Por Miguel Rubio Godoy
Hace muchos, muchos años, en algún lugar de lo que se conocía como Bactria y hoy comprende varias exrepúblicas soviéticas cuyos nombres terminan en “-stán”, en una de las fortalezas llamadas caravanserai, donde los mercaderes descansaban de los rigores y peligros de la Ruta de la Seda, se dio un intercambio interesante.
Un mercader que venía de Xi’an, la gran ciudad de los Seres, en el país de Asia central que en el siglo V a.C. todavía no se conocía como China, traía cargamentos de finísima seda. Los comerciantes que venían de Occidente quedaron sorprendidos por la suavidad, ligereza y brillo de la tela levantina; y quizás más aún por la historia de cómo se obtenía. Como narra Alessandro Baricco con sublime elegancia, la elaboración de la Seda requiere paciencia y dedicación orientales: se colectan los capullos del gusano de la morera, antes de que las orugas se conviertan en mariposas; y después de lavar e ir desenredando el finísimo filamento del capullo, con cuidado de no romperlo, se hila para hacer los hilos de seda.
Un mercader, quizás proveniente de Antioquía del Orontes, el famoso puerto griego en la esquina mediterránea, formada por Turquía y Siria, si bien impresionado con los textiles asiáticos, mostró una tela dorada tan suave y hermosa como la seda: el bysus o biso, en español. Y la historia de cómo se conseguía este fabuloso y raro textil no tenía nada que pedirle a la de la seda: el biso se obtiene de los largos filamentos que la nacra (Pinna nobilis) secreta y usa para sujetarse a las rocas de su hogar submarino en el Mediterráneo. Y siendo una almeja gigante cuyas valvas llegan a medir 1.2 metros, para sujetarse produce filamentos muy largos y resistentes. Una vez rasurada la nacra, se limpiaban los filamentos en agua de mar y tras un baño en orina de vaca (¡secreto industrial!), adquirían un hermoso tono dorado.

Como muchas veces sucede, decir la neta verídica no siempre es muy interesante ni vende mucho, por lo que tras un ejercicio temprano de mercadotecnia, se propagó la idea de que el biso se hilaba con el pelo de sirenas o de algunos misteriosos borregos marinos. De ahí vino la leyenda de que las prendas de biso (rebautizadas como “seda marina” para su promoción) se obtenían de un mitológico borrego subacuático con pelaje dorado: el proverbial vellocino de oro, tan célebre que hasta a la Biblia fue a parar – ¡eso sí es buen marketing!
Aparte de las Sagradas Escrituras, el biso/vellocino aparece en diversas obras y épocas, siempre como un hermoso y caro paño dorado. Se han encontrado menciones literarias y fragmentos textiles de biso/seda marina desde el siglo II de nuestra era; y se produjo este hermoso textil en Italia hasta mediados del siglo XX. Después de la Segunda Guerra Mundial ya nada fue igual…
Justo después de este conflicto se dio la llamada Gran Aceleración, consistente en un notable incremento de la población humana y de la industrialización, y en un gran aumento de la producción mundial de plástico, aluminio y concreto, materiales artificiales casi indestructibles que hoy se encuentran por doquier. Para muchos, este periodo marca el inicio del Antropoceno, la era de la humanidad.
Regresando a la historia de la nacra y el biso, en la guerra no solo se murieron muchas de las personas que sabían cómo producir seda marina, sino que varias de las otras manifestaciones nocivas del Antropoceno empezaron a afectar a la nacra y su entorno: pesca ilegal y excesiva, destrucción de hábitat, uso de las grandes almejas como amarres para botes, introducción de especies invasoras…
Éramos muchos y parió la abuela: con el calentamiento global -aunado a todos los insultos previos- la nacra se hizo muy susceptible a las infecciones y le cayó un coctel de bichos (todavía no descrito al 100%, pero que sin duda incluye al parásito procariote Haplosporidium pinnae y algunos virus) y en pocos años se han detectado mortalidades de 80-100% en varias regiones del Mediterráneo. La extendida mortandad de esta almeja gigante que antes se encontraba en todo el Mediterráneo llevó a que en 2019 fuera declarada como especie en Peligro Crítico de Extinción.
El Antropoceno -casi- acabó con el vellocino de oro…
Investigador del Instituto de Ecología y colaborador para Celsius Media.

