A 50 días de que arranque el Mundial 2026, la presión sobre Javier Aguirre no es normal: Es brutal. Con el campeonato en casa, no se trata sólo de competir, se trata de romper con décadas de frustración, fantasmas y ese techo invisible que persigue a México cada cuatro años. ¿Este torneo definirá cómo será recordado el Vasco para siempre?

Aguirre no es un improvisado, eso está fuera de cualquier polémica. Es un técnico con recorrido, carácter y experiencia en escenarios complicados; sin embargo, también carga con una narrativa peligrosa, y es la del entrenador que siempre está cerca de conseguir algo importante, pero regularmente no lo obtiene.

En un Mundial que se jugará en casa, con la presión mediática al máximo y una afición que ya no compra discursos engañabobos, el margen de error es prácticamente de cero.

Si México vuelve a tropezar en el mismo punto de siempre, no importarán los argumentos, ni los procesos, ni las excusas.

La historia será clara y cruel: Aguirre tuvo el entorno perfecto y no lo aprovechó. Si logra romper la barrera, si lleva a la Selección más allá de lo esperado, si consigue realmente hacer historia, su nombre pasaría a ser una leyenda.

El problema es que el futbol mexicano no vive de “casi”, vive de resultados. Y hoy, más que nunca, el discurso está listo para construirse en extremos: Héroe que rompió la maldición o técnico que confirmó que, ni con todo a favor, le alcanza.

Así que, más allá de tácticas, convocatorias o sistemas, el Vasco no sólo juega partidos, se juega su legado y —en el futbol— eso pesa mucho más que cualquier rival.

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