Cuando se habla del T-MEC, la conversación se ha centrado en aranceles, reglas de origen o controversias comerciales. Sin embargo, uno de los mayores valores del acuerdo está en algo mucho menos visible: la capacidad de México y Estados Unidos para resolver juntos y de manera coordinada problemas que ponen en riesgo la competitividad de Norteamérica.
La reciente inauguración de la Planta de Producción de moscas estériles del gusano barrenador del ganado en Metapa de Domínguez, Chiapas, es un ejemplo de cómo la cooperación bilateral puede traducirse en resultados concretos para la economía, la seguridad alimentaria y la certidumbre empresarial. Su capacidad para producir hasta 100 millones de moscas estériles por semana, igual a más de 30 millones de cabezas de ganado, permitirá proteger un hato ganadero valuado en más de 450 mil millones de pesos y fortalecer el sustento de más de 800 mil familias que dependen de esta actividad productiva en el sur y sureste de México.
Desde mediados del siglo XX, el gusano barrenador (Cochliomyia hominivorax) representó una de las mayores amenazas para la ganadería mexicana y para el comercio agroalimentario de la región. Gracias a la cooperación científica entre ambos países y a la operación de la biofábrica ubicada en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México se mantuvo libre de esta plaga por más de tres décadas; sin embargo, su reaparición a finales de 2024 recordó que ningún logro en tema de salud puede darse de forma permanente.
A primera vista, podría parecer un asunto estrictamente técnico o agropecuario; pero el alcance de este esfuerzo va más allá del sector agropecuario. La historia económica demuestra que la prosperidad de las naciones depende tanto de su capacidad para generar riqueza como de su capacidad para protegerla.
El gusano barrenador fue durante décadas una de las amenazas sanitarias más severas para la ganadería del continente. Su erradicación constituyó uno de los mayores éxitos de la cooperación científica internacional gracias a la Técnica del Insecto Estéril desarrollada por los científicos Edward F. Knipling y Raymond C. Bushland, cuyos trabajos son considerados por la FAO y el USDA entre los avances más relevantes en la historia de la sanidad animal moderna.
La respuesta de ambos gobiernos fue rápida y coordinada.
Hoy día, Estados Unidos recibe el 85% de las exportaciones cárnicas mexicanas. Un brote fuera de control podría provocar restricciones sanitarias en 24 horas, interrumpir cadenas de suministro, afectar contratos internacionales y generar incertidumbre para productores, exportadores e inversionistas. Desde esa perspectiva, la nueva planta también funciona como un mecanismo de gestión de riesgos para el comercio regional.
La competitividad ya no depende únicamente de producir más o a menor costo. También depende de la capacidad de anticipar riesgos sanitarios, climáticos y logísticos que pueden detener industrias completas.
La relevancia de este esfuerzo también trasciende al gusano barrenador. Un ganadero en Chiapas y un fondo en Nueva York necesitan lo mismo: que una plaga no cierre mercados.
La agricultura y la ganadería del siglo XXI enfrentan desafíos cada vez más complejos derivados del cambio climático, la movilidad internacional, las enfermedades emergentes y las nuevas amenazas biológicas. Sectores estratégicos para México, como el aguacate, los cítricos, el tomate, las berries o la producción pecuaria, dependen crecientemente de sistemas de prevención, monitoreo y cooperación científica capaces de preservar el acceso a los mercados internacionales.
El verdadero valor del T-MEC no debe medirse únicamente por el volumen de comercio que facilita, sino por la capacidad institucional que crea para enfrentar riesgos compartidos.
Por ello, la cooperación entre México y Estados Unidos en materia de sanidad animal también adquiere una dimensión estratégica. Desde American Society of Mexico se ha impulsado el diálogo permanente entre autoridades, empresas y especialistas que entienden que la confianza para invertir también se construye mediante instituciones sólidas, colaboración técnica y soluciones compartidas.
La nueva planta demuestra que la relación bilateral puede generar resultados tangibles cuando ambos países alinean ciencia, inversión y capacidades operativas. Es una muestra de cómo la cooperación fortalece la competitividad regional sin necesidad de recurrir a medidas restrictivas o disputas comerciales.
Demuestra que cuando México y Estados Unidos alinean capacidades técnicas, recursos financieros y voluntad política, pueden generar soluciones concretas que fortalecen la seguridad alimentaria, protegen la inversión y elevan la competitividad regional.
En tiempos donde abundan las tensiones geopolíticas y las incertidumbres económicas, esta colaboración ofrece una lección valiosa: la prosperidad de Norteamérica no depende únicamente de comerciar juntos, sino de resolver juntos los problemas que amenazan nuestro futuro común.
Además, establece un antecedente importante para enfrentar otros desafíos que podrían comprometer sectores estratégicos como el aguacate, los cítricos, el tomate o incluso futuras emergencias de enfermedades animales (influenza porcina, fiebre aftosa).
Este acuerdo facilita el intercambio comercial y construye las condiciones para que los negocios prosperen con mayor certidumbre en ambos lados de la frontera. Esa, quizá, sea una de las expresiones más exitosas y menos reconocidas del T-MEC en acción.
Presidente de la American Society Of Mexico

