A Ana José, talentosa mercadóloga y docente

Entre misiones y colegios, los jesuitas han llevado a cabo una labor apostólica sin precedentes desde la fundación de la Compañía de Jesús y a lo largo de varios siglos. Por lo que hace a nuestra patria, las misiones se desplegaron en la Nueva España (en particular, en el noroeste) entre 1591 y 1722, al amparo del Patronato Real de Indias concedido por la Santa Sede a la monarquía española (como, también, a la portuguesa), mediante el cual ésta se comprometía a promoverlas y financiarlas. “Por otra parte, estudios historiográficos recientes muestran que los misioneros sobrepasaron el rol propio de educar en la fe cristiana católica, así como que algunos de ellos tomaron posturas muy críticas ante la explotación de las poblaciones locales a manos de los españoles, y otros buscaron adaptar el cristianismo a la cultura donde llegaban” (Alejandro Cancino, S.J., Las misiones jesuitas en el noroeste, algunos desafíos para nuestro presente, en “Christus. Revista de Teología, Ciencias Humanas y Pastoral”, No. 840, p. 11).

Las misiones en cuestión se propagaron a diez zonas de la región noroccidental en comento, en las que figuraban 34 grupos de lenguas indígenas (destacándose las obras que los misioneros escribieron en esas lenguas: vocabularios, gramáticas y doctrina), si bien —como nos lo recuerda David Brading— los jesuitas también atendían a los indios de los valles centrales de la Nueva España, hasta la expulsión de la Orden de los territorios españoles en 1767, misma que para ésta “fue un absoluto desastre…… En términos prácticos, la expulsión de los jesuitas acarreó el cierre inmediato de sus doce colegios, con lo que más de una generación de jóvenes criollos se vio privada de educación adecuada. Los yaquis y otros pueblos nativos del norte perdieron, con las misiones, a sus mentores y protectores. Y la Iglesia mexicana perdió una compañía de sacerdotes tan ilustrados como llenos de celo, tan dedicados a su ministerio pastoral como a la educación de la élite y que, pese a su lealtad tanto a la Corona española como a Roma, eran también decididos patriotas mexicanos” (David Brading, La Patria criolla y la Compañía de Jesús, en “Colegios Jesuitas”, Artes de México, No. 58, 2001, p. 70). Como bien apunta el P. Cancino, las misiones del noroeste comenzaron a declinar a fines del siglo XVIII en razón de la reducción de su financiación por parte de la Corona, recursos que se destinaron a atacar a las fuerzas insurgentes. Ya en el México independiente (a donde regresaron unos años antes de consumada la Independencia, en 1816), “los jesuitas eran pocos y no lograron volver a ninguna misión de las que habían anteriormente fundado. No fue sino hasta 1900 que retomaron la misión de la Tarahumara… (que) estuvo a cargo de los jesuitas hasta 1994, año en que fue erigida la Diócesis de la Tarahumara, en el actual estado de Chihuahua” (Alejandro Cancino, S.J., Op. Cit., págs. 14 y 15). Durante el siglo XX, la Compañía abrió diversas misiones, bajo su mística fundacional y el espíritu del Concilio Vaticano II, a las que nos referiremos en nuestra próxima colaboración, recordando con el jesuita Alejandro Cancino al Papa Francisco: “el cristianismo no tiene un único modo cultural” (“Querida Amazonia”, 69; “Evangelii Gaudium”, 116 y 117, Ibidem, p16).

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