Por: Dr Marcos M. Chávez Cano
Secretario del Comité de Resiliencia de la Infraestructura del CICM
El pasado 6 de mayo se conmemoró el 40 aniversario de la creación del Sistema Nacional de Protección Civil (SINAPROC), un organismo que surgió como respuesta del gobierno federal ante el desastre ocasionado por los sismos de septiembre de 1985, en donde quedó evidenciada una falta de coordinación y capacidad de respuesta de las autoridades para atender la emergencia. No fue así con la participación de la sociedad civil, la cual mostró gran empatía y solidaridad para apoyar de manera organizada en las labores de rescate.
La función principal del SINAPROC es la de establecer los mecanismos necesarios para lograr una coordinación articulada y eficiente entre las dependencias del gobierno federal, estatal y municipal junto con la sociedad civil; en caso de la ocurrencia de algún tipo de desastre, ya sea de origen natural o antropogénico. A lo largo de estos 40 años, el sistema se ha fortalecido con la creación del Centro Nacional de Prevención de Desastres (CENAPRED), y siguiendo el enfoque de la Gestión Integral de Riesgos.
Desde 2014 como parte de mis actividades académicas, he tenido la oportunidad de participar en diversas brigadas de reconocimiento de daños ocasionados por sismos o huracanes, con el propósito de recopilar información acerca del comportamiento estructural observado en edificios, escuelas, hospitales, viviendas, naves industriales, centros comerciales, carreteras, puentes, etc.
Documentar tanto lo que no funcionó adecuadamente como lo que sí, es fundamental para elaborar recomendaciones respaldadas con un sustento científico que permitan reducir los riesgos ante la ocurrencia de eventos futuros, siempre en beneficio de la sociedad.
Mi primera experiencia en reconocimiento de daños sucedió con el impacto del huracán Odile en la península de Baja California Sur. Evento que ocasionó importantes daños tanto en edificaciones, obras de infraestructura, redes de electricidad y telecomunicaciones, entre otros. Sin profundizar en los diversos daños observados, me quiero centrar en uno en particular, que considero un buen ejemplo para el desarrollo de esta columna. Se trata del desprendimiento de fachadas y recubrimientos (i.e., envolventes de los edificios). Esto se observó de manera recurrente en edificios, hoteles, incluso en el mismo aeropuerto. Si bien este tipo de elementos no tienen una función estructural, es decir que, si estos fallan, no se compromete la estabilidad estructural del edificio, eso no implica que no deban ser diseñados para resistir las fuertes rachas de viento. Al presentarse el desprendimiento de este tipo de elementos, pueden convertirse en proyectiles peligrosos, o bien, dejar en condiciones de vulnerabilidad a sus habitantes. Hubo un caso en el que un edificio quedó al descubierto ante el desprendimiento de fachadas y muros divisorios elaborados con algún tipo de tablero prefabricado.
El arribo de la brigada de reconocimiento al sitio ocurrió varios días después del impacto del huracán y debido a la proximidad del inicio de la temporada alta para el arribo de turistas, las labores de limpieza y reconstrucción estaban a marchas forzadas. El aeropuerto que había sufrido la rotura de la velaría central y el desprendimiento de recubrimientos, entre otros daños, estaba siendo reparado simplemente sustituyendo los paneles dañados por unos nuevos sin que se apreciara la inclusión de algún tipo de refuerzo.
Como producto de esta visita se elaboró un informe en donde se destaca lo observado y una serie de recomendaciones para evitar que se vuelvan a presentar este tipo de daños. Adicionalmente, varios académicos emprendieron diversas investigaciones con el propósito de estudiar con mayor detalle el comportamiento observado y con ello, proponer cambios en los reglamentos de construcción vigentes para mejorar el desempeño estructural ante la ocurrencia de huracanes.
En 2023, el huracán Otis impactó nuestro país, esta vez en las costas de Guerrero. Ocasionando severos daños en la región, siendo uno de ellos, el desprendimiento de fachadas y muros elaborados con paneles prefabricados. Nuevamente se presentó este tipo de daño dejando como evidencia que no se realizó una labor de prevención para reducir este riesgo, a pesar de que ya se conocía de la posibilidad de que se presentara este tipo de daño.
Las universidades y centros de investigación hacen una gran labor para cumplir con su función a pesar de las limitaciones presupuestales. En ellas se hacen diversos estudios para comprender por qué ocurren los desastres y como reducir sus efectos, así como para identificar la vulnerabilidad de las comunidades. Todo este conocimiento adquirido es muy valioso para la toma de decisiones por las autoridades por lo que deben buscarse los medios para hacerla llegar oportunamente a las áreas responsables. La academia también puede contribuir a la actualización de los Atlas de Riesgo, con los resultados de investigaciones que se realizan en los centros educativos especializados.
Tomé como ejemplo lo sucedido en desastres ocasionados por huracanes, pero situaciones similares ocurren en otro tipo de eventos como sismos o inundaciones. Seguimos haciendo lo mismo y obteniendo los mismos resultados. Hoy en día es muy común escuchar la palabra resiliencia. Queremos ser resilientes en todo; sin embargo, a pesar de que se conoce lo que se debe hacer para lograr ser resiliente aún es poco lo que se pone en práctica. La resiliencia no se logra por si sola, requiere la participación articulada de las autoridades, la academia y la sociedad.
Las autoridades y la academia deben colaborar en conjunto para identificar los riesgos y proponer medidas que ayuden a reducir las vulnerabilidades, mediante instrumentos existentes como los atlas de riesgo o los reglamentos de construcción. Además, deben establecer canales de comunicación con la sociedad para transmitir de manera clara y concisa de lo que se tiene que hacer en caso de ocurrir algún tipo de desastre. Canales de comunicación excelentes son los comités técnicos del CICM, formados por especialistas en las diversas áreas de la ingeniería civil.
Parte de lo que se ha comentado en esta columna, está incluido en el Manual de Organización y Operación del Sistema Nacional de Protección Civil, pero no basta con ello. La experiencia práctica nos indica que no basta con atender los desastres, hay que buscar la manera de reducir sus efectos. Hace 40 años nació el SINAPROC, hoy requiere seguir fortaleciéndose para que pueda cumplir con el objetivo para el que fue creado. Los desastres seguirán ocurriendo, pero cuanto más estemos preparados menores serán sus efectos.
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