A Mariano, deseando que San Ignacio sea su compañero de vida
No quedó piedra sobre piedra, pues encima del terreno de lo que fue un palacio de enseñanza de conocimientos y formación del carácter, se construyó el “Palacio de los Palacios”: una tienda departamental, en la colonia Polanco.
Pero, lo que los destructores del Patria jamás pudieron demoler fue el espíritu ignaciano imbuido por los jesuitas opuestos a tal decisión en nosotros, sus alumnos. Adquisición de conocimientos: “todos los hombres por naturaleza desean saber” (Aristóteles, “Metafísica”, Libro I) y formación del carácter: la práctica de la virtud como medio para alcanzar la felicidad, pues elogiamos “al bueno y a la virtud por sus acciones y sus obras” (“Ética Nicomáquea”, Libro I, 12), méritos que se reconocían a los alumnos de Primaria -nivel que yo estudiaba, cuando se produjo el cierre-, en la ceremonia de conclusión de cursos y la proclamación de dignidades, con la siguiente frase: “para ‘Mayor gloria de Dios’, esplendor de las ciencias y estímulo de la juventud estudiosa, se proclaman los nombres de los alumnos que por su ejemplar conducta, constante aplicación y notable aprovechamiento, se han hecho dignos de tan distinguida honra, justa alabanza y bien merecidos premios…” (Anuario del Instituto Patria 1968, traída a mi memoria por Don Antonio Prida). ¡“In actionecontemplativus”; o, lo que es lo mismo, “contemplativos en la acción”, como San Ignacio quería, según frase de Jerónimo Nadal, S.J. (1507-1580): personas para los demás!
Perdimos nosotros, los alumnos expulsados en contra de nuestra voluntad, y, a la par nuestra, docenas o cientos de generaciones de futuros ciudadanos que ya no gozaron de esa impronta espiritual ignaciana desde temprana edad, lo que hubiera sido para bien no sólo suyo y de sus familias, sino de la patria. Pero, sin lugar a dudas, también perdió la Compañía de Jesús en términos de su presencia e influencia en México, de la formación de líderes políticos, sociales y empresariales, y de la atracción de futuros candidatos para la Orden. Fue, sin cortapisas, una decisión “perder-perder”, un pecado social, pues a la fecha no he conocido una obra de ese calado y proyección sociales que haya venido a sustituir al Patria a la luz de las razones que explicaron pero jamás justificaron su cierre.
Si bien la intervención de origen de los jesuitas en la educación fue más circunstancial que intencional -o, como escribe Luce Giard: “¿habrá que decir providencial?”- una vez tomada esa bandera, la Compañía la volvió parte de su naturaleza (“natura”, en latín), de su ser, modo de ser y razón de ser: “Como Ignacio cuando decidió, ya adulto, hacerse estudiante, todos los fundadores compartían la convicción de que los males contemporáneos, el desorden de las ideas y las costumbres, los conflictos políticos y religiosos reclamaban pastores y élites sociales más instruidos, mejor formados para ejercer las responsabilidades de sus cargos o rango. La educación era, a sus ojos, el medio por excelencia para iluminar las conciencias y templar las voluntades para el servicio del bien común en la fidelidad a Jesucristo y al Pontífice romano” (Orígenes de la enseñanza jesuita, en “Colegios Jesuitas”, Artes de México, No. 58, 2001, págs. 25 y 29). Por lo que hace a tales males y su remedio, ¿qué decir de México y nuestro mundo, en la actualidad

