Esta es mi última columna en este prestigiado diario, cierro un ciclo en mi vida, por lo que aprovecho para rendirle tributo a un hombre cuya historia no es solo la de un inmigrante exitoso, sino la de un hombre que amó profundamente dos patrias y transmitió ese amor a cada uno de sus descendientes.
Nacido el 27 de julio de 1855 en Meymac, Corrèze (Francia), Eugène demostró desde niño una notable habilidad manual para el corte y la confección. A los 16 años, sus padres lo llevaron a París, donde se formó como aprendiz con el oficial bretón?Jean Chauveau, quien había combatido en la guerra franco-prusiana de 1870 y, tras escuchar relatos de México de oficiales que participaron en la Intervención Francesa, emigró y abrió una exitosa sastrería en la calle de Plateros —hoy Francisco I. Madero—.
En 1876, Chauveau invitó a su antiguo aprendiz a cuidar el taller durante su luna de miel de seis meses. Cinco años después, Eugène se independizó y estableció su propio negocio en la misma calle, justo enfrente de la ?Casa Génin, importante comercio de vinos, conservas y pastelería. Allí conoció a? Berthe Amélie Génin Mayeu (a quien llamaban cariñosamente Marthe), con quien se casó y formó una familia de nueve hijos: siete varones —Alexis François,?Eugène Henry,?Alfred León,?René Auguste,?Adrien Louis Henry,?Marcel Georges?(mi abuelo) y? Lucien Gilbert— y dos hijas:?Marie, quien falleció el mismo día de su nacimiento, y? Marie Marthe Marguerite Lisa.
Gracias a su carácter amable, Eugène mantuvo excelentes relaciones con las altas esferas política, intelectual, artística y militar de la República. Su reputación profesional lo llevó a recibir, en vísperas de las fastuosas fiestas del Centenario de la Independencia de 1910, el encargo de confeccionar los trajes de etiqueta para el presidente Porfirio Díaz Mori y los funcionarios del gobierno, así como los uniformes de gala para los altos oficiales del Ejército y la Marina. Se endeudó para adquirir materiales y pagar mano de obra, cumpliendo el encargo conforme lo acordado. Sin embargo, pocas semanas después, el 20 de noviembre, estalló la Revolución Mexicana. El gobierno cayó y nadie pagó las facturas. Para cubrir sus compromisos, Eugène vendió gran parte de sus propiedades y cayó casi en la ruina.
Tiempos aún más duros llegarían con la declaración de la Primera Guerra Mundial. Los seis hijos mayores aptos para las armas partieron de México para defender a la Madre Patria Francesa. Dos de ellos no regresaron:?Eugène Henry?cayó el?15 de abril de 1916 en Verdún, en uno de los campos de batalla más terribles de la contienda.?Alfred León, brigadier en el 19.º Regimiento de Cazadores a Caballo, murió el? 1 de junio de 1918 en Monnes, Aisne, de las heridas recibidas durante la Tercera Batalla del Aisne, en un puesto de ambulancia militar. Los cuatro restantes regresaron a México con secuelas permanentes en su salud.
Eugène, ya en Coyoacán, explotaba un rancho cerealero. Durante la cosecha de 1920, al salvar al operador de una máquina segadora de un accidente fatal, las aspas le cercenaron el brazo izquierdo. Los sufrimientos físicos y morales terminaron con su vida el?19 de octubre de 1920, en brazos de Marthe. De su unión nació una descendencia que hoy supera los 250 franco-mexicanos.
Este tributo es un acto de gratitud y memoria. En un mundo donde las identidades se desvanecen, la vida de mi bisabuelo Eugène es ejemplo de trabajo, valor, integridad y lealtad para cada uno de sus descendientes.
Quiero agradecer a EL UNIVERSAL, mi “alma mater” la confianza y el espacio. Sujetarme a entregar una columna quincenal durante más de tres años y medio fue una escuela rigurosa. Ha sido un privilegio y un honor formar parte de sus páginas y compartir reflexiones con sus lectores.
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