A unos días de que arranque la Copa del Mundo 2026, México vive una situación que parecía imposible hace algunos años: Será anfitrión del torneo, pero buena parte de sus aficionados no cree en la Selección. No hay ilusión. No hay euforia. No hay ese sentimiento colectivo que históricamente acompañaba al equipo cada cuatro años. Lo que existe es una mezcla de indiferencia, escepticismo y —en algunos casos— hasta deseo abierto de fracaso.

Sí, hay aficionados que quieren que México sea eliminado temprano. No porque disfruten ver perder a su país. Lo hacen porque consideran que un nuevo fracaso sería la única forma de exhibir las carencias estructurales que desde hace años arrastra el futbol nacional. Es una postura extrema, pero refleja el nivel de desconexión.

El principal responsable de esa distancia, para muchos, es Javier Aguirre. No ha conseguido algo fundamental: Enamorar a la afición. México no emociona. No tiene una figura que arrastre multitudes, ni un estilo de juego que invite a soñar.

Los llamados de Guillermo Ochoa, Roberto Alvarado, César Huerta, Jorge Sánchez y otros futbolistas, han provocado debates.

El ambiente es tan frío que resulta extraño para un país que tradicionalmente convierte cada Mundial en una fiesta nacional. Hoy, pocos apuestan por una actuación memorable. La sensación es que el equipo nacional llega al torneo más importante de su historia sin haber conquistado primero algo indispensable: La confianza de los mexicanos.

@elmagazo

Comentarios