El año pasado la Comisión Europea publicó el informe Prácticas efectivas para la alfabetización (literacy): un reporte analítico, realizado por expertos de la Unión Europea, quienes analizaron cerca de 600 investigaciones sobre el tema. La pandemia del COVID-19 no solo detuvo al mundo: también lo hizo retroceder. El impacto fue inmediato, profundo y duradero. El cierre de escuelas en 2020 obligó a millones de estudiantes a migrar abruptamente hacia un aprendizaje a distancia que, lejos de ser equivalente, resultó ser marcadamente inferior. Por ello, el rendimiento académico cayó, y la desigualdad creció. En la gran mayoría de los sistemas educativos europeos, las puntuaciones medias en lectura en 2022 fueron inferiores a las de 2018. La proporción de estudiantes en PISA que no alcanzó el Nivel 2 (considerado como básico) fue del 26.2 %, cifra superior al 21.7 % de 2018. En México estas cifras, respectivamente, rondan entre 47 y 49%.

La capacidad lectora de México es más preocupante que la de Europa. Los datos del INEGI confirman una tendencia alarmante: en 2023, solo 68.5% de la población adulta se considera lectora, el nivel más bajo desde que se tiene registro, con una caída de más de 12 puntos porcentuales respecto a 2016. El problema se agrava si consideramos que cada vez hay menos lectores. El resultado se refleja no solo en cuántos leen, sino en cómo leen. Apenas 27% de los lectores mexicanos adultos afirma comprender completamente lo que lee.

La pandemia no creó esta crisis, pero la aceleró. Durante el confinamiento, al igual que en Europa, el sistema educativo mexicano migró abruptamente al entorno digital. Sin embargo, la diferencia estructural es clave: en México, las desigualdades de acceso a la tecnología son mayores. La educación a distancia no solo fue menos eficaz; fue, para muchos, prácticamente inexistente. Esto conecta directamente con el diagnóstico europeo: la alfabetización contemporánea exige habilidades complejas —interpretar, evaluar, contrastar— que van mucho más allá de la decodificación básica. Pero si una proporción significativa de la población ni siquiera alcanza la comprensión plena, el problema deja de ser educativo y se vuelve estructural y endógeno.

La pandemia también transformó los hábitos lectores. En México, el consumo de lectura digital creció de manera significativa: el uso de páginas web, blogs y formatos electrónicos aumentó, impulsado directamente por el confinamiento. Sin embargo, este cambio no implicó una mejora en la calidad de la lectura. Al contrario, consolidó una tendencia global: leer más fragmentos cortos, pero comprender menos párrafos largos. Hay otro punto de coincidencia inquietante: el papel del entorno familiar. En Europa, el reporte subraya que el nivel socioeconómico y el capital cultural determinan el desempeño del joven lector. En México, los datos son muy reveladores: 80% de la población no lectora no tuvo padres que le leyeran en la infancia y 83% nunca visitó las bibliotecas o librerías. Esto revela una verdad incómoda: la escuela no está logrando compensar las desigualdades de origen. Y cuando llegó la pandemia, esa fragilidad quedó expuesta. Mientras que en Europa se habla de “pérdida de aprendizaje”, en México deberíamos hablar de “pérdida de hábito”. Porque no se trata solo de que los estudiantes hayan aprendido menos durante el confinamiento, sino de que muchos dejaron de leer o nunca desarrollaron el hábito. En México, el número de libros leídos al año ha disminuido en la última década, de 3.9 a 3.2; cifra muy inferior a los 14 o 17 libros que leen en países como Estados Unidos, Reino Unido, Canadá o Francia.

La lección es clara y coincide con la experiencia europea: la alfabetización no puede darse por sentada. Requiere políticas públicas sostenidas, formación docente, infraestructura digital y, sobre todo, una cultura lectora que empiece en casa. Hoy, el reto no es solo recuperar lo perdido, sino repensar el futuro. La alfabetización del siglo XXI no puede limitarse a la lectura tradicional. Debe incluir habilidades digitales, pensamiento crítico y capacidad de comunicación escrita. Pero, sobre todo, debe volver a colocar la lectura en el centro. Porque sin lectores competentes, no hay ciudadanos plenos. Y sin ciudadanos plenos, no hay democracia que resista.

Por desgracia, el gobierno de la Cuatroté no aprende en “cabeza ajena” y tampoco basa sus políticas públicas en los resultados de la investigación científica, sino en postulados ideológicos que rayan en la fantasía.

Presidente del Consejo Directivo de Métrica Educativa, A.C.

@EduardoBackhoff

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