Por Iván Carrillo. Periodista de ciencia y editor de Celsius Media

La Ciudad de México vibra bajo la fiebre del Mundial de Futbol 2026 y las calles se han teñido de morado. Una botarga sonriente —un ajolote con penacho bautizado como "Ajologol"— nos da la bienvenida como la mascota oficial de la justa deportiva, portando la camiseta de la Selección Mexicana. Es la consumación de lo que el gobierno capitalino ha defendido como la "ajolotización" de la metrópoli: una agresiva estrategia de marca ciudad que ha tapizado puentes peatonales, muros, bajopuentes y vagones del Metro con la imagen estilizada de este anfibio. Sin embargo, lejos de los estadios, de los reflectores y del asfalto pintado, en las aguas turbias de Xochimilco, el verdadero Ambystoma mexicanum agoniza en el más profundo de los silencios.

La ironía es brutal. Mientras el ajolote es devorado por la mercadotecnia global y su rostro adorna el frenesí turístico, la ciencia nos arroja una verdad devastadora: el último censo realizado en 2025 en los canales de Xochimilco no logró capturar un solo ejemplar silvestre utilizando las redes tradicionales. Sabemos que este esquivo "monstruo de agua", alguna vez venerado por los aztecas como la encarnación del dios Xólotl que huía de la muerte, sigue resistiendo en la cuenca únicamente por los rastros de ADN ambiental que ha dejado invisibles en el ecosistema. Las cifras documentan un colapso innegable y trágico: en 1998, los científicos contabilizaban 6 mil ajolotes por kilómetro cuadrado; para 2014 la cifra se desplomó a 36, y hoy roza el cero absoluto.

Convertir a un animal en peligro crítico de extinción en el rostro festivo de una megalópolis sin invertir en su salvación es un espejismo urbano; un acto que especialistas y activistas han comenzado a calificar abiertamente como greenwashing. En el marco de esta fiesta mundialista, el gobierno local reportó una inversión de casi 182 millones de pesos para rehabilitar siete embarcaderos turísticos y modernizar trajineras en Xochimilco, buscando mejorar la experiencia de los miles de visitantes que arribarán a la ciudad. No obstante, en ese mismo presupuesto no parece haber evidencia de recursos etiquetados específicamente para la conservación directa del ajolote silvestre, ni para la restauración profunda de un hábitat asfixiado por la mancha urbana, la contaminación de las aguas y la depredación de especies invasoras como la tilapia y la carpa.

Salvar al ajolote trasciende, por mucho, la preservación de una criatura biológicamente asombrosa capaz de regenerar sus órganos. Xochimilco —el último relicto de los inmensos lagos de la antigua Tenochtitlan— no es un simple decorado folclórico para el turismo. Es una infraestructura verde vital que funciona como un riñón y un pulmón metropolitano: captura carbono, reduce el riesgo de inundaciones y regula el microclima de una ciudad cada vez más castigada por las olas de calor.

Como bien me lo advirtió alguna vez Pedro Méndez, un experimentado chinampero de la zona, mientras remaba apaciblemente por sus canales: "Si desaparece el ajolote, desaparecemos nosotros". Su advertencia no era una metáfora catastrofista, sino una cruda ley ecológica. La supervivencia de este anfibio es el termómetro exacto de la viabilidad agrícola de las chinampas y de la salud del agua que consumen miles de capitalinos.

Hoy, el ajolote está en todas partes: en los billetes de cincuenta pesos, en los suvenires, en la publicidad institucional y en las fotografías de los turistas. Está en todos lados, menos donde realmente debería estar: vivo y libre en su hábitat. Si permitimos que el ecosistema colapse mientras aplaudimos a una botarga en las gradas del Estadio Azteca, la verdadera derrota para México no ocurrirá sobre el césped. Será una derrota histórica, silenciosa e irreversible frente a la naturaleza y ante los ojos del mundo.

Comentarios