“Más pronto cae un hablador que un cojo” Conseja popular mexicana.

La lucha frontal del presidente Trump en contra del narcotráfico es tan encarnizada como selectiva. El expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, indultado en diciembre de 2025 tras haber sido condenado a 45 años de cárcel por transportar cerca de 500 toneladas de cocaína a los Estados Unidos; en uso de las facultades que le permiten obsequiar semejantes perdones, el ocupante de la Casa Blanca <<olvidó>> su cruzada anti narcos y puso en circulación al narcotraficante, con el apoyo suplementario del gobierno de Israel, para participar en un proceso de desestabilización de las vidas políticas de Colombia y México, con insospechada complicidad -por insolvencia crónica- de los presidentes argentino y salvadoreño.

El propósito declarado por Hernández es atacar y extirpar a la izquierda latinoamericana, comenzando por la propia Honduras. Los despropósitos son numerosos: destaca la compra-venta del indulto por el que, faltaba menos, Trump se embolsa unos cuantos dólares, proporcionados por el gobierno de Israel; es, por lo menos, dialéctica hasta la paradoja la amistad de Trump con un notable narcotraficante, quien trabajó al servicio de otro, menos afortunado, como es el encarcelado <<Chapo>> Guzmán; la ocurrencia trumpiana no ha mitigado la retórica descalificadora del Estado mexicano, por no poder controlar al narcotráfico hacia los Estados Unidos, por lo que se dispone a intervenir en el país: “si Ustedes no pueden, nosotros lo haremos.

Además de los calambres aplicados a 10 burócratas sinaloenses y la promesa de ir por más, escarbando en el basurero de la política nacional, el Departamento de Estado anuncia la investigación de nuestros 53 cónsules en territorio estadounidense, incorporando un criterio bastante peculiar: una suerte de sintonía con las ocurrencias del presidente gringo. Nada más falta que, desde nuestros consulados, se coopere con los agentes de ICE; el propósito tiene otra veta: la evaluación es para decidir la eventual desaparición de algunas de estas representaciones del gobierno mexicano.

Cuando, ¡por fin!, disponemos de canciller y embajador en este sexenio, nos salen con este nuevo cuento imperial. No hay que ser.

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