Mtro. Carlos Corral Serrano

La Ciudad de México no enfrenta una escasez de diagnósticos. En realidad, enfrenta una sobreabundancia de ellos. Durante décadas hemos acumulado estudios, investigaciones, atlas de riesgo, programas sectoriales, diagnósticos ambientales, análisis demográficos, planes urbanos y propuestas técnicas que han documentado con enorme precisión los principales desafíos de la metrópoli. Por ello, conforme avanzan los trabajos para la construcción del Plan General de Desarrollo, surge una pregunta inevitable: si conocemos los problemas desde hace años, ¿por qué seguimos actuando como si apenas estuviéramos descubriéndolos?

Es justo reconocer el esfuerzo que el Instituto de Planeación Democrática y Prospectiva ha realizado para ampliar la participación ciudadana. Los foros temáticos, talleres territoriales, mesas de trabajo, consultas digitales y mecanismos de recepción de propuestas constituyen una parte indispensable de cualquier proceso de planeación democrática. Escuchar a la ciudadanía no sólo es una obligación institucional; también es una condición necesaria para construir legitimidad social y fortalecer la confianza pública en los instrumentos que definirán el futuro de la ciudad.

Sin embargo, precisamente porque la consulta pública es un medio y no un fin, resulta indispensable preguntarse cuál será su contribución real dentro del documento final. La participación ciudadana ayuda a identificar prioridades, visibilizar problemáticas locales y comprender las preocupaciones cotidianas de quienes habitan el territorio. Pero el propósito de un Plan General de Desarrollo no puede agotarse en la recopilación de demandas ciudadanas ni en la validación de un diagnóstico. Su verdadera responsabilidad consiste en transformar ese conocimiento en una visión de futuro capaz de orientar las decisiones públicas durante las próximas décadas.

La cuestión de fondo es que la Ciudad de México ya conoce buena parte de sus problemas estructurales. Sabemos que la disponibilidad de agua será cada vez más limitada. Sabemos que la expansión urbana continúa ejerciendo presión sobre el suelo de conservación. Sabemos que la vivienda asequible resulta insuficiente para amplios sectores de la población. Sabemos que la movilidad metropolitana sigue representando uno de los principales desafíos para la competitividad y la calidad de vida. Sabemos que el cambio climático incrementará la frecuencia e intensidad de fenómenos extremos. Sabemos que persisten profundas desigualdades territoriales en el acceso a servicios, equipamientos e infraestructura.

La evidencia existe. Los estudios existen. Los diagnósticos existen.

Lo que todavía no conocemos es la ruta para resolverlos.

Y ésa debería ser la principal aportación del Plan General de Desarrollo.

Existe una diferencia fundamental entre identificar un problema y construir una solución. La primera tarea corresponde al diagnóstico; la segunda pertenece a la planeación. Durante años hemos demostrado una enorme capacidad para describir las carencias de la ciudad. Lo que aún está pendiente es construir acuerdos duraderos que permitan enfrentarlas más allá de los ciclos políticos y administrativos.

Quizá el mejor ejemplo de esta diferencia sea la transformación demográfica que experimenta actualmente la Ciudad de México. Desde hace años los especialistas vienen advirtiendo que la población envejece aceleradamente. Las tasas de natalidad disminuyen, los hogares son cada vez más pequeños y la proporción de adultos mayores crece de manera sostenida. No se trata de una hipótesis ni de una posibilidad remota. Se trata de una tendencia perfectamente documentada.

Sin embargo, basta revisar buena parte del debate público para advertir que este fenómeno continúa ocupando un lugar secundario frente a las urgencias cotidianas. Es comprensible. Los ciudadanos suelen expresar aquello que afecta directamente su vida diaria: seguridad, agua, transporte, alumbrado, mantenimiento urbano o espacios públicos. Son preocupaciones legítimas y necesarias. Pero difícilmente una consulta pública colocará en el centro de la discusión la necesidad de preparar una ciudad para una población mucho más envejecida dentro de veinte o treinta años.

Y precisamente por eso existe la planeación prospectiva.

La responsabilidad de los instrumentos de largo plazo no consiste únicamente en escuchar lo que la ciudadanía necesita hoy, sino anticipar lo que necesitará mañana. Una ciudad con una proporción creciente de adultos mayores requerirá nuevos sistemas de cuidados, infraestructura de salud especializada, espacios públicos accesibles, vivienda adaptada, transporte universal y políticas específicas para garantizar autonomía y calidad de vida. Ninguna consulta pública puede decidir si la población envejece o no. La evidencia demográfica ya lo hizo. La tarea del Plan General de Desarrollo consiste en preparar a la ciudad para esa realidad.

Lo mismo ocurre con la gestión del agua, la adaptación al cambio climático, la protección del suelo de conservación, la transformación tecnológica del empleo o la gobernanza metropolitana. Son desafíos cuya importancia no depende de cuántas veces aparezcan en una consulta pública. Son temas estratégicos porque condicionarán el futuro de la ciudad independientemente de las preferencias políticas o de las preocupaciones inmediatas de cada generación.

Por ello, la pregunta que hoy debería ocupar el centro de la discusión no es cuántos foros se realizaron ni cuántas opiniones fueron recabadas. La verdadera pregunta es si el documento final será capaz de incorporar los grandes desafíos estructurales que ya conocemos y establecer una ruta clara, verificable y medible para enfrentarlos.

La experiencia internacional demuestra que las ciudades exitosas no son aquellas que producen más diagnósticos. Son aquellas que convierten el conocimiento acumulado en decisiones sostenidas durante décadas. La planeación fracasa cuando se limita a describir los problemas. Tiene éxito cuando construye acuerdos capaces de resolverlos.

La Ciudad de México posee el conocimiento técnico, académico e institucional necesario para hacerlo. Cuenta con universidades, centros de investigación, organismos especializados, colegios profesionales y una ciudadanía cada vez más informada y participativa. Lo que se requiere ahora es inteligencia institucional para integrar ese conocimiento, priorizar los desafíos verdaderamente estratégicos y construir una visión compartida que trascienda administraciones y coyunturas políticas.

Porque la ciudad no necesita volver a descubrir sus problemas.

Necesita decidir cómo resolverlos.

“Las consultas públicas ayudan a identificar prioridades; la planeación estratégica tiene la obligación de transformar ese conocimiento en soluciones de largo plazo.”

Conclusiones

El valor del Plan General de Desarrollo no dependerá del número de diagnósticos elaborados ni de la cantidad de participantes en las consultas públicas. Su verdadero éxito se medirá por su capacidad para convertir décadas de conocimiento acumulado en decisiones concretas que orienten el desarrollo de la Ciudad de México durante las próximas generaciones.

La participación ciudadana es indispensable para legitimar el proceso, pero la evidencia científica y el conocimiento técnico son indispensables para darle dirección. Confundir ambas funciones sería un error que la ciudad no puede permitirse.

La autoridad todavía está a tiempo de demostrar que entiende la diferencia entre consultar para validar y planear para transformar. La primera genera aceptación social; la segunda construye futuro. Y si el Plan General de Desarrollo aspira realmente a convertirse en el instrumento rector de la capital, deberá demostrar que es mucho más que un nuevo diagnóstico: deberá convertirse en la hoja de ruta que permita resolver los problemas que la ciudad conoce desde hace décadas y prepararla para los desafíos que inevitablemente enfrentará durante el próximo siglo.

Porque un diagnóstico describe la realidad. Una visión tiene la capacidad de transformarla.

Es director ejecutivo de la Asociación Mexicana de Urbanistas

contacto@amu.org.mx

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