Por Raúl Villalobos Salas
Las ciudades cambian todos los días. Cambian sus habitantes, su economía, su movilidad, sus formas de producir, de consumir y de habitar el territorio. Sin embargo, la velocidad con la que evolucionan nuestras ciudades contrasta con la lentitud con la que evolucionan las leyes, las normas y los instrumentos que pretenden ordenarlas.
En 1970 México tenía poco más de 48 millones de habitantes; hoy supera los 130 millones. La población urbana pasó de representar poco más de la mitad del país a concentrar más del 80% de los mexicanos. La esperanza de vida aumentó significativamente, la fecundidad descendió por debajo del nivel de reemplazo y el país inició un acelerado proceso de envejecimiento demográfico. Al mismo tiempo, el cambio climático, la revolución digital, el comercio electrónico, la inteligencia artificial, el nearshoring y las nuevas formas de movilidad han transformado profundamente la manera en que funcionan nuestras ciudades.
Sin embargo, buena parte de los instrumentos de planeación territorial continúan respondiendo a un país que ya no existe.
Muchos programas de desarrollo urbano fueron concebidos para ciudades que crecían horizontalmente, para familias numerosas, para una movilidad dominada por el automóvil y para una economía industrial que concentraba el empleo en zonas claramente delimitadas. Hoy enfrentamos una realidad completamente distinta: ciudades que deben reciclar suelo urbano antes que expandirse, población que envejece aceleradamente, vivienda vertical y en condominio, nuevas formas de trabajo, infraestructura digital, soluciones basadas en la naturaleza y una creciente necesidad de construir ciudades resilientes frente al cambio climático.
La planeación urbana ya no puede limitarse a definir usos del suelo o establecer reservas territoriales. Debe anticipar escenarios, gestionar riesgos, incorporar información científica, aprovechar nuevas tecnologías y responder con flexibilidad a una sociedad que cambia con una rapidez sin precedentes.
La ciudad cambió. Cambió la población, cambió la economía, cambió el clima, cambió la tecnología y cambió la forma de habitar. Lo único que parece seguir anclado al siglo pasado es buena parte de nuestra manera de planear las ciudades.
Esta realidad no es exclusiva de México. En prácticamente todo el mundo, los sistemas tradicionales de planeación enfrentan el reto de adaptarse a fenómenos que hace apenas unas décadas parecían impensables: olas de calor cada vez más intensas, inundaciones recurrentes, migraciones climáticas, nuevas formas de movilidad, plataformas digitales, inteligencia artificial y una economía donde el conocimiento pesa más que la proximidad física.
Frente a este escenario, continuar utilizando instrumentos rígidos, concebidos para otra época, significa llegar siempre tarde a los problemas.
La planeación debe dejar de entenderse como un documento que se revisa cada diez o quince años para convertirse en un proceso permanente de observación, evaluación y adaptación. Las ciudades requieren instrumentos vivos, capaces de incorporar evidencia científica, información geoespacial, indicadores urbanos y mecanismos efectivos de participación ciudadana que permitan corregir el rumbo cuando las condiciones cambian.
Pero actualizar los instrumentos no será suficiente si antes no actualizamos nuestra forma de pensar la ciudad.
Seguimos separando rígidamente funciones urbanas cuando el mundo avanza hacia ciudades de proximidad; seguimos privilegiando al automóvil cuando las mejores prácticas internacionales recuperan el espacio para las personas; seguimos impermeabilizando el territorio cuando la infraestructura verde demuestra ser una de las respuestas más eficaces frente al cambio climático; seguimos expandiendo la mancha urbana cuando el verdadero desafío consiste en regenerar y reutilizar la ciudad existente.
El urbanismo del siglo XXI exige abandonar inercias y construir una nueva cultura de la planeación basada en la evidencia, la innovación y la visión de largo plazo. No se trata únicamente de actualizar leyes o reglamentos, sino de comprender que la ciudad es un organismo dinámico cuya transformación nunca se detiene.
Conclusiones
Las ciudades no fracasan porque crezcan. Fracasan cuando continúan gobernándose con instrumentos diseñados para responder a problemas que pertenecen al pasado.
Hoy el desafío ya no consiste únicamente en controlar la expansión urbana. Consiste en construir ciudades capaces de adaptarse a los cambios demográficos, tecnológicos, ambientales y económicos que definirán las próximas décadas.
México necesita actualizar mucho más que sus programas de desarrollo urbano. Necesita renovar la manera en que imagina, planifica y gestiona sus ciudades.
Porque ninguna ciudad puede aspirar a un futuro diferente si continúa planeándose con las ideas del pasado.
Arquitecto. Miembro del Consejo Consultivo Nacional de la Asociación Mexicana de Urbanistas
contacto@amu.org.mx
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