México sueña con hacer historia en 2026, pero —en el ambiente— existe una pregunta que altera los sentidos: ¿Por qué una Selección entera parece depender de sólo cinco nombres? A esta Copa del Mundo la rodea un entorno peligroso: Creer que, por jugar en casa, México automáticamente dará un salto de calidad.
Los Mundiales no premian ilusión, premian jerarquía, y por eso la discusión no debería ser si México tiene buen plantel, debería ser si tiene jugadores capaces de cambiar partidos grandes.
Hoy, buena parte de esa esperanza parece descansar en nombres como Edson Álvarez, Raúl Jiménez, Orbelín Pineda, Roberto Alvarado y Álvaro Fidalgo. Cinco nombres que generan ilusión, pero también dudas.
Nadie discute a Edson Álvarez como el gran sostén del equipo; sin embargo, ¿de verdad México puede aspirar a romper su techo histórico dependiendo tanto de un volante defensivo?, ¿no es eso, en sí mismo, una señal de carencia?
Raúl Jiménez representa experiencia, pero también incertidumbre.
Orbelín Pineda promete creatividad, pero aún debe demostrar peso en el máximo escenario.
Luego están los dos nombres que incendian el debate: Piojo Alvarado y Álvaro Fidalgo.
¿Son realmente jugadores para cambiar un Mundial o estamos forzando protagonistas, porque faltan figuras indiscutibles?
Quizá, el problema no sea si estos cinco pueden llevar lejos a México, sino que seguimos buscando salvadores individuales para ocultar un problema estructural.
Estos futbolistas no se juegan sólo resultados, se juegan reputación, se juegan legado.
¿México tiene realmente una generación para competir o seguimos depositando demasiada esperanza en muy pocos jugadores?
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