En los últimos años, la figura de Donald Trump ha dejado de ser únicamente la de un actor político disruptivo para convertirse en un fenómeno que desborda los márgenes tradicionales de la política democrática. Su narrativa, profundamente anclada en un mesianismo de corte apocalíptico, no sólo reconfigura la relación entre líder y base social, sino que ha comenzado a producir efectos concretos en la estabilidad internacional, en la convivencia religiosa y en el propio tejido social estadounidense.
“El mesianismo en las figuras de Javier Milei (Argentina) y Donald Trump (EE.UU.) ha sido un tema recurrente en la prensa política internacional, destacando ambos líderes por presentar narrativas donde se posicionan como ‘salvadores’ contra élites establecidas, utilizando retórica religiosa o espiritual”. Pongamos atención en el caso Trump. Su construcción del escenario no es retórica superficial: se trata de una estrategia política que lo coloca como figura providencial en un contexto de crisis permanente.
Trump se asume como un salvador, un mesías del conflicto (de manera recurrente señala que ha evitado 8 guerras). Así, el propio discurso refuerza esta imagen: “Analistas señalan que, al igual que otros líderes de derecha, Trump utiliza un lenguaje de ‘fin de los tiempos’, presentándose ante sus seguidores como una figura elegida para salvar a la nación de una élite corrupta (‘drain the swamp’ o drenar el pantano)”. Esta retórica no es inocua: genera una lógica de confrontación constante donde el adversario deja de ser un rival político para convertirse en un enemigo existencial.
La radicalización simbólica ha alcanzado niveles inquietantes. “A abril de 2026, la prensa ha reportado controversias por imágenes compartidas por Trump en Truth Social que lo retratan de manera similar a Jesucristo, siendo criticado por algunos sectores religiosos por supuesta blasfemia”. Esta apropiación de símbolos religiosos no sólo busca consolidar su base evangélica, sino también blindar su figura frente a la crítica: cuestionar al líder equivale, en esa lógica, a cuestionar una misión casi divina.
En su argumentación logocéntrica, donde cualquier disidencia es vista como una traición, se abre un escenario de la guerra contra todos, en este caso, de aliados, rivales y figuras religiosas. En este marco se despliega una política de confrontación ampliada. La deriva conflictiva de Trump no se limita al plano simbólico. En el ámbito internacional, ha tensado las relaciones con Europa (la OTAN como ejemplo evidente), China, Rusia e Irán, configurando un escenario de confrontación múltiple que rompe con equilibrios geopolíticos relativamente estables.
Uno de los episodios más reveladores de esta lógica ha sido su enfrentamiento con el Papa León XIV. La disputa implica un choque entre formas de autoridad moral. Trump ha descalificado abiertamente al pontífice, señalando que “el papa es débil y terrible en política exterior”, incluso sugiriendo que su ascenso estaría vinculado indirectamente a su propio triunfo político.
La respuesta del Vaticano ha sido igualmente contundente. “En un momento de máxima tensión global, el Papa León XIV ha alzado la voz para condenar las posturas del gobierno estadunidense encabezado por Donald Trump. El Sumo Pontífice enfatizó que el uso de amenazas que pongan en riesgo la existencia de civilizaciones enteras es una ‘grave ofensa a la moral humana’”. Atención, es la respuesta al anuncio brutal de destruir a una civilización.
El conflicto escala cuando se cruzan acusaciones de orden moral y político. Trump insiste: “Habría que informarle al papa de las miles de muertes que ha propiciado el gobierno de Irán a su sociedad”. En paralelo, voces cercanas a su entorno ironizan sobre la autoridad teológica del pontífice: Vance (vicepresidente de Trump) afirma, qué ironía, que el papa sea cuidadoso en materia de teología. La confrontación con líderes religiosos no es accidental. Forma parte de una estrategia más amplia de deslegitimación de cualquier autoridad que dispute el monopolio simbólico del liderazgo.
Este fenómeno puede leerse a la luz de la teoría clásica del carisma. Como señala Max Weber: “Con el nombre de ‘profeta’ queremos comprender aquí un puro portador personal de carisma, cuya misión anuncia una doctrina religiosa o un mandato divino. En esto no queremos hacer ninguna distinción fundamental en cuanto a que el profeta anuncie de nuevo una vieja revelación (real o supuesta) o que en el fondo aspire a traer una nueva revelación; en una palabra: que aparezca como ‘renovador’ o como un ‘fundador’ de religión […] lo decisivo es la ‘vocación personal’. Esto lo separa del sacerdote. Primero y sobre todo, porque el sacerdote reclama autoridad por estar al servicio de una tradición santa; en cambio, el profeta se apoya en la revelación personal o en la ley” (Weber, 1979).
Trump encarna esta figura del “profeta político”: un líder que no se legitima por instituciones, sino por una supuesta misión personal. El uso del recurso profético otorga a su figura una excepcionalidad que habilita tanto el sacrificio social como la concentración del poder. El daño social no es un efecto colateral: está inscrito en la lógica misma del liderazgo carismático desbordado.
Sin embargo, esta estrategia comienza a mostrar fisuras. Hay señales domésticas que ilustran sobre su desgaste (procesos electorales en que ha perdido el Partido Republicano, alejamiento de parte de la base MAGA, caída en la popularidad). A ello se suman tensiones derivadas de su política migratoria y del accionar del ICE, que han generado protestas y fracturas sociales. Incluso dentro de su base, la confrontación con el Papa ha resultado incómoda. “El desencuentro que Trump tiene con el papa León XIV ha comenzado a incomodar a una importante parte de su propio electorado”. El mesianismo que lo impulsa comienza, así, a erosionar sus propios apoyos.
¿Por qué sostener entonces una política de confrontación permanente? Una respuesta radica en que el conflicto es constitutivo de su liderazgo. El “outsider” requiere enemigos constantes para justificar su existencia política. El recurso de Trump es la identidad nacionalista. Asimismo, la cuestión de la batalla cultural”. Europa, China, Rusia, Irán, el Papa o incluso sectores internos se integran a una narrativa que necesita antagonistas para mantenerse. Otra razón es interna: el conflicto externo funciona como mecanismo de cohesión frente al desgaste doméstico. Cuando se debilita el apoyo, se intensifica la retórica de amenaza.
El problema no es únicamente político. Es profundamente social. Cuando la “fe en el líder reemplaza la política tradicional”, se debilitan las instituciones, se polariza la sociedad y se normaliza la confrontación como forma de vida pública. En un mundo ya marcado por conflictos múltiples, el liderazgo basado en la excepcionalidad personal y la confrontación permanente no sólo resulta riesgoso: se convierte en un factor activo de desestabilización global.
El peligro no radica únicamente en Trump como individuo, sino en lo que representa: una forma de poder que, en nombre de una misión superior, está dispuesta a enfrentarse con todos -aliados, adversarios, instituciones y autoridades morales-, aun cuando el costo sea el deterioro del orden social y la convivencia internacional.
En el futuro cercano seguramente asistiremos a una mayor caída en la aprobación y confianza de D. Trump. a principios de 2026, la desaprobación de su gestión económica alcanzó niveles históricamente altos (alrededor del 58-64% de desaprobación en encuestas Gallup/Telemundo). Para Trump -y el mundo con este animal herido-, se vienen tiempos aún más difíciles. No puedo dejar de asentir con lo planteado por el periodista Jenaro Villamil, en entrevista, cuando señala que la confrontación de Trump contra la iglesia católica es producto de un desliz estratégico.
Qué rápido pasa el tiempo. El Papa Francisco comentaba refiriéndose a Trump que no era un buen cristiano (la construcción de muros, jamás de puentes). A un año de su partida (21 de abril 2025), y sin ningún sentido esotérico o místico, clara coincidencia con Francisco. “Bienaventurados los que trabajan por la paz”, citaba León XIV, que tanta irritación causó en Trump. ¿Trump es un buen cristiano, es un buen hombre? Mi gotita negativa se suma al aguacero social que asola al mundo en la misma dirección.
PS. Palestina libre
(Profesor UAM)
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