Por María Emilia Molina de la Puente

Las declaraciones del Secretario de Educación Pública, Mario Delgado, sobre las escuelas y el calendario escolar abrieron una discusión mucho más profunda que la duración de las vacaciones o el impacto del Mundial de futbol. Obligaron -quizá sin quererlo- a preguntarnos algo esencial: ¿para qué existen realmente las escuelas?

Porque cuando el secretario afirmó que las escuelas no deben convertirse en “estancias forzadas” ni en espacios de “resguardo por conveniencia del mercado”, tocó una tensión real que México lleva años evitando discutir seriamente.

Tiene razón en algo fundamental: la escuela no debería reducirse a una guardería masiva donde niñas y niños permanecen mientras las personas adultas trabajan. Pensar así empobrece totalmente el sentido pedagógico de la educación y degrada también la dignidad docente. Una escuela no puede existir únicamente para cumplir horarios laborales de un sistema económico incapaz de construir verdaderas políticas de cuidados.

Pero el problema aparece cuando esa afirmación se formula sin comprender -o sin reconocer suficientemente- todo lo que una escuela sí representa en la realidad mexicana.

Porque las escuelas son mucho más que aulas donde se transmiten contenidos académicos. Y precisamente por eso no pueden analizarse únicamente desde una lógica administrativa o burocrática.

El filósofo y pedagogo estadounidense John Dewey sostenía que la educación no era preparación para la vida futura, sino “la vida misma”. La escuela, decía, es el espacio donde una sociedad aprende a convivir democráticamente.

Eso significa que la escuela no sólo enseña matemáticas o gramática. Enseña convivencia. Enseña ciudadanía. Enseña límites, empatía, diálogo, cooperación, resolución de conflictos y pertenencia comunitaria.

Y en un país tan desigual y violento como México, esa función social resulta indispensable.

Porque para millones de niñas y niños mexicanos la escuela representa el lugar más seguro de su día.

Ahí reciben alimentos. Ahí hay adultos capaces de detectar violencia intrafamiliar, abandono o abuso. Ahí encuentran rutinas, estabilidad emocional y vínculos afectivos. Ahí pueden convivir con otras realidades distintas a la propia. La UNICEF ha insistido reiteradamente en que las escuelas son espacios esenciales para el desarrollo integral y socioemocional de la infancia, particularmente en contextos de vulnerabilidad y desigualdad.

Y México es precisamente eso: un país profundamente desigual.

Por eso el debate no puede simplificarse entre quienes creen que “la escuela sólo sirve para cuidar niños” y quienes defienden mecánicamente mantener aulas abiertas sin contenido pedagógico real.

La verdadera discusión debería ser otra: ¿qué tipo de experiencia escolar estamos construyendo?

Porque si, como señaló el secretario, después de ciertas fechas muchas escuelas entran en una “inercia” administrativa sin objetivos pedagógicos claros, entonces el problema no es que las escuelas permanezcan abiertas. El problema es haber vaciado de sentido pedagógico ese tiempo escolar.

Y eso es gravísimo.

Porque una escuela con propósito nunca sobra.

Sobran, en cambio, sistemas educativos incapaces de aprovechar el tiempo escolar para actividades culturales, deportivas, artísticas, comunitarias o de acompañamiento emocional. Sobran estructuras burocráticas que convierten la educación en cumplimiento administrativo. Sobran políticas públicas improvisadas que reaccionan más a coyunturas políticas o logísticas que a proyectos pedagógicos sólidos.

El pedagogo brasileño Paulo Freire advertía que educar no consistía en “depositar” información en estudiantes pasivos, sino en formar personas críticas capaces de comprender y transformar el mundo.

Eso implica entender que la educación sucede también fuera del libro de texto.

Sucede cuando una niña descubre que tiene talento artístico. Cuando un adolescente participa en un debate. Cuando alguien encuentra en la escuela el único espacio donde puede hablar sin miedo. Cuando se construyen amistades, identidad y comunidad.

Incluso los recuerdos colectivos más importantes suelen nacer ahí.

Quienes vivimos el Mundial de 1986 recordamos partidos vistos en salones, conversaciones en recreos, amistades fortalecidas alrededor de esos momentos compartidos. La escuela también crea memoria colectiva y tejido social. Y privar a niñas, niños y adolescentes de esos espacios comunes tiene consecuencias que ningún calendario administrativo alcanza a medir.

Además, las declaraciones recientes dejaron ver otra realidad incómoda: México sigue sin construir un verdadero Sistema Nacional de Cuidados.

Y ahí también es importante hacer una precisión de fondo. Resulta incorrecto trasladar la discusión únicamente hacia los empleadores o responsabilizar exclusivamente al mercado laboral de resolver el cuidado de niñas, niños y adolescentes durante los periodos vacacionales o fuera del horario escolar.

Porque el cuidado no es sólo un asunto privado ni empresarial. Es, ante todo, una responsabilidad pública y estructural del Estado.

Reducir el problema a si las empresas “dan permisos” o flexibilizan horarios invisibiliza algo mucho más profundo: millones de mujeres mexicanas ni siquiera tienen acceso a trabajos formales donde puedan exigir esos derechos.

Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), más de la mitad de las mujeres ocupadas en México trabajan en la informalidad, muchas de ellas sin seguridad social, horarios regulados, licencias, prestaciones o redes institucionales de apoyo. Y son precisamente las mujeres quienes realizan la enorme mayoría del trabajo de cuidados no remunerado en el país.

Es decir: cuando se habla de quién cuidará a las infancias fuera de la escuela, la conversación no puede pensarse desde la lógica de oficinas corporativas con esquemas híbridos de trabajo. La realidad mexicana está marcada por mujeres que venden en el comercio informal, trabajan por jornada, limpian casas, atienden pequeños negocios, trabajan sin contratos o sobreviven día a día sin posibilidad real de “conciliar” horarios.

Y ahí aparece nuevamente la enorme deuda del Estado mexicano.

Porque un verdadero sistema de cuidados implicaría estancias infantiles suficientes, escuelas de tiempo completo, comedores escolares, espacios culturales y deportivos accesibles, redes comunitarias, atención para personas adultas mayores y políticas públicas integrales que permitan redistribuir el cuidado y no seguir depositándolo casi exclusivamente sobre las mujeres.

La paradoja es brutal: se reconoce que las escuelas no deben convertirse únicamente en espacios de resguardo, pero al mismo tiempo el Estado no construye alternativas públicas suficientes para sostener el cuidado colectivo.

Y mientras eso no ocurra, la carga seguirá cayendo desproporcionadamente sobre las mujeres más vulnerables, particularmente sobre aquellas que viven en condiciones de informalidad, precariedad y ausencia absoluta de protección social.

Porque una escuela pública no es únicamente un servicio educativo. Es una institución democrática. Uno de los últimos espacios verdaderamente comunes que sobreviven en sociedades fragmentadas.

Ahí conviven personas de distintos contextos sociales, económicos, culturales e ideológicos. Ahí se aprende -o debería aprenderse- que el otro también importa. Que coexistir exige reglas, respeto y comunidad.

Por eso preocupa tanto que el debate educativo mexicano se reduzca cada vez más a calendarios, rankings, pruebas estandarizadas o coyunturas políticas.

La discusión de fondo debería ser mucho más ambiciosa.

No preguntarnos solamente cuántos días deben durar las clases. Sino qué queremos que ocurra dentro de ellas.

Finalmente, el calendario escolar no fue modificado. Pero la discusión pública que se abrió alrededor de las declaraciones del secretario dejó expuesta una conversación mucho más importante y mucho más incómoda: seguimos sin entender plenamente qué representa una escuela en un país como México.

Porque reducir su función a días efectivos de clase o a una falsa dicotomía entre enseñanza y cuidados implica ignorar que las escuelas sostienen mucho más que procesos académicos. Sostienen comunidad, protección social, convivencia democrática y, para millones de niñas y niños, una parte esencial de su posibilidad de futuro.

Porque si la escuela deja de ser espacio de comunidad, pensamiento crítico, convivencia y construcción democrática, entonces sí corre el riesgo de convertirse únicamente en una bodega temporal de niñas y niños.

Y México no necesita menos escuela.

Necesita escuelas mucho mejores. Más humanas. Más vivas. Más comunitarias. Más críticas. Más seguras. Más capaces de formar ciudadanía y no sólo personas funcionales para el mercado o para la estadística gubernamental.

Porque educar nunca ha sido solamente enseñar materias.

Educar es también enseñar a vivir con otros.

Doctora en Derecho y Magistrada de Circuito en retiro.

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