Por Mónica Healy Hegewisch

Durante mucho tiempo hemos entendido los parques, las plazas y los espacios públicos como infraestructura des tinada al esparcimiento, la recreación o la convivencia social. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar que también constituyen una poderosa infraestructura económica.

La relación parece poco evidente, pero basta observar cualquier parque exitoso para comprenderla. Donde juegan niños, permanecen familias. Donde permanecen familias, florecen cafeterías, pequeños comercios, librerías, restaurantes, mercados, actividades culturales y servicios de proximidad. Lo que inicia como un espacio para el juego infantil termina convirtiéndose en un motor cotidiano de la economía local.

La niñez posee una extraordinaria capacidad para activar la ciudad. A diferencia de otros usuarios del espacio público, los niños casi nunca llegan solos. Lo hacen acompañados por madres, padres, abuelos, hermanos, vecinos o cuidadores. Cada visita multiplica la presencia de personas, prolonga el tiempo de estancia y fortalece la interacción social. Esa permanencia genera consumo, dinamiza los pequeños negocios y mejora la percepción de seguridad.

En urbanismo existe una idea ampliamente aceptada: los espacios públicos más exitosos no son aquellos por donde simplemente se transita, sino aquellos donde las personas desean permanecer. En ese sentido, la infancia representa uno de los principales catalizadores de la llamada economía de la permanencia.

Cuando las personas permanecen más tiempo en un lugar, la ciudad funciona de manera distinta. Se fortalece el comercio de proximidad, aumenta la actividad económica, se incrementa el uso del espacio público y se generan redes de confianza entre vecinos. La presencia constante de personas también favorece la vigilancia natural del entorno y contribuye a reducir la percepción de inseguridad.

Por ello, diseñar ciudades para la infancia no significa únicamente instalar juegos infantiles. Significa construir entornos urbanos donde caminar sea seguro, donde existan árboles que proporcionen sombra, banquetas accesibles, mobiliario confortable, espacios culturales y áreas de convivencia capaces de atraer a distintas generaciones.

Una ciudad que funciona para un niño suele funcionar mejor para todos.

Esta reflexión adquiere una relevancia aún mayor frente a los cambios demográficos que experimenta México. La disminución de la fecundidad y el acelerado envejecimiento de la población podrían llevar a pensar que la demanda de espacios para la infancia disminuirá durante las próximas décadas. Sin embargo, esa conclusión sería equivocada.

Las dinámicas demográficas son mucho más complejas. La movilidad humana, las migraciones internas e internacionales, los efectos del cambio climático y la reconfiguración de las actividades económicas seguirán modificando la composición de nuestras ciudades. Las familias continuarán llegando a nuevos territorios buscando mejores oportunidades, empleo y calidad de vida.

Por ello, invertir en espacios públicos para la infancia no responde únicamente a las necesidades de los niños que hoy habitan nuestras ciudades, sino también a las de quienes las habitarán mañana.

Existe además una ventaja que pocas veces se menciona. Los espacios públicos abiertos constituyen probablemente la infraestructura urbana más flexible de todas. Un parque puede albergar juegos infantiles por la mañana, actividades deportivas por la tarde, mercados temporales durante el fin de semana, eventos culturales por la noche o programas recreativos para personas adultas mayores. Pocas inversiones públicas poseen una capacidad de adaptación tan amplia y un impacto tan transversal sobre la vida urbana.

En este sentido, los parques dejan de ser únicamente infraestructura recreativa para convertirse en auténtica infraestructura económica, social y ambiental. Su capacidad para atraer personas genera beneficios que trascienden el espacio mismo y se reflejan en el comercio local, el turismo urbano, la salud pública, la cohesión social y la calidad de vida.

Las ciudades que han comprendido esta lógica ya no diseñan espacios públicos pensando exclusivamente en la movilidad o en la imagen urbana. Los conciben como ecosistemas donde conviven distintas generaciones y donde la actividad económica surge de manera natural a partir de la permanencia de las personas.

Conclusiones

Con frecuencia los gobiernos miden el éxito de una ciudad por el número de inversiones que atrae, los edificios que construye o la infraestructura que inaugura. Sin embargo, pocas políticas públicas generan tantos beneficios simultáneos como un espacio público bien diseñado y plenamente utilizado.

Invertir en la infancia no representa únicamente una política social. Es una estrategia de desarrollo económico, de salud pública, de seguridad, de integración comunitaria y de resiliencia urbana.

Quizá la mejor forma de evaluar la calidad de una ciudad no sea observando el tamaño de sus rascacielos ni el monto de sus inversiones, sino respondiendo una pregunta mucho más sencilla: ¿cuántos niños pueden jugar libremente en sus parques y cuántas familias desean permanecer en ellos?

Porque cuando una ciudad es capaz de diseñar espacios para la infancia, en realidad está construyendo una ciudad más próspera, más segura y humana para todas las generaciones.

Secretaria General de la Asociación Mexicana de Urbanistas

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