El presidente Trump llegó a Beijing para su primera visita a China en casi una década, acompañado por los CEO de Tesla, Apple, BlackRock y Nvidia. Su encuentro con Xi Jinping ocurre tras un año de tensiones comerciales y en el contexto del volátil cese al fuego en Oriente Medio, que ha disparado los precios energéticos y comenzado a reconfigurar las rutas comerciales globales.
Las dos potencias presentan la reunión como una oportunidad para estabilizar una relación bilateral marcada por el conflicto. Sin embargo, esa estabilidad exige que ambas estén dispuestas a transigir en ciertos aspectos. Importa también la naturaleza y alcance de tales concesiones.
Trump y Xi llegarán a la mesa con horizontes temporales radicalmente distintos: esa diferencia estructural determina quién concede qué a quién. El primero se enfrenta a las elecciones intermedias en noviembre. Necesita logros concretos: compras chinas (de las tres “B”: Boeing, beef, and beans), extender la tregua arancelaria, anunciar contratos e inversiones.
En cambio, Xi Jinping está pensando en 2049 —año del centenario de la República Popular China— cuando pretende hacer realidad su proyecto de “rejuvenecimiento nacional”. El horizonte de seis meses en Washington se transforma en un “long game” de más de 20 años para Beijing.
El líder chino busca tiempo para consolidar la autosuficiencia tecnológica, pero además está consciente de que un solo tema podría definir todo su legado: Taiwán. En el contexto de la cumbre, China pretende que EE. UU. transite de no apoyar explícitamente la independencia de la isla (strategic ambiguity) a oponerse abiertamente a ella, aceptando limitar —o someter a consulta previa— sus ventas de armas a Taipéi. Sin esas concesiones, los acuerdos económicos que Trump necesita podrían complicarse. La apuesta china es que termine cediendo en temas de largo plazo, a cambio de contratos que pueda presumir en el corto.
La estrategia china hacia Taiwán contempla una capitulación gradual antes que una invasión armada, sin descartarla. El referente histórico —con todas sus distancias— es Hong Kong, recuperado en 1997 sin ningún disparo de por medio. En 1982, Deng Xiaoping amenazó a Thatcher con tomarlo por la fuerza. Londres cedió, ante la creciente dependencia económica británica a esa relación y la amenaza militar que China había construido. La táctica actual parece replicar esa lógica: normalizar ejercicios militares constantes en los alrededores, ensayar controles aduaneros sobre el tráfico marítimo, erosionar la identidad separada de Taiwán en el comercio internacional.
Se trata de un modelo diseñado para aislar a Taipéi y crear la percepción de que resistir no tiene sentido, sin provocar una respuesta militar de Washington. Funcionarios taiwaneses de seguridad han expresado que la “guerra sobre las mentes” puede ser más importante que la guerra física.
Las señales previas al encuentro alimentan las preocupaciones sobre el futuro de la isla. Trump retrasó un paquete de 14 mil millones de dólares en armas y ha cuestionado públicamente que EE. UU. tenga que defender Taiwán. Además, rompió un protocolo vigente durante décadas para discutir la transferencia de armamento a la isla con Xi. Todos esos mensajes podrían ser parte de una estrategia de negociación.
Sin embargo, el riesgo no se limita a la cumbre. Cada muestra de vacilación estadounidense respecto a Taipéi después de esta semana podría ser amplificada por la propaganda china para convencer a los taiwaneses de que el respaldo estadounidense se desvanece.
Con todo, el diálogo entre las dos potencias es una buena noticia y el balance de la cumbre será probablemente positivo en lo inmediato: compras chinas a EE. UU., nuevos mecanismos comerciales bilaterales y declaraciones conjuntas sobre una competencia responsable. Trump conseguirá algo qué presumir ante su electorado, mientras Xi proyecta liderazgo y estabilidad.
Más allá de los próximos días, la encrucijada es si Washington logra defender sus intereses estratégicos de largo plazo en un sistema político diseñado para el corto, con un calendario electoral en puerta, o si Xi confirma que el tiempo puede ser el factor determinante.
Diputada federal
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