Por Marcelina Bautista

Cada 1ero de mayo recordamos algo esencial: el trabajo sostiene la vida de este país. Pero no todo el trabajo recibe el mismo reconocimiento. Dentro de millones de hogares en México se limpia, se cocina, se cuida, se acompaña, se organiza y se resuelve lo necesario para que otras personas puedan salir a estudiar, trabajar, atender a sus familias y desarrollar sus propios proyectos de vida, esto incluye contar con tiempo libre para ejercer su derecho al libre esparcimiento. Ese trabajo existe, tiene valor y requiere ser nombrado como lo que es: un trabajo digno remunerado del hogar conforme al Convenio 189 de la OIT. En México, según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), segundo semestre del 2024, de cada 100 trabajadoras del hogar, 98 prestan sus servicios sin un contrato escrito, y solo 4 de cada 100 tienen acceso a servicios de salud. Además, 36 de cada 100 cuentan con algún tipo de prestación, como aguinaldo o vacaciones.

Por décadas el trabajo del hogar ha sido visto como "ayuda", como una costumbre o como un arreglo personal. Esa forma de nombrarlo no es inocente. Cuando se le llama ayuda a lo que en realidad es trabajo, también se le quita valor, se le omiten responsabilidades y se debilita el reconocimiento de derechos. En cambio, cuando se le nombra correctamente, aparece con claridad lo que la ley ya reconoce: que existe una relación laboral entre quien emplea y quien lo realiza, en el marco de una relación laboral incluye las tareas de aseo, asistencia, cuidado y otras actividades propias o inherentes al hogar de una persona o familia. La Ley Federal del Trabajo, capitulo XIII no deja este punto en la ambigüedad: el trabajo digno o decente debe darse en todas las relaciones laborales, con respeto pleno a la dignidad humana, acceso a seguridad social y en un entorno libre de violencias conforme al Convenio 190 (OIT) sobre violencia en el lugar de trabajo, donde se garantiza el respeto, la dignidad y la seguridad.

Sin embargo, de acuerdo con los datos existentes, las condiciones de las Trabajadoras del Hogar son totalmente lo contrario. A partir de los datos de la Encuesta (2021) sobre la situación de derechos de las personas trabajadoras del hogar en la Ciudad de México, impulsada por COPRED en colaboración con CACEH, STyFE, SEPI y la OIT, se reporta que 17.8% de las personas encuestadas habían sido víctimas de abuso, acoso o violencia en su trabajo, y que solo 4 de ellas denunciaron ante instancias como la Fiscalía de Delitos Sexuales, la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México, el área jurídica del IECM y la Junta Local de Conciliación y Arbitraje. Además, la Encuesta Nacional sobre Discriminación 2022 indica que el 34.6% de las trabajadoras declaró haber sido discriminada. Asimismo, el 88.3% considera que su trabajo es poco valorado por la mayoría de las personas, y el 72.3% señaló que, al perder algún objeto, generalmente se culpa a la empleada del hogar. El 55.6% manifestó haber percibido poco o nada de respeto hacia sus derechos en el país.

Por eso, el hogar también debe entenderse como un espacio de trabajo ya que ahí, una persona presta sus servicios y cuidados a cambio de un salario digno. La privacidad de una casa no cancela las obligaciones laborales. No las vuelve opcionales. No las convierte en un asunto de buena voluntad. Si hay trabajo, debe haber salario justo, reglas claras, seguridad social, descanso y trato respetuoso. El Instituto Mexicano del Seguro Social, de hecho, establece la protección social de las personas trabajadoras del hogar como una obligación desde el inicio de la relación laboral. Sin embargo, al cierre de febrero de 2026 solo había 59,017 personas trabajadoras del hogar afiliadas en esta modalidad. Esa cifra muestra que la distancia entre lo que la ley reconoce y lo que ocurre en la práctica sigue siendo enorme.

Hablar de dignidad en el trabajo del hogar también implica reconocer su valor social y económico. El INEGI reportó que en 2024 el valor económico del trabajo no remunerado en labores domésticas y de cuidados ascendió a 8 billones de pesos, equivalentes a 23.9 por ciento del PIB. Esa cifra no describe el trabajo remunerado del hogar, pero sí deja ver algo de fondo: las labores que sostienen la vida cotidiana también sostienen la economía.

La Suprema Corte de Justicia de la Nación también ha contribuido a exigir el cumplimiento de los derechos de las Personas Trabajadoras del Hogar. Al analizar la exclusión histórica de las trabajadoras del hogar del régimen obligatorio de seguridad social, sostuvo que esa exclusión resultaba discriminatoria y violatoria del derecho humano a la seguridad social. No se trata, entonces, de una exigencia simbólica ni de una cortesía. Se trata de corregir una desigualdad estructural que durante años colocó a millones de mujeres en una zona de menor protección, menor reconocimiento y mayor vulnerabilidad.

Desde CACEH trabajamos en profesionalizar a las personas Trabajadoras del Hogar mediante capacitación en derechos humanos laborales básicos, formación técnica para el trabajo, liderazgo y desarrollo humano. Como todo trabajo, debe ejercerse con dignidad, con derechos y libre de violencias. Seguir exigiendo derechos es indispensable, pero también lo es asumirlos y garantizarlos cuando nos corresponde. Construir el camino hacia una nueva cultura del trabajo en el hogar, es sentar las bases de reconocimiento, dignidad y derechos desde cualquier lugar.

Fundadora y directora del Centro Nacional para la Capacitación Profesional y Liderazgo de las Empleadas del Hogar (CACEH)

¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

Comentarios