El rey de la comedia, o la simpatía del monstruo

Alonso Díaz de la Vega

La cinta de Martin Scorsese nos enfrenta con la idiotez de la religión más abyecta, la fama, y nos juzga por cuánto estamos dispuestos a tolerar con tal de ser entretenidos

Se habló mucho de El rey de la comedia (The King of Comedy, 1982) cuando se estrenó Guasón (Joker, 2019). Imagino que se habrá visto un poco más de lo usual pero, ¿por qué no aprovechar la cuarentena para verla de nuevo o por primera vez? Si bien a muchos no nos parece una de las obras maestras de Martin Scorsese, El rey de la comedia es una original expedición del director estadounidense en un humor negrísimo e incómodo que sirvió de plataforma para una obra mayor: Después de hora (After Hours, 1985). La ausencia de ambas películas en la memoria popular afirma su logro artístico y la distancia entre Scorsese y sus colegas del Nuevo Hollywood. Si bien ambas son películas de industria, también son obras del saboteador genial que, cuando le contó a Steven Spielberg de sus planes para su versión de Cabo de miedo (Cape Fear, 1991), hizo a su amigo y productor sentir que cualquier expectativa de taquilla se acababa de hundir.

Pensar que El rey de la comedia es una versión más amable de Taxi Driver (1976) no sería propiamente un error pero implicaría un desdén inmerecido, en mi opinión. Ambas se tratan de narcisistas desesperados por el reconocimiento de una sociedad indiferente —"vivimos en una sociedad…"—, y en ambas, además, nos encontramos con elaboradas personalidades misóginas que logran empapar el entorno con sus fantasías, motivadas por su obsesión con una mujer. Los dos hombres triunfan de algún modo pero los espectadores sabemos algo que sus admiradores no: sus acciones no resultan de la nobleza o el talento, sino de una demencia más grande que los rodea y que encuentra héroes en individuos antisociales. A pesar de sus similitudes, el tono de El rey de la comedia la distingue de manera muy meritoria. Si Taxi Driver había sido formalmente dinámica —hitchcockiana a veces, como en el plano cenital de un Travis Bickle (Robert De Niro) moribundo—, e infernal en sus imágenes de violencia y pecado, Scorsese planteó desde un inicio que El rey de la comedia sería más modesta, parecida al cine mudo de Edwin S. Porter, y no sólo irónica, como Taxi Driver, sino humorística. La distinción es evidente cuando nos fijamos en el ritmo de las escenas. Casi todas se basan en el diálogo y en el plano-contraplano que resalta las formidables actuaciones de su elenco.

En El rey de la comedia Robert De Niro interpreta a Rupert Pupkin. Más que aspirar a una carrera en el stand-up, Rupert desea la fama, pero su anhelo tiene poco que ver con el poder o el orgullo. Rupert, como Travis, quiere ser amado. En el desenlace sabremos por qué, pero ya desde el inicio Scorsese nos presenta una imagen macabra de ese amor al que aspira Rupert. Al terminar el programa nocturno de Jerry Langford (Jerry Lewis), Rupert y muchísimos otros fanáticos esperan a la estrella. En su arrebato quieren tocarlo, besarlo; quieren ingerir las partículas que él exhala como los fieles quieren consumir la carne y la sangre de Cristo, pero claramente Jerry es sólo un señor fatigado de hacer chistes que quiere irse a descansar. Rupert logra ayudarlo a entrar a su auto y en recompensa obtiene un viaje con su ídolo. En el camino Jerry da algunos consejos pero al final del trayecto, harto de Rupert, le ofrece la oportunidad de llamar a su asistente para hacer una cita. Forzada por las circunstancias, la invitación es más bien un engaño para zafarse. Rupert desfigura todo en sus fantasías y se convence de que aparecerá en el programa.

Hasta ahora, la imagen mental de El rey de la comedia probablemente sea la de un thriller donde un demente convierte su obsesión en una masacre —como la trillada Guasón— pero Scorsese siempre ha sido un narrador original. En realidad, y como ya lo adelantaba, la base de la película está en incómodos intercambios que exhiben la personalidad de Rupert en las reacciones de otros. Después de su encuentro con Jerry, Rupert invita a salir a Rita (Diahnne Abbott), la muchacha más guapa de su secundaria. En la cena De Niro muestra la grandilocuencia de Rupert con ademanes que uno esperaría ver de Von Karajan en concierto. Su voz suena más suave de lo habitual, no cansada como la de Travis, sino tierna, incluso. En general Rupert parece bonachón pero su presencia insoslayable sugiere algo alarmante. En su departamento hay unos recortes de tamaño real de Liza Minnelli y de Jerry. Rupert se sienta en medio, en un sillón rojo, y conversa y se ríe con los dos personajes. Lo fascinante es cuánto se apega Scorsese a su estilo parco: el plano no corta ni se mueve, y mucho menos escuchamos música escalofriante, como la banda sonora de Bernard Herrmann en Taxi Driver. La impresión es la de un testigo incapaz de juzgar a Rupert, pero que también se niega a acicalar su extraño comportamiento.

Hay una escena en particular que refleja la tensión por exponer a Rupert y al mismo tiempo entenderlo. En el programa de Jerry aparece como invitado el director de la escuela donde Rupert conoció a Rita. Resulta que ahora es un ministro y está ahí para casar a la pareja. Lo más desconcertante: de repente el exdirector pide perdón a Rupert por todas sus fallas y explica que toda la gente que abusó de él estaba mal y él bien. Inmediatamente nos damos cuenta de que todo es irreal. El patetismo de un hombre tan lastimado que sólo desea la venganza de ver a sus torturadores humillados es una fantasía violenta pero reconocible, y por ello se me ocurre que el conflicto más importante que plantea Scorsese es lo cerca que está Rupert de nosotros. Esto es evidente en el elenco que lo rodea.

Rita parece más disgustada con la torpeza de Rupert que con sus aspiraciones. En una escena la vemos robarle algo de poco valor a Jerry, y entendemos en ese momento que está tan involucrada como Rupert en la cultura de la celebridad y sus fetiches. Masha (Sandra Bernhard), una amiga y cómplice, está mucho peor: su sueño es enamorar a Jerry. La mirada de Bernhard y sus cejas sugieren con genialidad una niñota mimada; el resto de su cara explora muecas intensas y el asombro de ver su sueño a punto de cumplirse. En sus escenas con De Niro, Bernhard logra que Rupert se vea normal, y en ello va implícita una pregunta: en la sociedad del espectáculo, ¿quién está cuerdo? El desenlace plantea lo mismo.

Nunca escuchamos las rutinas de Rupert sino hasta el final de la película. En ella se asoma una biografía miserable y así la locura de Rupert parece más razonable y también más aguda. El efecto que tiene en la audiencia, sin embargo, expresa una dura crítica a un mundo capaz de disfrutar del dolor ajeno y de explotarlo con el placer propio en mente. El rey de la comedia nos enfrenta con la idiotez de la religión más abyecta, la fama, y nos juzga por cuánto estamos dispuestos a tolerar con tal de ser entretenidos. Scorsese volvería a una idea similar en el último plano de El lobo de Wall Street (The Wolf of Wall Street, 2013), cuando el protagonista cautiva a una audiencia desesperada por aprender cómo hacerse millonaria. El regreso del espectador envilecido 30 años después nos afirma que nada ha cambiado. Idolatramos todavía a simpáticos monstruos.

El rey de la comedia se presenta ahora en Amazon Prime: https://www.primevideo.com/detail/0N8XGPDDNFQC4VQH7Q6MGRBW48/ref=atv_sr_...

Twitter:@diazdelavega1
 

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