Por Juan L. Kaye López

Cada día, millones de personas recorren nuestras ciudades para llevar a un niño a la escuela, acompañar a un adulto mayor a una consulta médica, trasladar a una persona con discapacidad a un centro de rehabilitación, hacer compras para el hogar o administrar medicamentos. Son desplazamientos indispensables para sostener la vida cotidiana y, sin embargo, permanecen prácticamente invisibles para la planeación urbana.

Durante décadas concebimos la movilidad como el simple traslado entre la vivienda y el trabajo. Sobre esa lógica se diseñaron vialidades, rutas de transporte, horarios, tarifas e incluso la ubicación de buena parte de los equipamientos urbanos. La realidad social del siglo XXI es muy distinta. Hoy, millones de personas realizan recorridos múltiples, cortos y encadenados que responden a una actividad esencial para la sociedad: el cuidado.

En México, 31.7 millones de personas de 15 años y más brindan cuidados a algún integrante de su familia o comunidad. De ellas, 22.5 millones son cuidadoras principales, y cerca de tres de cada cuatro son mujeres. Además de asumir esta responsabilidad, destinan en promedio 38.9 horas semanales al cuidado de otras personas, una carga significativamente mayor que la de los hombres cuidadores.

Estas cifras permiten dimensionar un fenómeno que pocas veces aparece en el debate urbano. La movilidad del cuidado no constituye un problema marginal; representa uno de los mayores desafíos para construir ciudades más equitativas e incluyentes.

Las personas cuidadoras no realizan un solo viaje durante el día. Sus recorridos enlazan distintos destinos: escuela, mercado, farmacia, centro de salud, trabajo, vivienda y nuevamente escuela o consultorio. Son desplazamientos que requieren flexibilidad, accesibilidad y tiempos razonables, características que rara vez ofrecen los sistemas de transporte diseñados para viajes lineales entre casa y empleo.

Las ciudades fueron diseñadas para quien trabaja; hoy necesitan planearse también para quien cuida.

La falta de reconocimiento de esta realidad tiene consecuencias profundas. Cuando el transporte público obliga a realizar múltiples pagos por trayectos cortos, cuando una estación carece de elevadores para trasladar una silla de ruedas, cuando una banqueta impide el paso de una carriola o cuando los servicios públicos se encuentran dispersos por toda la ciudad, el costo del cuidado aumenta. Ese costo se traduce en tiempo, dinero, desgaste físico y oportunidades perdidas.

La Encuesta Nacional para el Sistema de Cuidados confirma que esta situación también limita la movilidad social. En los hogares con menores ingresos, las personas cuidadoras tienen mayores dificultades para acceder a mejores oportunidades educativas y laborales, perpetuando condiciones de pobreza y desigualdad. A ello se suma un mayor riesgo de afectaciones emocionales y de salud mental derivadas de la sobrecarga física y psicológica que implica cuidar sin redes de apoyo suficientes.

Este desafío adquiere una dimensión aún mayor frente al acelerado envejecimiento de la población mexicana. Cada año aumenta el número de personas adultas mayores que requieren distintos niveles de atención y asistencia. Al mismo tiempo, continúan creciendo las necesidades de cuidado de personas con discapacidad y de niñas y niños en los primeros años de vida. La demanda de cuidados dejará de ser una excepción para convertirse en una de las principales funciones que deberán atender nuestras ciudades durante las próximas décadas.

Por ello, la movilidad del cuidado debe incorporarse como un nuevo criterio de planeación urbana. Ya no basta con medir la cantidad de vehículos que circulan por una avenida o el tiempo promedio de traslado al trabajo. También es indispensable comprender cómo se desplazan quienes sostienen diariamente la vida de millones de familias.

Reconocer estos viajes permitirá diseñar sistemas de transporte más eficientes, accesibles y económicamente viables para quienes realizan recorridos múltiples durante el día. También permitirá distribuir de mejor manera guarderías, centros de día para personas mayores, escuelas, clínicas, mercados y otros equipamientos que reducen tiempos de traslado y fortalecen la vida comunitaria.

La movilidad del cuidado no demanda grandes obras de infraestructura; requiere ciudades mejor organizadas. Requiere barrios donde los servicios esenciales se encuentren más próximos, calles accesibles para todas las personas, transporte público seguro y tarifas que reconozcan los viajes encadenados que realizan diariamente millones de cuidadoras y cuidadores.

Una nueva agenda para las ciudades

Reconocer la movilidad del cuidado exige transformar la manera en que concebimos la planeación urbana. La agenda es clara.

Primero, incorporar los viajes del cuidado en las encuestas nacionales de movilidad y en los sistemas de información territorial, para dimensionar un fenómeno que hoy permanece parcialmente invisible.

Segundo, rediseñar las rutas y los sistemas tarifarios del transporte público, considerando recorridos múltiples y encadenados entre escuelas, centros de salud, mercados, viviendas y centros de trabajo.

Tercero, acercar guarderías, centros de día, clínicas, mercados y otros equipamientos básicos a los barrios, reduciendo tiempos y costos de desplazamiento.

Cuarto, garantizar accesibilidad universal en calles, banquetas, estaciones y espacios públicos, permitiendo que niñas, niños, personas con discapacidad y adultos mayores puedan desplazarse con seguridad y autonomía.

Finalmente, incorporar la movilidad del cuidado como un criterio obligatorio en los programas de movilidad, desarrollo urbano y ordenamiento territorial, reconociendo que cuidar también implica desplazarse.

Las ciudades más competitivas no serán las que permitan viajar más rápido. Serán aquellas que hagan más sencillo cuidar de los demás.

Porque una ciudad que facilita el cuidado es una ciudad que cuida de todos.

Presidente del Asociación Mexicana de Urbanistas

contacto@amu.org.mx

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