Por Luis Pereda
La UNAM es una institución extraordinariamente valiosa para miles de mexicanas y mexicanos, y también para el Gobierno aunque no necesariamente por las mismas razones, porque significa, entre otras muchas cosas, cultura, deporte, educación, salud, memoria, investigación, bellas artes, desarrollo, ciencia y con ello la posibilidad de una vida mejor para sus egresados y sus familias.
A la UNAM hay que cuidarla, más ahora que está pasando por una complicada crisis que, como todas las crisis intestinas, ella misma ayudó a tejer por falta de previsión y supervisión. Pero que no haya confusión: aunque es cierto que la UNAM pudo haber hecho las cosas diferentes para evitar el problema en el que está metida, los responsables directos de este son las y los tramposos que decidieron “ganarle” al sistema a través de artilugios y felonías. No normalicemos hacer trampa.
¿Qué comportamiento académico y laboral se puede esperar de los estudiantes de Derecho que hayan obtenido su lugar haciendo trampa? No es difícil imaginar las “justificaciones” para sus acciones fraudulentas. El que no transa no avanza; el fin justifica los medios; todos lo hacen; el primo de un amigo lo hizo y no le pasó nada; si la ministra lo hizo, yo también puedo; es la única forma de pasar el examen. Los videos de jóvenes presumiendo en redes sociales su “hazaña” sirven para documentar que en algunos círculos hacer trampa, lejos de generar vergüenza, es sinónimo de ser “listo”. Desde estacionarse indebidamente en espacios reservados para personas con discapacidad hasta comprar facturas falsas, la trampa está en todos lados. Incluso en el examen de ingreso a la máxima casa de estudios.
El examen de control recomendado por la Comisión Técnica para revisar el Proceso de Ingreso a la Licenciatura 2026-2027/1 de la UNAM no es una medida perfecta (dado el escenario, ninguna lo sería). Representará costos de diversa índole, tanto institucionales como individuales y familiares, pero es una medida útil, razonable y proporcional ante la magnitud de la crisis. La UNAM tomó el toro por los cuernos y no intentó ocultar la dimensión del problema, bien por eso. Es mucho más fácil decirlo que hacerlo (pregúntenle a PEMEX o a CFE, por ejemplo). También ha habido cambios de personal como resultado de esta inédita crisis (la Dirección General de Administración Escolar depende de la Secretaría General). Ojalá sean para el bien de la institución y sus alumnos.
Los carroñeros de la política tampoco en esta ocasión se darán un festín de puma. La UNAM superará esta crisis, no tengo dudas. ¿Y luego qué? ¿Qué medida implementará para combatir el fraude escolar a partir de ahora, particularmente en relación con el uso de la inteligencia artificial (AI, por sus siglas en inglés)? ¿A quién le sirven exámenes, ensayos, trabajos, tesis hechas con AI? ¿Cuál será la política de la UNAM ante el elefante en el cuarto? ¿Cómo enseñar a alumnos cuyo periodo de atención es muy corto (por no hablar de la calidad de su capacidad lectora)? ¿Qué profesores se necesitan con alumnos que creen que ver la pantalla del celular mientras escuchan la clase es el modo de estudio adecuado? ¿Cuáles serán las nuevas dinámicas de clase en las que la AI sabe más que el profesor? ¿Cuáles son los métodos de evaluación adecuados para quien tiene todas las respuestas en una pantalla? ¿Cómo enseñar con profesores que consideran que un gis y el pizarrón son su única herramienta para la enseñanza? La AI plantea un reto para todas las universidades del país, públicas o privadas, pero la decisión que tome la UNAM puede comenzar a señalar el camino.
A esta nueva crisis de la UNAM, todavía le falta trecho y Derecho para terminar. Pero si puede aprender de sus errores y a partir de ahí mejorar procesos, la crisis se convertirá en cosmos.
Mi agradecimiento y reconocimiento a las y los jóvenes que al presentar su examen de ingreso a la UNAM tuvieron un comportamiento ético. No se dejen vencer por la tentación del fraude. México los necesita.
Miembro del Consejo Directivo de la BMA

