Por Juan L. Kaye López

En una época donde las ciudades compiten por construir el edificio más alto, el museo más llamativo o la obra pública más fotografiada, resulta revelador observar hacia dónde apunta la arquitectura que hoy reconoce el Premio Pritzker, considerado el Nobel de la Arquitectura.

La ceremonia de entrega del Premio Pritzker 2026 tuvo lugar en el Castillo de Chapultepec, convirtiendo a la Ciudad de México en la capital mundial de la arquitectura por una noche. El galardonado fue el arquitecto chileno Smiljan Radić Clarke, quien se sumó a una lista de figuras que en los últimos años han redefinido la manera de entender la relación entre arquitectura, sociedad y territorio.

Sin embargo, la noticia más importante no fue la ceremonia ni el lugar donde se realizó.

La verdadera noticia fue el mensaje que envía el jurado del premio más importante del mundo: la arquitectura contemporánea ya no está premiando únicamente la espectacularidad formal ni la monumentalidad de las obras. Está reconociendo proyectos capaces de construir comunidad, fortalecer identidades culturales, responder al clima, utilizar inteligentemente los recursos disponibles y generar experiencias humanas significativas.

Basta observar a los tres últimos ganadores.

Francis Kéré, ganador en 2022, desarrolló una arquitectura basada en la participación comunitaria, el uso de materiales locales y la apropiación social de los espacios. Liu Jiakun, ganador en 2025, ha construido una obra profundamente vinculada a la cultura, la memoria y la vida cotidiana de las comunidades chinas. Ahora Smiljan Radić recibe el reconocimiento por una arquitectura que privilegia la emoción, la experiencia y la memoria sobre la permanencia material.

Los tres provienen de continentes distintos. Los tres trabajan en contextos económicos, culturales y políticos completamente diferentes. Sin embargo, comparten una misma convicción: la arquitectura existe para servir a las personas.

Esta coincidencia no es casual.

Durante gran parte del siglo XX, la discusión arquitectónica estuvo dominada por los grandes estilos, las innovaciones tecnológicas y las figuras estelares capaces de transformar ciudades enteras mediante edificios icónicos. Muchas de esas obras son hoy referentes universales y forman parte del patrimonio cultural de la humanidad.

Pero el siglo XXI ha comenzado a plantear preguntas distintas.

¿Cómo construir ciudades más humanas?

¿Cómo reducir el impacto ambiental de los edificios?

¿Cómo fortalecer la cohesión social?

¿Cómo recuperar el sentido de comunidad en entornos cada vez más fragmentados?

¿Cómo responder a la crisis climática?

¿Cómo preservar la identidad cultural frente a la homogeneización global?

Las respuestas a estas preguntas explican buena parte de las decisiones recientes del jurado Pritzker.

La arquitectura que hoy se premia es aquella capaz de dialogar con el territorio, comprender la cultura local y mejorar la calidad de vida de las personas.

En otras palabras, la arquitectura está regresando a sus fundamentos.

Y quizá ahí se encuentra una de las lecciones más importantes para México.

Durante décadas hemos privilegiado la obra emblemática sobre la construcción de ciudad. Hemos discutido más sobre edificios aislados que sobre espacios públicos; más sobre formas que sobre funciones; más sobre imágenes que sobre comunidades.

Mientras tanto, nuestras ciudades enfrentan problemas cada vez más complejos: desigualdad territorial, déficit de espacio público, movilidad deficiente, segregación urbana, expansión descontrolada, vulnerabilidad climática y pérdida de identidad local.

Frente a estos desafíos, la arquitectura no puede limitarse a producir objetos bellos.

Debe convertirse en una herramienta para construir ciudadanía.

Resulta significativo que Smiljan Radić haya reconocido la influencia de Luis Barragán en su formación profesional. No se trata únicamente de una referencia estética. Barragán entendió que la arquitectura debía ser capaz de producir emociones, generar silencio, provocar reflexión y construir memoria. Esa misma preocupación aparece hoy en la obra de Radić, de Kéré y de Liu Jiakun.

La coincidencia no es menor.

Los tres arquitectos entienden que la arquitectura trasciende la construcción de edificios. Su trabajo habla de identidad, pertenencia, comunidad, cultura y territorio.

Habla, en esencia, de ciudad.

Por ello, la realización de la ceremonia del Premio Pritzker en Chapultepec tiene un significado que va más allá de lo simbólico. Representa una oportunidad para reflexionar sobre el modelo de desarrollo urbano que estamos construyendo y sobre el papel que la arquitectura puede desempeñar en la transformación de nuestras comunidades.

En una época dominada por la inmediatez y el espectáculo, el mensaje de los últimos premios Pritzker parece sorprendentemente sencillo: los mejores edificios no son necesariamente los más costosos, los más altos o los más complejos.

Son aquellos capaces de mejorar la vida de las personas.

Como afirmó Francis Kéré, "la falta de recursos nunca justifica la mediocridad". La frase aplica tanto a la arquitectura como a nuestras ciudades. Porque las ciudades del futuro no dependerán únicamente de cuánto construyamos, sino de para quién construimos y con qué propósito lo hacemos.

Presidente de la Asociación Mexicana de Urbanistas

contacto@amu.org.mx

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