La inflación no es un fenómeno monetario, es el resultado de desequilibrios de carácter real que se manifiestan en forma de aumentos del nivel general de precios. Este carácter real del proceso inflacionario es mucho más perceptible en los países subdesarrollados que en los países industriales” (Noyola, 1998, Inflación y desarrollo económico en Chile y en México, en Cincuenta años de pensamiento en la CEPAL. Textos seleccionados, FCE/CEPAL, P. 275).

La secuencia de acontecimientos adversos a la marcha <<normal>> del capitalismo occidental -no hay que perder de vista al cisne negro que representa el poderoso capitalismo comunista chino- (Gran Recesión -2007-2012-, Pandemia -2020-2023-, agresiones rusas a Ucrania -2014 y 2022-, genocidio israelí sobre la Franja de Gaza -2023-2026- y ataque estadounidense-israelí a Irán, en curso) - y, peor aún, de las erráticas respuestas que ha recibido, desde el austericidio hasta el ocurrente <<control del circulante>>, con el que imagina presidir al Sistema de la Reserva Federal (FED) el “elegido” por Donald Trump, Kevin Warsh, para sustituir a Jerome Powell (como si la teoría cuantitativa de la moneda -TQM- todavía sirviera para algo distinto al embrutecimiento de las y los estudiantes de <<ciencias económicas>>), se dispone del “… auge de una <<economía rentista>>. Esto tiene muchos aspectos: la <<financiarización>>, la (mala) gobernanza empresarial, los mercados en los que el ganador se lo lleva todo, las rentas de la aglomeración, las debilidades de la competencia, la elusión y evasión fiscal, la búsqueda de rentas y la erosión de las normas éticas. El supuesto predominante era que la libre búsqueda del interés propio bastaba por sí sola: no es así” (Martin Wolf, 2023, La crisis del capitalismo democrático. Por qué el matrimonio entre democracia y capitalismo se está diluyendo y qué debemos hacer para solucionarlo, Ariel, México; p. 184).

La metamorfosis del capital financiero en un parásito extractivista de la economía productiva está relacionada con el derrumbe de los instrumentos regulatorios, especialmente de la Ley Glass Steagall durante 1999, y evoca la opinión de Adam Smith sobre los terratenientes: “Desde el momento en que las tierras de un país se convierten en propiedad privada de los terratenientes, éstos, como los demás hombres, desean cosechar donde nunca sembraron” (Smith, 1776 [1958], La riqueza de las naciones, FCE, México, p. 49, citando a Buchanan (N. al P.).

Vivimos en una situación extremadamente parecida a la del quinteto de condiciones que permitió la conexión del crac de octubre de 1929 con la Gran Depresión, según el gran experto en la materia:

1.- La pésima distribución del ingreso. Esta desigualdad ha alcanzado cotas altísimas desde la instauración formal, 1980, del neoliberalismo;

2.- La muy deficiente estructura de las sociedades anónimas. La expulsión de la ética del ámbito de los <<negocios>>;

3.- La pésima estructura bancaria. La paradójica “mejor” organización de los mercados de capitales con su total desregulación;

4.- La dudosa situación de la balanza de pagos. El retorno trumpiano de los aranceles y su eventual reciprocidad, y

5.- Los míseros conocimientos de economía. Alejada, a mucha distancia, de la realidad sobre la que pretende actuar por colocar un supuesto (invariablemente irrealista) en el sitio que debiera ocupar una explicación (John K. Galbraith, 1983, El crac del 29, Ariel, Barcelona, pp. 242-254).

El asunto realmente polémico es el de la adecuada comprensión de las recientes espirales inflacionarias que han acompañado al listado de desgracias globales ya citado, a los efectos de originar las crisis, con la inversión de las bajas tasas de interés y el elevado precio de los inmuebles por sus contrarios; a los efectos, también, de la reanimación de la demanda postpandemia, sin respuesta elástica desde la oferta <<apagada>>, como diría Adam Tooze, por la pandemia misma (2021, El apagón. Cómo el coronavirus sacudió la economía mundial, Crítica, España, 430 pp.) y a los evidentes efectos de los choques de oferta de hidrocarburos, fertilizantes, alimentos y un prolongado etcétera, producidos por las hostilidades militares en curso.

Frente a esta realidad, y bajo el amparo de Milton Friedman (La inflación es, siempre y en cualquier momento, un fenómeno monetario), el combate a la elevación de precios se encarga a las bancas centrales, autónomas por añadidura, armándolas del manejo de las tasas de interés (arma, esta sí, de destrucción masiva), cuya elevación coloca fuera de cualquier posible rentabilidad a la inversión productiva.

Así, se olvida la prudente recomendación keynesiana: “Por medio de la acción internacional no podemos hacer beber a los caballos. Ése es su problema. Pero podemos proporcionarles agua. Reanimar al mundo seco a través de la liberación de un millón de arroyuelos de capacidad de gasto es la tarea primaria de la Conferencia Mundial” (Keynes, 1933, Los medios para la prosperidad, en, 1988, Ensayos de persuasión, Editorial SÍNTESIS, Madrid; p. 357).

Desde que la atinada intuición de Fray Tomás de Mercado, al mediar el siglo XVI, compartida por la Escuela de Salamanca y consistente en suponer que la expoliación de oro y plata del Perú y de la Nueva España y, más específicamente, su traslado a Europa, no produciría un incentivo para incrementar la producción, de suyo rígida por el bajo horizonte tecnológico, sino que se convertiría en una presión sobre los precios, a lo largo de los siglos se fue construyendo por Bodin, Hume, Fischer y Marshall, lo que hoy constituye la Teoría Cuantitativa de la Moneda (TQM), que se formaliza de la siguiente forma:

M × V = Q × P; donde,

M = Cantidad de dinero en circulación;

V = Velocidad de circulación;

Q = Producción de bienes, y

P = Nivel de precios.

Marshall originó la denominada ecuación de Cambridge:

M = kPY; donde,

M = Masa monetaria;

k = Proporción del ingreso real no gastada (activo líquido);

P = Nivel de precios,

Y = Ingreso real.

En la teoría neoclásica, más precisamente en el monetarismo friedmanita, se prefiere emplear a la TQM como la única explicación del fenómeno inflacionario: Todo incremento en la oferta monetaria tendrá un efecto proporcional en el nivel de precios.

Siguiendo al análisis keynesiano, respecto a las complicaciones que enfrenta la TQM al pretender aplicarla a la realidad, Noyola aborda el problema como un choque producido del lado de la oferta, específicamente como una imperfecta inelasticidad de la oferta:

e = dZ ÷ dD < 1, donde:

e = Elasticidad de la oferta;

dZ = Variación en la oferta;

dD = Variación en la demanda.

Es, esta última, la inflación resultante de la inelasticidad en la oferta que, antes, caracterizaba al capitalismo tardío y, hoy, afecta a todo el aún llamado capitalismo democrático. Las debilidades de la TQM son diversas:

1.- Confunde a la cantidad de dinero circulante con la cantidad de dinero gastada en consumo;

2.- Ignora que, además del emitido por la autoridad monetaria, existe un dinero creado por cualquier tipo de crédito-deuda que, por el empleo de cualquier instrumento de financiamiento del consumo (tarjetas de crédito, por ejemplo), escapa al control de la banca central, e

3.- Ignora que la inflación puede ser el resultado de choques por el lado de la oferta para los cuales, un incremento en la tasa de interés corresponde al tipo de remedios que erradican la enfermedad, matando al paciente.

La actualidad del pensamiento de Noyola es, ni más ni menos, un enorme motivo de perdurable orgullo latinoamericano.

Comentarios