Rafael Márquez aún no dirige un partido y ya tiene una tarea mayor que elegir 11 jugadores: Demostrar que el Mundial 2026 fue el inicio de algo, no una emoción de verano. México compitió, entusiasmó y cayó (3-2) ante Inglaterra en octavos de final. Las tres cosas son ciertas. Convertir aquella derrota en hazaña sería una forma cómoda de esquivar las preguntas: ¿Qué se aprendió y qué cambiará de verdad?
Márquez pide continuidad. Conviene conservar lo que funcionó con Javier Aguirre, pero también dejar de repetir decisiones sólo porque siempre se han tomado así. Su primera lista mezcla mundialistas, jóvenes y el regreso de Hirving Lozano. La renovación no se mide por nombres en una convocatoria, sino por los minutos que reciben y la disposición del técnico a sentar a un jugador conocido si otro está mejor.
La FMF presenta esta etapa como un proyecto rumbo al Mundial 2030. Márquez dice que sigue de cerca a 60 futbolistas y busca coordinarse con clubes y selecciones juveniles. Suena bien. Sin embargo, el seguimiento vale poco si los jóvenes no juegan en sus equipos. El plan necesita decisiones de los clubes y la Liga.
El prestigio de Márquez le alcanza para pedir tiempo, no tolerancia. Su pasado como capitán le abrió la puerta del vestuario, sus decisiones como entrenador determinarán cuánto dura su autoridad.
No hace falta declararlo salvador si gana un amistoso, ni pedir su salida si pierde el primero. Sí hace falta exigirle una idea de juego clara y oportunidades reales para quienes vienen detrás. El Mundial devolvió las ganas de mirar al Tri. Eso no significa que debamos dar por buenas todas las decisiones.
@elmagazo
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