Mauricio Volpi

Viendo los videos que han circulado en diversas redes sociales, en los que algunas divisiones del Ejército, Marina y Fuerza Aérea de Noruega hacen el ademán del remo apoyando a su selección, me hace recordar la alegría que teníamos, apenas unos días atrás, en nuestro país. La frase que traía a todos locos: ¿y si sí? Esa pregunta no era solo futbolera: era la señal de que México todavía puede reconocerse unido alrededor de una esperanza compartida.

Recordar ese ambiente, en lo personal, me genera mucha tranquilidad. Se sentía un ánimo que hace muchos años no teníamos en nuestra sociedad. La selección, con la victoria ante Ecuador, hizo lo que ningún político, partido político u organización civil ha podido lograr, incluyendo al presidente más querido: reunir, sin organización de grupos ni logística de acarreados, a UN MILLÓN CUATROCIENTAS MIL personas para festejar. La victoria de la selección sí lo hizo.

Ese ánimo se permeó en toda la sociedad: niñas y niños, abuelas y abuelos, personas que no ven el futbol; todos querían que México ganara. Y aquí pongo México, no la selección, un matiz importante: en ese momento ya no eran 11 los que jugaban, era una nación que veía la esperanza de que algo inverosímil se podía lograr.

La fuerza de esa ilusión se entiende mejor cuando se contrasta con el país que la recibió. Nos encontramos en un México donde la economía no crece, donde lo único que sube en las estadísticas son los desaparecidos, con un clima político desgastante; un país donde a una secretaria le preocupa más quién trajo a los familiares de los desaparecidos a manifestarse que buscar la empatía ante la tragedia que viven. México está triste y, aunque todavía conserva la tranquilidad que dejó el buen papel de esos chamacos que nos hicieron soñar, esa magia pronto se acabará.

No es poca cosa esa ilusión: es justamente lo que México necesita. Aunque ya sabemos que no hay triunfo y el mundial se acabó, este país merece tener felicidad, esa que se vivió en las calles y en las conversaciones. La necesitamos para darle la vuelta al país y unirnos. México requiere un cambio de ánimo.

Ese cambio de ánimo no ocurre solo por decreto; también necesita gestos simbólicos que le digan a la gente que sus dirigentes comparten la misma ilusión. En 2010, España se encontraba en una de sus peores crisis económicas: los jóvenes salían de la universidad directo “al paro”. Dentro de ese ambiente de desesperanza, la Casa Real decidió volcarse en apoyar a los deportistas españoles. Una de las apariciones que llamó la atención de varios titulares fue cuando la Reina Sofía visitó a la selección de España en sus vestidores después de su victoria contra Alemania en semifinales de la Copa del Mundo en Sudáfrica 2010. Los agarró desprevenidos, incluso algunos en toalla; los felicitó uno a uno y les dijo que estaría en la final. Aunque parece un gesto menor, fue muy simbólico para su pueblo: sus reyes, esos a los que hay que hacerles reverencia, tenían la misma ilusión que cualquier español de la calle; querían ver a su país triunfar.

El ánimo, junto con otra buena cantidad de medidas, puede ayudarnos a unirnos para construir una mejor economía, un país con menos violencia y más oportunidades, y una clase política con empatía hacia las tragedias nacionales; una clase política que no busque confrontar y dividir, sino unir. México requiere ser uno: ese mismo México que fue al Ángel de la Independencia a festejar. Festejemos por la unión y hagamos de este país el que merece que seamos.

Presidenta, ya se acabó el mundial para nosotros, pero todavía puede hacer ese gesto: ir al vestidor de Isaac del Toro y recordarle al país que la ilusión también se construye desde el símbolo.

@MauricioVolpi

Director Nostra Ediciones y Panorama Editorial.

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