Los Pumas son un equipo emocional, caótico, intenso y peligrosamente adicto al sufrimiento. Así eliminaron al América en unos cuartos de final que ya quedaron marcados como una de las series más dramáticas y épicas del futbol mexicano. Lo que viene para el Club Universidad Nacional es una semifinal de alto riesgo, por todo lo que está en juego; no hay margen para cometer un solo error.
Quince años sin un título pesan demasiado para una institución de este tamaño. Es mucho tiempo sólo de mirar cómo otros levantan trofeos, mientras en Ciudad Universitaria se vive de recuerdos y discursos románticos sobre identidad.
Esta semifinal contra el Pachuca no es una prueba psicológica, sino el examen definitivo para un proyecto que vive entre la ilusión y la desconfianza.
En medio de todo esto aparece Efraín Juárez. Un técnico que ha logrado algo rarísimo en los Pumas: Devolverle el carácter al equipo.
Sus formas molestan. Sus declaraciones incomodan. Su personalidad divide. Mientras muchos discuten sus gestos en la banca, él mantiene vivo a un club que parecía resignado a la mediocridad.
Juárez tiene una obsesión peligrosísima: Defender ventajas que sus jugadores no saben defender.
Los Pumas se repliegan mal, se parten; regalan la pelota y convierten cada cierre de partido en una angustia colectiva.
El equipo sufre demasiado. Lo han empatado. Lo han exhibido. Incluso, ha perdido partidos que parecían controlados.
Hay algo profundamente contradictorio en estos Pumas: Transmiten valentía para atacar, pero miedo para sostener resultados.
Los Pumas están muy cerca de una final, pero también se encuentran a un error de volver a fracasar, como siempre.
La diferencia entre la gloria y otra decepción puede ser apenas una decisión táctica.
Las oportunidades históricas no avisan dos veces y, para Universidad, quizá sea ahora o nunca.
@elmagazo
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