Por Nora Ruvalcaba Gámez
Hay declaraciones que preferiría ignorar, para evitar darles más importancia de la que tienen. Como por ejemplo la propuesta del llamado "voto por hogar", hecha por un militante del PAN, la cual suena a ocurrencia programada para generar polémica.
Y claro que existe la tentación de dejarla pasar. Pero sería un error ignorarla, y no por lo que dijo esa persona en particular, sino por lo que revela: la infiltración de la ultraderecha internacional en México.
Este discurso que hasta hace poco parecía marginal al proponer, en el fondo, quitarle el voto a las mujeres, está resonando en diversos sectores de la derecha mexicana. Y así, casi siempre, es como se normalizan los retrocesos democráticos: no de golpe, sino en etapas que a simple vista parecieran inofensivas.
No es una idea que haya nacido en México. En Estados Unidos, organizaciones de la ultraderecha —impulsadas paradójicamente, por mujeres— llevan tiempo promoviendo el llamado household voting: que una sola persona vote en representación de toda la familia. La envuelven en una narrativa que busca fortalecer los valores del hogar, la patria y la familia. Pero el mecanismo de fondo es claro: una persona decide por otras, y esa persona, en la práctica, casi siempre es el hombre de la casa. No es casualidad. Diversos estudios sugieren que el voto femenino tiende a inclinarse hacia proyectos progresistas, así que inhibir el sufragio individual de las mujeres no es un efecto secundario de la propuesta: es, probablemente, su principal objetivo.
Y ese mecanismo ya lo vimos funcionar antes. España, durante el franquismo, tuvo un sistema llamado Tercio Familiar, en el que el "jefe de familia" concentraba la representación política de todo el hogar. No hace falta forzar la comparación para notar el parecido; el modelo es muy similar, solo que actualizado con un vocabulario más amable pero al fin dictatorial.
Frente a ese antecedente, México tomó un camino distinto, y no fue un camino fácil ni rápido. Luego de cruentas luchas de nuestras ancestras, la Constitución establece que el voto es universal, libre, secreto, directo e individual, y esa última palabra tiene detrás una historia que vale la pena recordar cada vez que alguien la da por sentada.
Esa historia tiene fecha. El derecho de las mujeres a votar se reconoció en 1953, después de décadas de lucha frente a un sistema que decidía por ellas. No fue un regalo del Estado. Y es precisamente esa conquista —el derecho de cada mujer a decidir por sí misma, sin intermediarios— la que el "voto por hogar" busca, 73 años después, deshacer bajo otro nombre.
Lo inquietante no es solo que alguien proponga borrar esa conquista, sino lo que revela la respuesta de su propio partido. Algunas voces panistas se han deslindado de la propuesta a título personal, pero el PAN, como institución, todavía no fija una postura oficial. Y esa falta de pronunciamiento también comunica algo: que el costo político de decirlo en voz alta todavía no es tan alto como debería.
Quizás ahí está, de hecho, la diferencia entre esto y una ocurrencia real. Una ocurrencia alguien la desmiente, y el tema muere en un día. Lo que no se desmiente, en cambio, tiene margen para instalarse, y eso es exactamente lo que estas ideas necesitan para dejar de sonar impensables.
A muchas mujeres nos tocó crecer sabiendo que el voto de nuestras madres y abuelas costó décadas de lucha. Por eso me resulta imposible tratar esta propuesta como una simple ocurrencia. Detrás de ella hay un intento de la ultraderecha internacional por revertir uno de los derechos más importantes conquistados por generaciones de mujeres. Y no vamos a permitirlo.
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