Allegra Baiocchi

La inteligencia artificial ya no pertenece al futuro. Ya está aquí. Está transformando la manera en que aprendemos, trabajamos, producimos, nos informamos y tomamos decisiones. Su velocidad de expansión no tiene precedentes: mientras Internet tardó quince años en llegar a mil millones de personas, la inteligencia artificial lo consiguió en apenas dos.

Frente a una transformación de esta magnitud, la pregunta ya no es si cambiará nuestras sociedades. La pregunta es otra: ¿seremos capaces de gobernarla o permitiremos que ella termine gobernándonos?

Ese fue el poderoso mensaje del Secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres, al inaugurar el primer Diálogo Global sobre la Gobernanza de la Inteligencia Artificial en Ginebra. Su advertencia no pudo ser más clara: estamos realizando "un experimento sobre nuestras propias sociedades, sin un plan y sin consentimiento".

El momento no podría ser más oportuno. Por primera vez, el mundo cuenta con una base científica independiente para entender esta revolución tecnológica. El Informe Preliminar del Panel Científico Internacional Independiente sobre Inteligencia Artificial, integrado por 40 especialistas de todas las regiones del mundo, entre ellos el científico mexicano Carlos Coello Coello, ofrece una evaluación equilibrada de sus oportunidades y riesgos.

Su conclusión es contundente: la inteligencia artificial puede revolucionar la salud, ampliar el acceso a la educación y potenciar la investigación científica. Pero, desplegada sin reglas, capacidades ni supervisión, también puede ampliar las desigualdades, debilitar la democracia, erosionar la confianza pública y poner en riesgo derechos humanos fundamentales.

El potencial ya es visible. Hoy existen sistemas capaces de detectar cáncer con mayor rapidez, acelerar el descubrimiento de medicamentos, ayudar a pequeños agricultores a producir mejor y ofrecer educación personalizada a estudiantes que antes tenían pocas oportunidades. Más de mil millones de personas utilizan semanalmente herramientas conversacionales basadas en inteligencia artificial.

Pero el mismo informe identifica tres grandes alertas. La primera es la velocidad. La tecnología avanza mucho más rápido que nuestra capacidad para comprenderla, evaluarla y regularla. Los sistemas actuales ya escriben código, realizan tareas complejas y actúan con niveles crecientes de autonomía. Nuestras instituciones fueron diseñadas para gobernar herramientas que obedecían instrucciones; hoy enfrentan sistemas que empiezan a tomar decisiones.

La segunda es la concentración del poder. El desarrollo de la inteligencia artificial depende de enormes capacidades computacionales, grandes volúmenes de datos y talento altamente especializado, recursos que hoy se concentran en un reducido número de empresas y países. Si esa concentración continúa, la brecha tecnológica podría convertirse también en una brecha económica, política y de desarrollo.

La tercera tiene que ver con la verdad. Nunca había sido tan fácil fabricar contenidos falsos capaces de parecer auténticos. La inteligencia artificial facilita la creación masiva de desinformación, imágenes manipuladas y deepfakes que erosionan la confianza pública y debilitan el espacio común de hechos sobre el que descansan nuestras democracias. Cuando ya no podemos distinguir entre lo verdadero y lo falso, también comienza a deteriorarse nuestra capacidad para tomar decisiones colectivas.

Para México, estos desafíos son profundamente relevantes.

La inteligencia artificial puede ayudar a mejorar los servicios públicos, ampliar el acceso a la salud, fortalecer la educación, hacer más competitivas a las pequeñas empresas, impulsar la productividad agrícola y acelerar la transición hacia un desarrollo más sostenible e incluyente.

Pero esos beneficios no llegarán por sí solos. Necesitamos invertir en capacidades nacionales, fortalecer habilidades digitales, impulsar investigación local, proteger nuestra diversidad lingüística y cultural y asegurar que nadie quede atrás en esta transformación. El propio Panel concluye que el acceso a la tecnología no basta. Se requieren instituciones sólidas, talento, infraestructura y políticas públicas que conviertan esa innovación en bienestar para todas las personas.

El llamado es a construir una gobernanza internacional basada en cuatro prioridades: establecer estándares comunes de seguridad; proteger especialmente a niñas, niños y adolescentes; fortalecer la cooperación científica internacional; garantizar que todos los países participen en las decisiones que definirán esta nueva era tecnológica; y avanzar hacia una mayor transparencia sobre la huella ambiental de la IA.

Las grandes revoluciones tecnológicas siempre han generado enormes oportunidades, pero también profundas desigualdades cuando avanzan sin reglas compartidas. La electricidad cambió el mundo. Internet lo volvió a cambiar. La inteligencia artificial puede hacerlo todavía más rápido y con un impacto mucho mayor.

Por eso, la verdadera elección no es entre innovación o regulación. Es entre gobernar deliberadamente esta transformación o dejar que avance por inercia.

Como resumió António Guterres con claridad:

"Si la inteligencia artificial ha de ser poderosa, necesita una gobernanza sólida. Si ha de ser digna de confianza, quienes la desarrollan deben rendir cuentas. Si ha de ser global, debe ser justa. Y si ha de servir al futuro, no debe ponerlo en riesgo."

México tiene la oportunidad de contribuir activamente a ese futuro, no solo como usuario de nuevas tecnologías, sino como un país que ayude a construir una inteligencia artificial segura, inclusiva, ética y centrada en las personas. La gran pregunta ya no es qué podrá hacer la inteligencia artificial. La verdadera pregunta es qué tipo de sociedad decidiremos construir con ella.

* Coordinadora Residente de las Naciones Unidas en México

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