Por Rodrigo García
Las imágenes de personas intentando cruzar hacia Ceuta vuelven a ocupar titulares. Con ellas reaparece una idea equivocada: que quien logra entrar ha conseguido, prácticamente, entrar a Europa.
No es así. Para entender por qué exige mirar más allá de la frontera.
España tiene 17 comunidades autónomas y 2 ciudades autónomas, siendo Ceuta una de ellas, estando sitiada en el norte de África. Pero es también una frontera exterior de la Unión Europea y un lugar donde se cruzan el Derecho Internacional, la migración, el espacio Schengen, el Derecho Europeo, la seguridad fronteriza, los derechos humanos y el Derecho Diplomático.
Tampoco estamos ante un fenómeno nuevo y la referencia obligada es mayo de 2021, cuando alrededor de 8 mil personas cruzaron hacia Ceuta en apenas dos días (1,500 de ellas menores de edad). Ocurrió en medio de una grave crisis diplomática entre España y Marruecos relacionada con la hospitalización en territorio español de Brahim Ghali, líder del Frente Polisario.
Aquella crisis dejó una lección que sigue vigente. La migración también puede convertirse en una herramienta de presión entre Estados.
España no protege en Ceuta únicamente su territorio, sino también una frontera exterior de la Unión Europea, en donde convergen control migratorio, seguridad, asilo y derechos humanos.
También conviene aclarar algo que suele perderse entre titulares, pues entrar irregularmente a Ceuta no significa poder trasladarse libremente a Madrid, París o Berlín.
De acuerdo al Código de Fronteras Schengen, Ceuta y Melilla tienen un régimen particular dentro de Schengen, y así, quien pretende viajar desde estas ciudades hacia la España peninsular debe pasar controles documentales en los puntos de salida. Existe, en términos sencillos, un doble filtro, uno en la frontera con Marruecos y otro antes de continuar hacia la península (Schengen). Cruzar irregularmente hacia Ceuta no concede por sí mismo un derecho a permanecer en España ni a circular libremente por Europa.
Pero reducir el problema al control fronterizo sería igualmente equivocado, pues la política migratoria depende cada vez más de la cooperación entre Estados. España necesita de Marruecos para controlar determinadas rutas, combatir las redes de tráfico de personas y gestionar retornos.
Ahí está una de las grandes lecciones de Ceuta, ya que cuando la cooperación funciona, los flujos migratorios pueden gestionarse de manera más ordenada; sin embargo, cuando se deteriora por razones políticas, las consecuencias se sienten inmediatamente en las fronteras, y en medio de esas tensiones se encuentran personas.
La seguridad y derechos humanos tampoco son excluyentes, pues un Estado tiene el derecho y la obligación de controlar sus fronteras, pero debe hacerlo respetando las reglas migratorias, el derecho de asilo y los derechos humanos.
Ceuta es, por ello, mucho más que una frontera entre España y Marruecos. Es una pequeña representación de uno de los grandes desafíos que enfrenta Europa.
Detrás de una frontera hay migración, pero también Derecho, seguridad, diplomacia e intereses geopolíticos. Y mientras olvidemos esa última parte, seguiremos intentando explicar con imágenes de personas cruzando una frontera un fenómeno que, en realidad, comienza mucho antes de que lleguen a ella.
Miembro del Consejo Directivo de la BMA.

