Christopher Cernichiaro Reyna
Cada año se presenta un nuevo presupuesto público y surge el mismo debate: ¿el gobierno debería gastar más? ¿o debería gastar menos? Algunas personas abogan por la primera opción, pues consideran que el gasto público contribuye al crecimiento económico, mientras que otros pugnan por la austeridad para evitar que aumente la deuda pública. Es posible argumentar que ambas respuestas simplifican demasiado la discusión. Dado que los beneficios del gasto público están vinculados con la forma en que se gasta y con el destino de los recursos.
Existen múltiples casos nacionales e internacionales al respecto. Por ejemplo, en lo que respecta al gasto público en infraestructura, como refinerías, carreteras, escuelas, puertos hospitales o sistemas de agua potable, promover el crecimiento económico y la formación de capital humano. Otros ejemplos son el gasto en educación y salud, que también pueden contribuir a mejorar indicadores educativos y sanitarios que se relacionen con mayor productividad en el largo plazo.
Sin embargo, solamente el hecho de gastar más no garantiza estos beneficios. Si los recursos se asignan a actividades improductivas, o se ejecutan de forma equivocada, sus beneficios se diluyen. Cada tipo de gasto está vinculado a sus propios riesgos y beneficios.
Por ejemplo, incrementar el presupuesto en salud difícilmente mejorará el bienestar de la población si los hospitales no tienen medicinas, personal médico o quirófanos. Por otro lado, las pensiones contribuyen a mejorar los ingresos y el nivel de vida de las personas mayores, pero, si no se administran responsablemente presionan a las finanzas públicas, hasta hacerse insostenibles. Otro caso son las transferencias federales para estados y municipios, pueden reducir las desigualdades regionales y mejorar la provisión de servicios públicos, pero si se distribuyen o de forma improductiva puede perpetuar desigualdades e incluso empeorar la actividad económica.
En otras palabras, la capacidad del gasto público para generar crecimiento económico y bienestar depende de la calidad de las instituciones, de la planeación de las políticas públicas y de cómo se administran los recursos. En un contexto donde las necesidades sociales son crecientes y los recursos públicos son limitados, una parte del desafío es discutir si el gobierno debe gastar más o menos, pero algo igual o más importante dirigir los recursos públicos hacia aquellos rubros que generen mayores beneficios para la población de forma sostenible.
ccernichiaro@correo.xoc.uam.mx
Profesor investigador
Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Xochimilco

