Confieso que cuando empecé a ver El juicio, la nueva serie protagonizada por Eugenio Derbez, lo hice esperando -o quizás deseando- encontrarme con una versión mexicana de Taken, aquella película donde Liam Neeson destruye el mundo para salvar a su hija gracias a sus habilidades de exagente encubierto. Esperaba ver la fantasía Hollywoodense habitual: un padre con determinación sobrehumana que sortea cualquier obstáculo, castiga a los culpables, se corona como el héroe absoluto de la historia, y los buenos triunfan.
Una parte de mí deseaba esa ficción. En un país tan roto, a veces buscamos en la pantalla el final feliz que la realidad nos niega sistemáticamente. Pero los capítulos avanzan y el golpe de realidad se va sintiendo cada vez más: porque la realidad es que en México los padres y madres no son agentes con capacidades y energía ilimitada, el acceso (y el desvío) de la supuesta justicia, solo está disponible para quienes pueden pagarlo, y las víctimas que se atreven a denunciar, se enfrentan a una pesadilla que nunca termina.
La serie revela lo que miles de abogadas y activistas vemos a diario: la denuncia no es el inicio de la justicia, sino el comienzo de un calvario de revictimización y destrucción de familias enteras. De acuerdo con el INEGI, la cifra negra en nuestro país ronda el alarmante 93%: más de nueve de cada diez delitos jamás llegan a ser denunciados o no logran siquiera que se abra una carpeta de investigación. Y cuando se les pregunta a las víctimas por qué no acudieron a denunciar, más del 60% responde que por causas atribuibles a la propia autoridad: por considerarlo una pérdida de tiempo, por trámites hostiles, burocráticos y largos, o por abierta desconfianza.
Esa es una de las grandes heridas que retrata la serie: la culpa y la vergüenza de las víctimas que se acercan al sistema. En una estructura profundamente patriarcal, la víctima termina cargando el estigma que le pertenecería al agresor. Y ese estigma es cada vez más difícil de evadir. Antes, la huida/mudanza de una ciudad a otra ofrecía una posibilidad de anonimato, o de oportunidad para volver a empezar; hoy, en la era digital, la condena social viaja a la velocidad de un click. Las redes sociales viralizan, sentencian y persiguen a las víctimas sin importar a qué rincón del país se muden.
El filtro de la impunidad no termina ahí. Investigaciones de organizaciones como México Evalúa muestran que, de ese pequeñísimo porcentaje que sí reúne el valor para denunciar, la probabilidad de que un delito llegue ante un juez y culmine en una sentencia condenatoria es de menos del 1%. En materia de delitos sexuales, los índices de impunidad rondan el 94%. En un país donde una violación difícilmente llega a ser noticia porque la violencia se ha normalizado, iniciar un proceso formal es un acto de valentía revolucionario. ¿Por qué tantas mujeres se quedan a medias del camino? Porque el sistema las desgasta, las endeuda, las amenaza y las hace dudar de su propio dolor.
En medio de ese laberinto, la serie te obliga a hacerte una pregunta cuya respuesta no es tan obvio como pareciera: ¿qué es realmente la justicia? Solemos equipararla de manera casi automática con una sentencia condenatoria y el agresor tras las rejas. Pero en un sistema donde la probabilidad de que eso ocurra es casi nula y el costo emocional es devastador, la trama te coloca de golpe en los zapatos de ese padre: ¿no vale la pena aceptar un acuerdo económico si con eso le evitas a tu hija años de dolor, revictimización y desgaste? Te hace empatizar con ese pragmatismo doloroso de quien piensa: con este dinero podemos reconstruirnos, pagar terapias, sacarla de este entorno, en lugar de arrastrarla por un juicio que probablemente perderemos. Es una encrucijada que nos obliga a cuestionar la efectividad del punitivismo carcelario frente a la urgente necesidad de reparación y supervivencia que tienen las víctimas en la vida real.
Frente a un sistema judicial capturado por la impunidad y el influyentismo, la serie rescata algo esencial: la red de apoyo. No hay superhéroes individuales, hay una red de contención. El común denominador que sostiene tanto el caso retratado en la serie, como aquellos de la vida real, no son las instituciones del Estado, sino la empatía de, principalmente, otras mujeres: la abogada que no se rinde, la abuela que acompaña, la amiga que espera afuera del Ministerio Público durante la audiencia, la tribu que cree sin cuestionar. Y desde luego, el padre, que le cuesta aceptar la derrota y entender que en ocasiones el rol más importante no es el del salvador incansable, sino el que está presente para acompañar, escuchar y sostener a su hija en el proceso más difícil de su vida.
La serie también nos confronta con otra verdad incómoda: en casos de violencia sexual en adolescentes, todos tenemos, de alguna y otra forma, algún grado de corresponsabilidad. Los padres, en la forma en que educan a sus hijos sin ponerles límites, la escuela que prefiere tapar el escándalo para proteger a la hija del dueño y sus amigos, el grupo de amigos que normaliza la agresión o guarda silencio cómplice, y la sociedad que juzga el comportamiento de la víctima en lugar de condenar al agresor.
Por eso, cuando el sistema penal le falla a las mujeres -que es la regla general-, las víctimas y sus familias se ven forzadas a buscar otras formas de justicia: la presión en medios de comunicación, el tendedero público, la denuncia en redes sociales. Como abogada, conozco y entiendo las críticas que suelen hacerse a estos métodos por la aparente vulneración a la presunción de inocencia. Es un debate jurídico legítimo. Pero en un país donde las instituciones están saturadas y los juzgados capturados por el influyentismo y el dinero, el señalamiento público no nace de la venganza, sino de la desesperación. Es, con frecuencia, el único espacio donde las víctimas pueden nombrarse, visibilizar la violencia y experimentar, aunque sea por un momento, algo de empatía y respaldo social.
Quizás por eso incomoda tanto ver una historia que se niega a darle al espectador el alivio de un rescate milagroso. Porque nos recuerda que afuera no hay superhéroes, sino miles de mujeres librando solas batallas agotadoras frente a un sistema completamente fallido. Al final, la serie deja una pregunta inevitable: ¿qué podemos hacer frente a este monstruo de mil cabezas que es el sistema penal, atorado entre la corrupción, la impunidad y el influyentismo? Frente a un aparato así, es común sentir que no hay nada que las y los ciudadanos comunes podamos hacer. Pero lo que nos toca como sociedad no es menor: empezar por no dudar de las víctimas, no juzgarlas y sostenerlas cuando deciden hablar. Y sobre todo, dejar de ser simples espectadores de un sistema colapsado, para comenzar a exigir una justicia que realmente repare en lugar de destruir.
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