«¿Quién podría amar más a México, el que nace en su territorio incidentalmente o quien, habiendo nacido en otro país, elige hacerse mexicano por convicción?»
Néstor de Buen Lozano
Nací mexicano gracias a un montón de circunstancias ajenas a mi destino y el de mis propios ancestros. Mi padre —a quien cito al inicio de este texto— nació en Sevilla en 1925 y, por causa de la Guerra Civil Española, terminó refugiado en México, donde vivió los últimos 75 años de su vida. Cuando decidió nacionalizarse en 1988, lo hizo a sabiendas de que sería mexicano «de segunda», pues diversos cargos seguían reservados a mexicanos por nacimiento.
El destino original de su familia era la República Dominicana, a bordo del vapor Cuba, pero el tirano Leónidas Trujillo se negó a recibirlos y México —gracias a los oficios del ya expresidente Lázaro Cárdenas— terminó abriéndole las puertas a aquellos refugiados, muchos de los cuales habrían de amar entrañablemente al país y contribuir, sin duda, a hacerlo mejor.
Mi madre, con sus casi 99 primaveras a cuestas, nació en San Luis Potosí, con ascendencia directa alemana y española, y algo de escocesa y judía, aunque devino en ferviente católica.
¿A quién le debo haber nacido en México? ¿A mis padres, a los imbéciles de Franco o Trujillo, a la visión de Cárdenas o a mi bisabuelo alemán, a quien se le ocurrió hacer las Américas y terminó llegando a México?
Que haya nacido aquí fue un evento fortuito y nada más; ser mexicano, en cambio, ha sido siempre un compromiso inalienable de lealtad a la patria y sus valores.
Tras renunciar a los 18 años a la nacionalidad española, como entonces exigía la legislación mexicana, opté por recuperarla con los cambios legales de 1998, con la intención de que mis hijos tuvieran algún día la posibilidad de estudiar o vivir en Europa con pasaporte, si allá los llevaba su destino. A España le tengo un gran cariño por ser la tierra de mi familia paterna, pero en nada afecta ello mi determinación de ser mexicano de cabo a rabo.
Haber nacido en un hospital del entonces Distrito Federal me dio un certificado, pero no me hizo patriota; eso fue resultado del amor a México y de la educación que mis padres me inculcaron desde niño: defender sus símbolos y su bandera, escuchar el Himno de pie, respetar las leyes, ser honesto y tratar a propios y extraños por igual, sin importar su origen o clase social; compromiso, por cierto, que legué a mis hijos.
Pero una peculiar ocurrencia de la presidenta Sheinbaum pretende reformar la Constitución para que, quien aspire a la Presidencia de la República, una gubernatura o a la Jefatura de Gobierno posea únicamente la nacionalidad mexicana o renuncie previamente a cualquier otra. Su argumento es que debe garantizarse que «el interés de la nación esté por encima de cualquier otro interés».
Con semejante criterio, pretende dividirnos a los mexicanos por nacimiento entre ciudadanos de primera y de segunda.
Sheinbaum defendió su razonamiento así: «No puedes ser presidente y jurar a dos banderas, solo a una: la mexicana». Para gobernar, sostiene, solo puede existir una patria.
La premisa, envuelta en verborrea populista, luce impecable; su sustentación, en cambio, se desmorona apenas se formula la pregunta inversa:
¿Es poseer únicamente la nacionalidad mexicana garantía de que alguien vivirá conforme a las leyes y colocará los intereses del país por encima de los propios?
La incongruencia del movimiento gobernante resulta además difícil de ignorar. En 2018, Morena impulsó la reforma que eliminó el requisito de ser mexicano por nacimiento para dirigir entidades paraestatales y abrió así la puerta para que Paco Ignacio Taibo II —nacido en España y naturalizado mexicano— encabezara el Fondo de Cultura Económica.
¿Dónde quedó entonces el peligro de la lealtad dividida?
Más allá de lo absurdo que me parece este asunto, me indigna sobremanera la obviedad de que la propuesta presidencial tenga nombre y apellido, con profundo tufo electoral.
Quiero concluir este texto con algunas preguntas sobre patriotismo a mis respetables lectores:
¿Quién daña más a México?
¿El extranjero nacionalizado que trabaja toda su vida, educa a sus hijos en el amor al país, paga impuestos, respeta las leyes y contribuye a la sociedad que lo acogió, o el político nacido aquí y sin otra nacionalidad, que roba recursos públicos destinados originalmente a la salud, educación y otras necesidades públicas, impidiendo que lleguen a quienes verdaderamente los necesitan?
¿El empresario con pasaporte extra, que hizo de México su país y su hogar, genera empleos, invierte y cumple con sus obligaciones civiles y fiscales, o el oligarca uninacional que olvida sus principios y su supuesto amor a la nación, con tal de ganar carretadas de dinero adulando a políticos que jamás contrataría como empleados —mucho menos como ejecutivos— en sus propias empresas?
¿Quién es menos leal a México?
¿El ciudadano con dos pasaportes o el mexicanísimo líder político, sin nacionalidad alternativa, que fomenta deliberadamente el odio entre sus compatriotas porque la división, el resentimiento y la polarización le producen dividendos electorales?
¿Quién traiciona más al país?
¿El compatriota con doble nacionalidad que promueve entre los suyos su indeclinable convicción democrática, o el muy mexicano que no se tienta el corazón para extorsionar, violar, secuestrar o matar a los suyos con tal de beneficiar al grupo criminal al que pertenece?
Presidenta Sheinbaum, ya nos dejó en claro que usted es mexicana y ha insistido en ello, pero ¿es usted patriota?
Ser mexicano no equivale a ser patriota. El patriotismo no se mide por el número de pasaportes, sino por lo que cada uno hace —o deja de hacer— por México.
X y Substack: @ferdebuen
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