Por: Arq. Pablo Lazo Elizondo, Profesor de Urbanismo, Universidad Iberoamericana
Hace tres meses, las autoridades de la Ciudad de México presentaron su estrategia para enfrentar las inundaciones durante la temporada de lluvias. El anuncio llegó tarde porque las lluvias atípicas comenzaron desde abril y, además, evidenció la falta de información pública que permita evaluar si las acciones propuestas serán suficientes para reducir los daños. El problema de fondo es aún mayor: incluso si las obras logran mitigar parte de las afectaciones inmediatas, la ciudad seguirá enfrentando inundaciones cada vez más severas si no cambia el enfoque con el que gestiona el agua de lluvia y si no acompaña ese cambio con una inversión sostenida en infraestructura durante la próxima década.
El llamado Operativo Tlaloque 2.0 contempla tres líneas de acción: obras de drenaje, limpieza y desazolve de la red de alcantarillado, y modernización de la infraestructura hidráulica, principalmente plantas de bombeo y pozos de infiltración. Para ello se anunció una inversión de 3,600 millones de pesos.
Lo que el anuncio no explicó es que estas acciones representan, en buena medida, el mantenimiento mínimo que requiere el sistema de drenaje para operar adecuadamente durante una temporada de lluvias convencional. Sin embargo, las condiciones climáticas actuales ya no pueden considerarse normales. Diversos especialistas de la UNAM y organismos meteorológicos han advertido que México enfrenta eventos de precipitación cada vez más intensos como consecuencia de la variabilidad climática y del cambio climático. Los datos recientes confirman esa tendencia. De acuerdo con registros oficiales, mayo presentó precipitaciones superiores a las observadas el año anterior y junio se ubicó entre los meses más lluviosos de los últimos años. Este escenario incrementa la presión sobre una infraestructura hidráulica diseñada bajo condiciones climáticas muy distintas a las actuales.
A ello se suma el enorme costo de mantener en operación el sistema de drenaje profundo. Según la Comisión Nacional del Agua (CONAGUA), el mantenimiento del Emisor Central y del Gran Canal requiere inversiones cercanas a los 900 millones de pesos. Sin embargo, el verdadero desafío no es únicamente conservar la infraestructura existente, sino prepararla para condiciones hidrometeorológicas más extremas.
Si durante julio, agosto y septiembre continúan registrándose lluvias por encima del promedio histórico, es previsible que aumenten los encharcamientos e inundaciones que afectan la movilidad, la actividad económica y la seguridad de la población en los más de 300 puntos criticos. La magnitud de estos impactos dependerá de la intensidad y duración de las lluvias, así como de la capacidad de respuesta del sistema hidráulico.
Las lluvias extraordinarias también tienen efectos menos visibles pero igualmente críticos en el mediano plazo. El incremento en la humedad del subsuelo modifica las condiciones de estabilidad de los árboles, acelera procesos de saturación del terreno y altera el comportamiento del nivel freático, particularmente en la zona oriente del Valle de México. Estas condiciones pueden reducir la eficiencia del sistema de drenaje y aumentar la vulnerabilidad de diversas colonias frente a inundaciones prolongadas.
Frente a este panorama, el gran reto no consiste únicamente en evacuar el agua con mayor rapidez. Esa estrategia suele trasladar el problema aguas abajo sin resolver su origen. La prioridad debe ser reducir la velocidad con la que el agua escurre desde las zonas altas, donde la pendiente hace que el agua baje con mucha velocidad hacia la parte baja de la cuenca, permitiendo que el sistema hidráulico opere dentro de su capacidad.
Los 16 ríos que descienden de las laderas del poniente de la ciudad representan una oportunidad para replantear esta estrategia. Un programa de infraestructura verde a escala de cuenca permitiría retener temporalmente parte de los grandes volúmenes de escurrimiento mediante humedales, áreas de infiltración, pequeñas presas de regulación, gaviones y otras soluciones basadas en la naturaleza. De esta manera, disminuirían los picos de caudal que hoy saturan puntos críticos como Mixcoac, Viaducto, Churubusco, Periférico Sur y Periférico Norte.
Pensar en una red de "utopías hídricas" como proyectos urbanos donde las soluciones basadas en la naturaleza hagan una labor bisagra para calmar los caudales y al mismo tiempo generar espacios abiertos para la biodiversidad, distribuidas en las distintas cuencas del poniente de la ciudad permitiría combinar infraestructura gris con infraestructura natural para regular los flujos de agua antes de que lleguen a la zona plana del Valle de México, donde el desalojo es mucho más lento. Este enfoque no eliminará las inundaciones, pero sí puede reducir significativamente su frecuencia, duración e impacto.
La Ciudad de México necesita dejar de administrar las emergencias para comenzar a gestionar el riesgo. Adaptarse a un clima cada vez más extremo exige una visión de largo plazo, inversiones sostenidas y una estrategia integral de manejo hídrico resiliente que coloque a la naturaleza como parte de la solución y no únicamente al drenaje y el desazolve como la última línea de defensa.

