“Hacer el llamado a la sociedad para decir que no jueguen con nuestro dolor. Pueden celebrar la Copa del Mundo, pero ¿qué pasa con nosotros?”

Vanessa Gámez,

madre de Ana Ameli García, joven estudiante desaparecida en la zona del Ajusco el 12 de julio de 2025

Por Mauricio Volpi

A mediados de febrero de este año, Vanessa Gámez puso sobre la discusión nacional una pregunta que debería avergonzarnos: ¿cómo celebrar la fiesta del Mundial en un país donde cientos de miles de personas siguen desaparecidas? Ese contraste debió ocupar la primera plana de todos los medios impresos. No ocurrió. Como casi siempre, hubo otras urgencias antes que el dolor de quienes buscan.

La tesis es sencilla y brutal: la coyuntura mundialista podía convertirse en una vitrina internacional para las madres buscadoras, pero terminó secuestrada por otro ruido, por otra escena y por otra violencia. Ninguna administración ha abordado el tema con el respeto que exige. ¿Por qué? No lo sabemos. Lo que sí hemos visto es que todas le dan la vuelta a reunirse con ellas. No fueran las Abuelas de Plaza de Mayo, porque hasta evento les hicieron.

A pesar del desprecio institucional que han recibido una y otra vez, las madres no se cansan. Siguen buscando a sus hijas e hijos, hermanas y hermanos, nietas y nietos; siguen buscando a sus seres queridos y ninguna autoridad debería atreverse a ignorarlas. Siempre hay alguien que no se cansará de buscar ni de exigir ser escuchado. Ellas ya lo han perdido todo; por eso, precisamente, ya no tienen nada que perder.

Por eso, su propuesta de manifestarse frente al Estadio Banorte —hoy Estadio CDMX, antes Estadio Azteca— era tan poderosa. No necesitaba violencia para ser contundente. Bastaba con poner frente al mundo lo que México intenta esconder: una cadena humana de madres buscadoras rodeando por completo el estadio, cada una con la fotografía gigante de su familiar frente a ella.

Pero esa imagen terminó desplazada. En su lugar, apareció un grupo de delincuentes y extorsionadores dispuesto a sacar una buena tajada del Mundial, como lo ha hecho durante décadas. Se dicen maestros, pero cuesta creer que alguien que carga bombas molotov pueda pararse frente a niñas y niños para enseñarles algo. Todos tenemos un profesor que recordamos con aprecio; incluso a aquellos que en su momento no queríamos, con el paso de los años podemos mirarlos con cariño. Los que van listos para enfrentarse con granaderos no son maestros: son porros sindicales.

Ese grupo decidió tomar la coyuntura mundialista para exigir una infinidad de prebendas imposibles de cumplir. Aunque se las hayan prometido, no hay forma de que el gobierno pueda pagarlas, y ellos lo saben. En toda negociación se empieza pidiendo lo imposible; la diferencia es que aquí el punto de partida está fuera de la realidad. ¿Son malos negociadores? No lo creo. Son líderes sindicalistas: viven de extorsionar, presionar y negociar. Entonces, ¿por qué tensar tanto la cuerda?

Tengo una hipótesis: ¿y si no están extorsionando, sino representando un papel? Existe un proverbio que dice: “piensa mal y acertarás”. Sin afirmar coordinación alguna, el efecto político del escándalo parece claro: no necesariamente obtener lo que piden, sino desviar la atención de quienes sí tienen toda la legitimidad para reclamar frente al mundo.

Ayer leí diversos comentarios en redes sociales donde incluso llamaban terroristas a los marchantes de la CNTE, y no es para menos. Pero la pregunta de fondo no está en el tamaño del escándalo, sino en su utilidad: ¿de verdad están pidiendo, de esa forma, algo que saben que no les concederán porque es imposible, o el efecto termina siendo deslegitimar a las madres buscadoras? Si llevan explosivos para borrar la presencia de otros reclamos, entonces cumplen una función precisa: obligarnos a mirar la violencia de esos grupos y no el dolor que podía interpelar al mundo durante la fiesta del Mundial.

De cualquier forma, si mi hipótesis es real y no ficción, no me extrañaría que una administración más prefiera ignorarlas antes que atenderlas. Y si lo propuesto es pura ficción, lo que no lo es, es la deslegitimación de su protesta: se les arrebata la posibilidad de colocar su dolor en la agenda internacional y de meter, frente al mundo, el primer gol simbólico del Mundial.

Me habría gustado leer el viernes 12, en Le Monde, como primera plana: “Une chaîne humaine de mères à la recherche de leurs proches marque le premier but de la Coupe du monde...”. Me habría gustado que el primer gol simbólico del Mundial fuera esa cadena humana de madres buscadoras, no el estruendo de quienes, una vez más, terminan haciéndole el trabajo sucio al gobierno.

Director de Nostra Ediciones y Panorama Editorial.

@MauricioVolpi

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