Por Juan L. Kaye López
Los grandes eventos deportivos siempre representan oportunidades para impulsar inversiones, mejorar infraestructura y proyectar la imagen de un país. Sin embargo, las experiencias internacionales demuestran que el verdadero legado comienza cuando termina el último partido. Es entonces cuando las ciudades deciden si el torneo fue únicamente un gran espectáculo o el punto de partida para construir una mejor calidad de vida para sus habitantes.
Barcelona transformó su frente marítimo y regeneró amplios sectores urbanos con motivo de los Juegos Olímpicos de 1992. Londres utilizó los Juegos de 2012 para recuperar el East End y crear nuevos parques, viviendas e infraestructura pública. París aprovechó la justa olímpica de 2024 para consolidar un modelo de ciudad basado en la sostenibilidad, la reutilización de instalaciones y la recuperación del espacio urbano. En todos los casos, el mayor legado no quedó dentro de los estadios; permaneció en la ciudad.
México tiene hoy una oportunidad semejante.
El futbol constituye una de las expresiones culturales con mayor capacidad para construir comunidad. Reúne generaciones, fortalece la identidad de los barrios y convierte al espacio público en un lugar de encuentro. Esa enorme capacidad de convocatoria explica por qué el legado urbano del Mundial debe comenzar mucho antes de llegar a los estadios: en las miles de canchas comunitarias distribuidas por todo el país.
El verdadero futbol mexicano nació en los barrios. Cada fin de semana, cientos de ligas amateur movilizan a familias enteras. Alrededor de una cancha conviven jugadores, entrenadores, árbitros, comerciantes, vecinos y visitantes. Esa actividad fortalece la economía local, activa el espacio público, favorece la convivencia y genera un profundo sentido de pertenencia.
Una cancha bien utilizada produce mucho más que futbolistas; produce comunidad.
Existen ejemplos extraordinarios. En Santa Bárbara, Estado de México, la propia comunidad transformó más de un centenar de parcelas agrícolas en campos de futbol. Hoy ese conjunto deportivo genera una intensa actividad económica durante los fines de semana, atrae visitantes de distintas regiones y convirtió al deporte en el principal elemento de identidad local. Del mismo modo, la historia del futbol mexicano inició en Pachuca, donde los primeros encuentros acompañaron el desarrollo de una ciudad minera que encontró en el deporte un nuevo factor de integración social.
Estas experiencias confirman que las canchas representan una de las infraestructuras urbanas con mayor rentabilidad social. Favorecen la actividad física, fortalecen la salud pública, reducen el sedentarismo, promueven la convivencia intergeneracional y generan entornos más seguros gracias a la presencia constante de personas. También impulsan la economía de proximidad mediante pequeños comercios, servicios y actividades recreativas que encuentran en el deporte un importante motor cotidiano.
Por ello, el Mundial FIFA 2026 representa una oportunidad para impulsar una política nacional de infraestructura deportiva comunitaria. Cada ciudad sede podría comprometerse a dejar un legado equivalente en la recuperación de parques deportivos, canchas de barrio, espacios recreativos y programas de activación física que permanezcan al servicio de la población durante las próximas décadas.
El verdadero estadio del Mundial es la ciudad.
La inversión en infraestructura deportiva de proximidad produce beneficios que trascienden el ámbito recreativo. Mejora la calidad de vida, fortalece la cohesión social, promueve hábitos saludables, recupera el espacio público y ofrece alternativas de convivencia para niñas, niños, jóvenes y personas adultas mayores. En un país que enfrenta importantes desafíos de salud, seguridad y fragmentación social, el deporte puede convertirse en una de las políticas urbanas más eficaces y con mayor impacto comunitario.
Conclusiones
Los mundiales duran unas semanas; las ciudades permanecen durante generaciones.
El legado del Mundial FIFA 2026 debe reflejarse en barrios más activos, espacios públicos mejor aprovechados y una nueva generación de infraestructura deportiva comunitaria que fortalezca la convivencia, la salud y la identidad de nuestras ciudades.
El mejor legado del Mundial no será el estadio que admire el mundo, sino la cancha donde mañana jueguen nuestros hijos.
Es presidente del Asociación Mexicana de Urbanistas
contacto@amu.org.mx

