En medio de los frenéticos avatares de la vida contemporánea con sus violentas imágenes y ruidos ensordecedores provenientes del mundo exterior (incluido un adminículo conocido como celular), es menester detenerse en silencio para escuchar el murmullo de la voz interior en búsqueda de respuestas trascendentes en y para la vida, de cara a nuestra habitual compañera de viaje: la muerte. Porque, como bien dijo Benjamín Franklin: “lo único seguro en esta vida es la muerte y el pago de los impuestos”. De ahí que, al menos una vez en nuestra efímera y contingente existencia, convenga hacer un alto en el camino para preguntarnos el por qué y para qué de la tuya, la mía, la nuestra. Y ello no es algo distinto que desvelar nuestra misión en este mundo.
Porque, llevados al terreno de nuestro editorial, como bien afirma el Dr. Alfonso Alfaro: “El mundo no sería lo que es si Occidente no estuviera en expansión continua, si no se sintiera impulsado por la idea de haber sido enviado (‘missus’) a transformar la tierra, es decir, de tener una misión. La actual tendencia globalizadora arranca, pues, en buena medida, de ese resorte esencial de nuestra civilización cuyo ímpetu tiene orígenes religiosos que se encuentran todavía operantes. Este proceso conoció uno de sus momentos más brillantes durante la era de los descubrimientos…. Entre los actores principales de este episodio figuran los misioneros de la Compañía de Jesús. Ellos abrieron, para Occidente y para el cristianismo, territorios vastísimos, tanto de la geografía como del conocimiento. La estructura de su institución, la composición pluriétnica de la mayor parte de sus equipos, la diversificación territorial de sus empresas y, sobre todo, la inusitada receptividad que manifestaron algunos de ellos hacia las culturas ajenas han hecho que cada vez con más frecuencia se considere a su orden como el primer organismo globalizado de la era moderna” (Alfonso Alfaro, La redondez de la tierra, en “Misiones Jesuitas”, Artes de México, No. 65, 2003, p. 7).
Es de esta suerte que el poderoso influjo cultural fue de doble vía, desde la emblemática figura de Francisco de Jasso y Azpilcueta (mejor conocido como San Francisco Javier) en Asia Oriental y la de Matteo Ricci en China, hasta las 30 Reducciones de la Paracuaria (en los bosques tropicales de Argentina,Uruguay, Bolivia, Brasil, Paraguay y Perú), y las misiones en el Nayar y el Noroeste de nuestra patria, incluyendo a la América chichimeca y la Baja California, esta última con Eusebio Francisco Kino y Juan María Salvatierra al frente de la misión jesuita.
Tras exponer grosso modo en nuestra colaboración anterior el desenvolvimiento de dichas misiones en territorio novohispano y en la naciente república independiente entre los siglos XVI y XIX, damos cuenta ahora, de la mano del P. Alejandro Cancino, S.J. (Las misiones jesuitas en el noroeste, algunos desafíos para nuestro presente, en “Christus. Revista de Teología, Ciencias Humanas y Pastoral”, No. 840, págs. 15 y 16), de las que fueron abiertas por la Compañía de Jesús entre poblaciones indígenas durante el siglo XX: Bachajón, en San Cristóbal de las Casas (1958); Huayacocotla, en la Sierra Norte de Veracruz (1974); el Proyecto Selva (1978); y, la misión de Tatahuicapan, Veracruz (1979), todas ellas como respuesta de misión a los signos de los tiempos de ayer, hoy y siempre.
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