Por Isabel García

“Hay trayectos urbanos que se sienten más largos de lo que son. No por la distancia, sino por el estrés”

La ciudad ha representado desde sus inicios, mejores condiciones para vivir en sociedad. El entorno construido de la urbe ha facilitado el desarrollo de las actividades humanas. Sin embargo, sus condiciones actuales ponen en duda tal afirmación en términos de bienestar.

Independientemente de las particularidades de las personas - como su género, edad, estado de salud-, todas comparten un mismo entorno, el hábitat urbano. La ciudad, como contenedor de experiencias, influye en las personas a través de sus sentidos, impactándolas de manera consciente e inconsciente. Todos los estímulos del entorno son registrados por el cerebro y generan efectos en el bienestar humano.

O acaso, al comparar cómo te hace sentir caminar por una calle sucia, oscura, maloliente, frente a andar por una calle iluminada, con árboles, flores, limpia y ordenada, no resulta evidente en cuál preferirías transitar.

La razón, puede imaginarse estética de primer momento, de fondo tiene implicaciones científicas. Las características del entorno, como la presencia de naturaleza, son percibidas y asociadas por nuestro cerebro con estados de bienestar y emociones positivas como tranquilidad, relajación, alegría, empatía, creatividad.

No obstante, las condiciones actuales de muchas ciudades -ruido, smog, tráfico, islas de calor, déficit de áreas verdes- configuran entornos hostiles para la vida cotidiana. En este contexto, la ciudad se vuelve un factor estresante para un gran número de personas. Diversos estudios, citados por Elizondo y Rivera (2017), señalan la afectación negativa en la memoria, la concentración y atención, los mayores niveles de estrés crónico y riesgos de trastornos mentales en habitantes de las grandes ciudades.

Ante ello, investigaciones en neurociencias aplicadas al urbanismo, han demostrado los beneficios que tiene las personas ante la presencia del verde urbano (áreas con vegetación o arbolado). Fuentes como Bionity (2022) y Garay (2026) coinciden en que estar en entornos naturales genera cambios medibles y benéficos en el cerebro y el cuerpo. Cuando alguien sale a un espacio lleno de vegetación tiene un impacto positivo disminuye el nivel del estrés, la calma aumenta y la atención se vuelve más estable.

¿Tú qué opinas? si al estar en la naturaleza, o simplemente el algún trayecto arbolado, nuestro andar se hace más placentero, tener sombra, mirar las hojas moverse, incluso escuchar a los animalitos que viven en ellos nos relaja. Quizá no lo notes, pero tu cerebro sí.

Diversos autores (Meza y Moncada,2009; Elizondo y Rivera,2017; Castell,2020) coinciden en que la presencia, contacto directo y regular con la naturaleza, particularmente con árboles, es un factor de alta calidad de vida urbana, que hacen de las urbes lugares placenteros para vivir, trabajar o pasar el tiempo, permiten que el sistema sensorial se relaje, reducen la ansiedad, mejoran los patrones de sueño y renuevan las energías frente al estrés de la ciudad.

En este contexto, el neurourbanismo, como enfoque emergente, aporta nuevas perspectivas para comprender y orientar la construcción de las ciudades; en este sentido, es fundamental que los tomadores de decisiones reconozcan los impactos del entorno en las personas, así como la evidencia científica sobre los beneficios —individuales y colectivos— del contacto con la naturaleza (Castell, 2020); Este desafío adquiere relevancia ante un escenario en el que, hacia 2050, cerca del 70% de la población mundial residirá en entornos urbanos (Elizondo y Rivera, 2017).

En consecuencia, la ciudad no puede entenderse únicamente como un soporte físico de movilidad o permanencia, sino como un mosaico de información emocional que procesamos día con día. El espacio físico no sólo se organiza, sino que simultáneamente configura estados emocionales, condiciones de bienestar y determinantes de salud.

Por ello, se requiere incorporar más verde en lo cotidiano como: calles arboladas, corredores verdes, vegetación visible en trayectos diarios para generar espacios urbanos que disminuyan el estrés, la salud mental y la interacción social.

El verde urbano debe reconocerse como una infraestructura de bienestar humano. Porque un árbol no sólo da sombra, da ánimo, da vida y da paz…

Es Asociada de Numero de la Asociación Mexicana de Urbanistas,

isabelgarciaglz@gmail.com

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