Por Carlos Corral Serrano

Durante décadas, la discusión urbana ha estado dominada por las grandes metrópolis. Hablamos de Ciudad de México, Monterrey, Guadalajara, São Paulo, Buenos Aires o Bogotá como si el futuro de nuestros países dependiera exclusivamente de ellas. Sin embargo, detrás de esas grandes concentraciones urbanas existe una red mucho más amplia y estratégica de ciudades que sostienen el funcionamiento cotidiano de los territorios: las ciudades intermedias.

Paradójicamente, aunque albergan a una proporción muy significativa de la población urbana y cumplen funciones esenciales para la cohesión territorial, suelen ocupar un lugar secundario en las políticas públicas, en la asignación de recursos y en la planeación nacional. El resultado es que muchos países continúan apostando por modelos excesivamente centralizados que concentran población, inversión y oportunidades en unas cuantas áreas metropolitanas, mientras debilitan la red territorial que verdaderamente articula el país.

Las ciudades intermedias constituyen mucho más que un punto medio entre una gran metrópoli y una pequeña localidad. Son, en realidad, espacios estratégicos de intermediación económica, social, institucional y territorial. Su principal función no es su tamaño, sino su capacidad para conectar escalas: vinculan comunidades rurales con mercados regionales, acercan servicios especializados a amplias zonas del territorio y actúan como puentes entre la economía local y los sistemas nacionales y globales.

Más que una cuestión de tamaño

Tradicionalmente se ha intentado definir a las ciudades intermedias a partir de rangos poblacionales. Sin embargo, esa aproximación resulta insuficiente. Una ciudad de 100 mil habitantes puede desempeñar un papel estratégico mucho más importante que otra de medio millón si concentra funciones administrativas, educativas, sanitarias, logísticas o productivas para una región extensa.

Lo que distingue a una ciudad intermedia es su capacidad de influencia territorial. Son centros que proporcionan servicios especializados, empleo, educación superior, atención médica, comercio y equipamientos a una población que muchas veces supera ampliamente la de sus propios habitantes. Estudios internacionales muestran que la población vinculada funcionalmente a estas ciudades puede llegar a representar entre una vez y media y hasta tres veces su población residente.

Por ello, ciudades como Mérida, Aguascalientes, Saltillo, Querétaro, León, San Luis Potosí, Chihuahua, Colima, Tepic, Villahermosa, La Paz o Campeche no sólo deben entenderse como municipios aislados, sino como auténticos nodos de articulación territorial cuya influencia se extiende sobre regiones completas.

Las ciudades intermedias no son la periferia de las metrópolis; son el centro funcional de amplios territorios.

El equilibrio territorial que México necesita

Uno de los mayores desafíos del siglo XXI es enfrentar la creciente concentración demográfica y económica en unas cuantas metrópolis. Este fenómeno genera problemas cada vez más complejos: expansión urbana descontrolada, congestión, contaminación, incremento de los costos de vivienda, pérdida de competitividad y deterioro de la calidad de vida.

Frente a esta realidad, las ciudades intermedias representan una alternativa estratégica para alcanzar un desarrollo territorial más equilibrado.

Cuando una red de ciudades intermedias funciona adecuadamente, distribuye oportunidades económicas, acerca servicios a la población, reduce desplazamientos innecesarios y evita que millones de personas tengan que migrar hacia las grandes metrópolis para satisfacer necesidades básicas. De esta manera, contribuyen a disminuir presiones sobre las ciudades mayores y fortalecen la cohesión regional.

No es casualidad que muchos de los países con mayores niveles de desarrollo territorial cuenten con sistemas policéntricos sustentados precisamente en una sólida red de ciudades intermedias.

En México, uno de los impulsores más consistentes de esta visión fue el Arq. Sergio Adem Argueta, cuya trayectoria profesional estuvo estrechamente vinculada a la planeación urbana, la vivienda y el desarrollo territorial. A siete meses de su lamentable partida, resulta oportuno recordar su permanente convicción de que el futuro del país no dependía únicamente de las grandes metrópolis, sino también del fortalecimiento de las ciudades intermedias capaces de articular regiones, acercar oportunidades y construir un desarrollo territorial más equilibrado. Su legado permanece vigente en un momento en que México debe replantear la manera en que distribuye población, infraestructura e inversión a lo largo de su territorio.

Escala humana y calidad de vida

Una de las principales fortalezas de las ciudades intermedias es su escala.

A diferencia de las grandes metrópolis, suelen conservar estructuras urbanas más compactas, recorridos más cortos, mayores posibilidades de movilidad peatonal y una relación más cercana entre ciudadanía, gobierno y territorio. Estas características favorecen una gestión más eficiente y una mayor apropiación social del espacio urbano.

Su tamaño permite que la población identifique con claridad sus espacios públicos, sus monumentos, su patrimonio histórico y sus símbolos urbanos. La identidad colectiva suele ser más fuerte y visible que en muchas grandes aglomeraciones urbanas, donde la complejidad territorial dificulta la construcción de una visión compartida de ciudad.

Por supuesto, la calidad de vida no depende únicamente del tamaño. También requiere vivienda adecuada, servicios eficientes, equipamientos, infraestructura, espacios públicos y oportunidades económicas. Pero la escala intermedia ofrece condiciones particularmente favorables para construir ciudades más habitables y cercanas a las personas.

Laboratorios para la innovación urbana

Otra característica poco reconocida es que las ciudades intermedias constituyen auténticos laboratorios de innovación territorial.

Su dimensión permite identificar con mayor claridad los problemas urbanos, facilita la participación ciudadana y genera mejores condiciones para implementar soluciones innovadoras. La proximidad entre autoridades, actores económicos, instituciones académicas y ciudadanía favorece procesos de gobernanza más efectivos y colaborativos.

En un contexto global marcado por el cambio climático, la transición energética, la digitalización y las transformaciones demográficas, estas ciudades tienen la posibilidad de convertirse en espacios privilegiados para experimentar nuevas formas de movilidad, vivienda, gestión del agua, economía circular y desarrollo sostenible.

Además, por su posición territorial, poseen una ventaja estratégica: pueden traducir los grandes desafíos globales en soluciones concretas a escala local. Como señala el Programa Internacional UIA-CIMES, las ciudades intermedias constituyen escenarios idóneos para resolver localmente problemas de alcance global.

El reto de México hacia 2050

México enfrenta una oportunidad histórica.

La relocalización industrial asociada al nearshoring, la consolidación de nuevos corredores logísticos, el desarrollo de infraestructura estratégica y la transición demográfica obligan a replantear el modelo territorial del país.

Si las inversiones continúan concentrándose únicamente en las grandes áreas metropolitanas, los desequilibrios existentes se profundizarán. Pero si se fortalece una red nacional de ciudades intermedias mediante infraestructura, conectividad, educación superior, innovación, vivienda y planeación territorial, México podrá construir un modelo de desarrollo mucho más competitivo, resiliente e incluyente.

El futuro del país no depende únicamente de sus grandes metrópolis. Depende también de aquellas ciudades que conectan regiones, acercan oportunidades y articulan territorios.

Conclusiones

Las ciudades intermedias son mucho más que una categoría estadística. Son la columna vertebral del territorio nacional. Son los espacios donde convergen los flujos económicos, sociales y culturales de millones de personas; donde se conectan el campo y la ciudad, lo local y lo global, la producción y los servicios.

Durante décadas hemos planeado como si el desarrollo dependiera exclusivamente de las grandes metrópolis. Hoy la evidencia demuestra que ningún país puede alcanzar un equilibrio territorial sostenible sin una red sólida de ciudades intermedias.

México necesita dejar de verlas como ciudades de segundo orden y comenzar a reconocerlas como lo que realmente son: los nodos estratégicos que sostienen la cohesión territorial impulsan el desarrollo regional y pueden construir el país equilibrado que todavía estamos a tiempo de imaginar para 2050.

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