Carlos Corral Serrano
Cuando se habla de urbanismo, la mayoría de las personas imagina grandes avenidas, sistemas de transporte masivo, parques metropolitanos, complejos desarrollos inmobiliarios o proyectos de infraestructura que requieren años de planeación y miles de millones de pesos para concretarse.
Sin embargo, las ciudades más innovadoras del mundo han descubierto que algunas de las transformaciones urbanas más exitosas comienzan con algo mucho más sencillo: una prueba temporal.
A esta forma de intervenir la ciudad se le conoce como Urbanismo Táctico.
El concepto fue desarrollado formalmente durante la primera década del siglo XXI por urbanistas como Mike Lydon y Anthony García, aunque sus principios han existido desde mucho tiempo atrás. Su definición es sencilla pero poderosa: realizar acciones de bajo costo, corto plazo y bajo riesgo que permitan probar soluciones urbanas antes de realizar inversiones permanentes.
En otras palabras, en lugar de gastar millones de pesos para descubrir después que una solución no funciona, el Urbanismo Táctico propone experimentar primero, evaluar resultados y posteriormente tomar decisiones definitivas.
La lógica es simple.
Si una ciudad desea ampliar banquetas, crear una ciclovía, peatonalizar una calle, construir una plaza pública o recuperar un espacio abandonado, ¿por qué no probar primero la idea durante algunas semanas o meses?
Si funciona, se consolida.
Si fracasa, se corrige.
Esta filosofía rompe con una de las prácticas más comunes de la planeación tradicional: asumir que los especialistas siempre tienen la razón desde el escritorio.
El Urbanismo Táctico reconoce que las ciudades son sistemas complejos y que muchas veces la mejor forma de entender cómo reaccionarán las personas es observando su comportamiento en condiciones reales.
Por ello, el Urbanismo Táctico funciona como un laboratorio urbano.
Las intervenciones suelen utilizar materiales temporales, económicos y fácilmente modificables: pintura, macetas, señalización provisional, mobiliario móvil, jardineras, bancas, bolardos o estructuras desmontables. El objetivo no es crear una obra definitiva, sino poner a prueba una idea.
Esta metodología ha dado origen a algunas de las transformaciones urbanas más exitosas de las últimas décadas.
Uno de los casos más emblemáticos ocurrió en Times Square, Nueva York. Antes de convertirse en uno de los espacios peatonales más reconocidos del mundo, la intervención comenzó como un proyecto temporal. Se utilizaron pintura, barreras móviles y cientos de sillas plegables para probar si era posible reducir espacio al automóvil y devolverlo a los peatones. Los resultados fueron tan positivos que posteriormente se realizó la intervención permanente.
Algo similar ocurrió con los llamados parklets en San Francisco. Lo que comenzó como la ocupación temporal de uno o dos cajones de estacionamiento para colocar bancas, vegetación y espacios de convivencia terminó convirtiéndose en una política pública replicada en decenas de ciudades alrededor del mundo.
Existen muchas otras expresiones del Urbanismo Táctico: calles abiertas para peatones y ciclistas, mercados temporales, recuperación de lotes baldíos, huertos urbanos, cruces peatonales experimentales, plazas emergentes, parques móviles, comercio temporal y proyectos comunitarios para revitalizar barrios.
Todas comparten cinco características fundamentales:
Primero, buscan resolver problemas reales de la comunidad.
Segundo, son intervenciones de bajo costo.
Tercero, pueden implementarse rápidamente.
Cuarto, permiten corregir errores sin grandes pérdidas económicas.
Y quinto, fortalecen la participación ciudadana y la construcción de capital social.
Este último aspecto resulta especialmente relevante.
Durante décadas la planeación urbana se desarrolló mediante procesos altamente técnicos donde la ciudadanía participaba únicamente al final, cuando los proyectos ya estaban prácticamente definidos.
El Urbanismo Táctico invierte esa lógica.
Los ciudadanos dejan de ser simples observadores para convertirse en protagonistas de la transformación urbana.
La comunidad participa, prueba, evalúa, propone y contribuye a mejorar los espacios públicos.
Por supuesto, el Urbanismo Táctico no sustituye la planeación urbana formal.
Nadie construiría una línea de metro, una presa o una red de drenaje mediante intervenciones temporales.
Los grandes proyectos siguen requiriendo estudios técnicos rigurosos, planeación financiera y procesos institucionales complejos.
Sin embargo, el Urbanismo Táctico ofrece una herramienta extraordinaria para reducir la distancia entre la planeación y la realidad.
Permite equivocarse barato.
Permite aprender rápido.
Y permite construir consensos antes de comprometer grandes recursos públicos.
Quizá por ello una de las frases más citadas dentro de este movimiento pertenece al urbanista brasileño Jaime Lerner, quien afirmaba que la falta de recursos nunca debe ser una excusa para no actuar. Las ciudades son organismos vivos y esperar a tener todas las respuestas antes de intervenir suele conducir a la parálisis.
México enfrenta enormes desafíos urbanos: movilidad, espacio público, seguridad vial, vivienda, cambio climático, desigualdad territorial y deterioro ambiental.
Muchos de estos problemas requieren grandes inversiones.
Pero otros pueden comenzar a resolverse con acciones mucho más simples.
Porque a veces una banca, una jardinera, una ciclovía temporal o una calle abierta pueden enseñarnos más sobre una ciudad que años enteros de estudios y diagnósticos.
Esa es la esencia del Urbanismo Táctico.
Pequeñas acciones.
Grandes transformaciones.
Es director ejecutivo de la Asociación Mexicana de Urbanistas
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