La irrupción de Álvaro Fidalgo y Julián Quiñones vuelve a abrir una herida que nunca ha sanado en el futbol mexicano: La eterna desconfianza hacia los naturalizados. Porque aquí no basta con jugar bien, pues se exige identidad, conexión y resultados inmediatos, una combinación que históricamente ha sido un engaño.
Fidalgo representa algo que México ha buscado durante años: Control, inteligencia y pausa en el mediocampo.
Quiñones —por su parte— es todo lo contrario, en el mejor sentido: Explosividad, verticalidad y un instinto goleador que pocos mexicanos tienen hoy.
En teoría, son piezas que elevan el nivel. En la práctica, cargan con un juicio previo que no perdona y será lapidario.
Y ahí está el verdadero problema. La Selección Mexicana no sólo compite contra rivales, compite contra su propia narrativa, en donde el naturalizado siempre está bajo sospecha, donde cada error pesa el doble y cada acierto parece insuficiente.
Si Fidalgo y Quiñones logran rendir en los momentos clave, podrían romper un ciclo de desconfianza que lleva décadas, pero si fallan, no será sólo una derrota deportiva, será la confirmación —para muchos— de que el experimento nunca funcionó.
No es exageración, es una prueba histórica, porque en México el debate nunca ha sido de talento, ha sido de pertenencia, y ahí es donde todo se define.
¿Estamos realmente ante un cambio de ciclo o frente a otro espejismo que terminará en decepción?
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