La Hipertensión arterial se conoce como “la muerte silenciosa” porque puede deteriorar el corazón, el cerebro o los riñones durante años sin mostrar síntomas evidentes. Muchas personas descubren que la padecen hasta que sobreviene un infarto, un derrame cerebral o una insuficiencia renal. Por eso, los médicos recomiendan medir la presión arterial constantemente, incluso cuando aparentemente todo está bien. Algo semejante ocurre con la educación. Un sistema educativo que otorga certificados, pero no garantiza aprendizajes significativos, puede dañar lentamente los “órganos vitales” de una sociedad sin que el deterioro sea visible de inmediato. La falta de aprendizaje debilita el pensamiento crítico, facilita la desinformación, produce profesionistas con escasas competencias y reduce la capacidad científica e innovación tecnológica del país. También profundiza la desigualdad social, debilita la vida democrática y normaliza la mediocridad al privilegiar la aprobación sobre la comprensión.

La evidencia disponible indica que México avanza peligrosamente hacia un “infarto educativo”. Los resultados de PISA a lo largo del siglo XXI muestran un deterioro persistente en el aprendizaje de los estudiantes. Apenas una tercera parte alcanza competencias básicas en matemáticas; cerca de la mitad presenta graves dificultades de comprensión lectora y una proporción similar no domina conceptos básicos de ciencias. El prolongado cierre de escuelas, debido a la pandemia, agravó todavía más el problema afectando especialmente a los estudiantes más vulnerables. En este contexto, la UNESCO ha advertido que México enfrenta un serio estancamiento en comprensión lectora y que una gran parte de los escolares de primaria no desarrollan habilidades básicas de lectura.

Los pocos indicadores nacionales disponibles confirman la tendencia. Las evaluaciones realizadas por Métrica Educativa muestran que, entre 2014 y 2025, las habilidades académicas de los aspirantes que egresan de la secundaria se han deteriorado de manera progresiva. El dato más alarmante es que quienes buscan ingresar a carreras de ingeniería apenas dominan, en promedio, una cuarta parte de las competencias matemáticas de la educación obligatoria. Sin embargo, el problema no parece ocupar un lugar prioritario en el diseño de la política educativa actual. Por el contrario, muchas de las decisiones adoptadas en los últimos años parecen orientadas a facilitar el tránsito escolar más que a fortalecer el aprendizaje. La eliminación de evaluaciones de fin de curso, el pase automático, la reducción de contenidos de matemáticas, la intención de ampliar las vacaciones de verano, así como las disposiciones legales que permiten avanzar de grado con cuatro materias reprobadas y altos niveles de inasistencia, transmiten un mensaje preocupante: lo importante es entregar certificados, no asegurar conocimientos.

La evaluación educativa cumple una función semejante a la medición de la presión arterial. Permite detectar problemas antes de que se conviertan en una crisis irreversible. Cuando un país deja de medir sistemáticamente lo que aprenden sus estudiantes, pierde la capacidad de diagnosticar y corregir sus deficiencias. El riesgo es enorme: una sociedad puede creer durante años que su sistema educativo funciona adecuadamente, mientras el deterioro avanza silenciosamente. El gobierno morenista, primero, desapareció al Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE) y, después, borró la información digital generada por este Instituto. Sin embargo, un hecho esperanzador es que un grupo de académicos, encabezados por el Dr. Bernardo Naranjo, logró rescatar y poner nuevamente a disposición pública cerca de 17 años de investigaciones, evaluaciones y documentos de política educativa elaborados por el INEE. Más de 400 publicaciones que permiten comprender el deterioro educativo que vive México y que constituyen una herramienta indispensable para corregir el rumbo del país.

Porque, al igual que ocurre con la hipertensión arterial, ignorar los síntomas no elimina la enfermedad. La crisis educativa mexicana no se resolverá cancelando evaluaciones, simplificando requisitos escolares, ocultando información, reduciendo días de clase o regalando certificados. Solo podrá enfrentarse reconociendo el problema, midiendo sistemáticamente los aprendizajes y colocando el conocimiento científico en el centro de la educación. De lo contrario, cuando las consecuencias sean plenamente visibles —baja productividad, fragilidad democrática, dependencia tecnológica y deterioro institucional— quizá descubramos que el daño llevaba décadas avanzando silenciosamente.

Presidente del Consejo Directivo de Métrica Educativa, A.C.

@EduardoBackhoff

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