencia competitiva, aquí habrá sólo entrenamientos, y esto es un riesgo brutal.
Los partidos contra Ghana, Australia y Serbia sirven para la fotografía, para ajustar detalles... Vender progreso, publicidad, esperanza. No hay interescuadras que te preparen para el momento en que el partido se rompe y necesitas talento, carácter y decisiones fuera de la burbuja de Aguirre. Aquí es donde esta planificación empieza a hacer ruido.
En el Mundial, si México compite, este mes será vendido como la clave, pero si México vuelve a quedarse corto, entonces esta concentración quedará expuesta como un gran fracaso.
México no necesitaba más tiempo, necesitaba más nivel, y no se fabrica en un mes. Si este experimento falla, no habrá discurso que lo sostenga, sólo quedará la misma pregunta de siempre: ¿Por qué, otra vez, no alcanzó?
@elmagazo

