Por Socorro Eugenia Quijano Villanueva
Hay crisis que se ven y crisis que se sienten.
Las primeras ocupan portadas: homicidios, corrupción, impunidad, inflación, polarización política. Las segundas rara vez aparecen en las estadísticas, pero terminan siendo más peligrosas porque actúan en silencio. Una de ellas se está instalando en la vida pública mexicana con una velocidad alarmante: la resignación.
No es el enojo. No es la indignación. Mucho menos la protesta. La resignación es algo más profundo. Es el momento en que una sociedad deja de creer que las cosas pueden cambiar.
Se manifiesta en frases cotidianas que repetimos sin pensar: “así es México”, “todos los políticos son iguales”, “no vale la pena esforzarse”, “nada va a mejorar”. Son expresiones aparentemente inocentes, pero detrás de ellas se esconde una renuncia colectiva a la posibilidad de transformar la realidad.
Quizá por eso la resignación resulta más peligrosa que la propia crisis. La violencia provoca rechazo. La corrupción genera escándalo. La injusticia produce rabia. Pero la resignación anestesia. Nos acostumbra. Nos enseña a convivir con aquello que antes nos parecía intolerable.
Vivimos en la época de la hiperconexión y, paradójicamente, del agotamiento emocional. Cada día recibimos una avalancha de malas noticias. Conocemos tragedias locales y globales en tiempo real. Sabemos más que ninguna generación anterior sobre los problemas del mundo, pero esa misma exposición permanente parece haber debilitado nuestra capacidad de imaginar soluciones.
Cuando todo parece estar mal, el riesgo no es la desesperación. El verdadero riesgo es la indiferencia.
Por eso resulta llamativo que una idea aparentemente sencilla, formulada hace décadas por san Josemaría Escrivá, tenga hoy una vigencia inesperada. Su propuesta no consistía en esperar que llegaran tiempos mejores. Consistía en construirlos desde la vida ordinaria.
En una cultura obsesionada con los cambios estructurales, las grandes reformas y las transformaciones inmediatas, Escrivá apuntaba hacia un lugar menos espectacular pero más decisivo: la responsabilidad personal. Trabajar mejor. Cumplir la palabra dada. Educar con coherencia. Servir a los demás. Empezar de nuevo después del fracaso.
Puede parecer insuficiente frente a los enormes desafíos nacionales. Sin embargo, toda sociedad termina siendo el reflejo de los hábitos de millones de personas. Ninguna institución es más fuerte que la calidad moral de quienes la integran.
La esperanza, entonces, deja de ser un sentimiento y se convierte en una decisión.
México necesita políticas públicas eficaces, instituciones sólidas y crecimiento económico. Pero también necesita ciudadanos que se resistan a aceptar la derrota como destino. Porque los países no comienzan a deteriorarse cuando aparecen sus problemas. Comienzan a deteriorarse cuando sus habitantes dejan de creer que vale la pena resolverlos.
La pregunta más importante de nuestro tiempo no es si las circunstancias cambiarán. La pregunta es si todavía conservamos la voluntad de cambiarlas.
Y esa respuesta, para bien o para mal, sigue dependiendo de cada uno de nosotros.
Licenciada en Derecho, con especialidades en Filosofía Social y Política y en Comunicación y Dinámica Social.

